El hospital. David de la Torre. 2016

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David de la Torre

Mi madre siempre me decía que un hospital es el lugar con más enfermedades por metro cuadrado del mundo. Y razón no le faltaba. Salvo que, en ésta ocasión, el más enfermo de todos los pacientes que hubiera en aquel lugar acababa de entrar por la puerta principal, sorteando la absorta mirada del guardia de seguridad. Un tipo francamente detestable, no sólo por su aspecto sino por llevar sobre los hombros una mirada de superioridad mayor que la longitud de su porra. Posiblemente, algún centímetro a lo largo de su orondo cuerpo echaría en falta. Ojalá hubiera sido aquel tipo pero no, desgraciadamente. La única bala que me quedaba no iba destinada a ser aplastada por su cerebro al entrar estrepitosamente. Otro tipo aguardaba su destino sobre una cama de aquel hospital.

Conocía su rostro, su fotografía, su altura, peso, color de pelo… todo sobre él y, sin embargo, jamás había intercambiado ni una sola palabra. No conocía su tono de voz, si estaba casado o tenía algún amante oculto en el armario. Ni siquiera si había salido de su interior. Quien sabe, en éste trabajo, no se congenia con el trabajo. No debe importarte. O al menos, disimula.

Tenía en un papel apuntado el número de habitación y que dos guardias civiles custodiarían la entrada. Así que busqué el vestuario masculino cuando no hubiera cambio de turno. Y entré. Un dato curioso: quien encargó el trabajo conocía el hospital como si lo hubiera diseñado él mismo. Cada pasillo, cada recodo, el archivo, los sótanos, etc. Aquel lugar era su casa y ahora se la iban a arrebatar como quien arranca una flor de su maceta, sin contemplaciones y despellejando la raíz desde el interior. El asunto era muy sencillo: “Llegas al vestuario y te vistes con el uniforme que verás en la única taquilla abierta. Entre las diez y las doce. Dentro verás una carpeta y una tarjeta de identificación. La habitación está en la sexta planta, infecciosos, así que nadie entrará en la habitación contigo, y menos los guardias. Te identificas y dices la frase que pone en esa nota que sostienes con los únicos tres dedos que te ha dado Dios, pero con buena entonación ¿de acuerdo? Al entrar, localiza un cubo amarillo de desechos peligrosos y, dentro, encontrarás el arma con silenciador. Le pegas cuatro tiros y te marchas. El paquete estará sedado así que no habrá escándalo alguno”.

Lentos pasos se escuchaban saliendo del vestuario. Un doctor con uniforme y carpeta bajo el brazo comenzó a caminar el largo pasillo aséptico y solitario de la primera planta. Llegó a los ascensores y saludó sin mucho afán. No sentía temblor en las manos ni arrepentimiento por lo que iba a hacer. El ascensor subía con ligereza mientras escupía a sus ocupantes en distintas plantas. En la quinta ya nadie quedaba en su interior. Tan sólo una persona con uniforme y carpeta bajo el brazo. Planta sexta, infecciosos. Las puertas metálicas se abrieron con lentitud mientras una pegatina redonda y roja era colocada en un lateral de su pecho, sobre el uniforme. Hacia la derecha pudo observar una pared blanca e impoluta con un cartel de vivos colores y nubes dibujadas. Debía tratarse del anuncio de algún medicamento al que no le prestó demasiada atención. Tenía otras cosas que hacer. A la izquierda, una garganta de cemento cuadrada se alargaba vertiginosamente hacia el horizonte. Al fondo, dos soldaditos de plomo vestidos con trajes verdes mostraban la habitación donde yacía el paquete.

Caminó despacio. Nadie en los pasillos. Nadie en el punto de control. Nadie. Sus zuecos blancos emitían un sonido rítmico cuyo eco resonaba por todo el corredor. Entonces llegó frente a los guardias civiles que custodiaban la puerta, se acercó a uno de ellos y se identificó. La puerta se abrió con pesadez ya que su grosor debía cumplir ciertas normas de seguridad contra incendios. Entró y cerró con la espalda. Silencio. Su mirada acarició cada lateral de sus cuencas, mirando de un lado al otro en busca del cubo amarillo. Al detectarlo, afinó el oído: tan sólo escuchó una leve respiración. Si, al otro lado de la cortina debía encontrarse el paquete. En menos de tres minutos cumpliría su encargo, se embolsaría la pasta y saldría del país en el primer vuelo disponible.

Caminó despacio hasta el cubo, lo abrió y sacó el arma con silenciador. Apuntó a la cortina y la abrió con fuerza. En ese momento, un chasquido vibró en la nuca del tipo vestido de uniforme y carpeta bajo el brazo. Segundos después, la puerta de la habitación se abría con gran escándalo y del interior emergió un hombre aterrado con la cara roja. Los guardias le sujetaron en un intento de entender que quería decir, pero él no paraba de gritar e impregnar de sangre el uniforme de los agentes. Estos, al ser conscientes de donde se encontraban, huyeron al punto de control para solicitar auxilio ante una posible contaminación pero no encontraron a nadie allí. Uno de los guardias llamó por teléfono solicitando instrucciones y, en menos de veinte minutos, un grupo de varias personas escondidas bajo trajes de buzo cerraron la planta con los dos guardias en su interior.

Para cuando miembros de la Policía Nacional se personaron en el hospital, todo estaba bajo control. Salvo un pequeño detalle: no había rastro del tipo vestido de uniforme y carpeta bajo el brazo. Una de las Inspectoras destinadas al caso entró en aquella habitación cuando ésta quedo libre de riesgo por infección y observó con espanto cómo el paciente que la ocupaba fue asesinado, yaciendo sobre la cama. Sin embargo, un detalle llamó su atención. Inmediatamente se giró a su compañera y le dijo:

Se ha escapado.

Ella la miraba con espanto. ¿Qué quería decir? Entonces la Inspectora señaló una de las manos de la víctima y le pidió que contara. Ella contó hasta tres dedos.

Venían a por él. Y lo sabía. Apuesto a que el sicario se disfrazó de falso doctor, llegó a entrar en la habitación y localizó el arma en ese cubo de ahí, donde la devolvió al disparar. El paciente le esperaría detrás y le partió el cuello. Estoy segura que, cuando su cuerpo cayó al suelo, el paciente le sujetó, salvando la distancia justa para no provocar ruido alguno y que entrasen los Guardias Civiles. Le colocó sobre la cama, le desnudó y se vistió con sus ropas de falso doctor. Se intercambiaron mientras el sicario, vestido de enfermo terminal, emanaba sangre como un cochino. El paciente se manchó las manos de sangre, la cara y el uniforme de doctor y salió gritando.

Con todo el escándalo los guardias no le reconocieron y junto al dispositivo que se activó después contra contaminación… se nos ha escapado.

fichadavid

Puedes ver más relatos suyos en su blog:

 https://davidverdejoblog.wordpress.com/

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Publicado por

Josevi Blender

Absorbido por la novela y el cine, eso sí, negros.

3 comentarios en “El hospital. David de la Torre. 2016”

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