Fin de trayecto. David de la Torre. 2016.

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David de la Torre

Tú, Philip de Le Crusan, volverás a Touluse de madrugada, cuando el silbato del tren sea inaudible a causa de la lluvia, cuando tus lágrimas se mezclen con las frías gotas sobre el suelo de la estación, cuando decidas de una maldita vez que hacer con tu vida. Tú, Philip, llegarás a la ciudad empapado, con una maleta pequeña y rajada bajo el brazo derecho mientras el izquierdo intenta secar tu frente en vano. Y caminarás decenas de kilómetros desorientado, en busca del rio Garona que te guíe y te lleve hasta su apartamento. Si, ese lugar que recuerdas a la perfección y que prometiste no volver a pisar. Pues entérate bien Philip, volverás a Touluse y meterás tu llave oxidada en la cerradura que chirriará clavando ese sonido tan desagradable en tus tímpanos como un tatuaje realizado en carne viva. Tú, Philip, atravesarás el pasillo que lleva al salón, te asomarás a la Place de la Trinité y llorarás de nuevo frente a la fuente dorada y sus tres ángeles que, cómo sabes bien, se chivaron hace tiempo a tu señor de los errores que cometiste… y así te ves ahora.

Philip parpadeaba despacio frente al dormitorio. El aroma a polvo y ambientador de lavanda se mezclaban en el aire. Sobre el colchón desnudo, una imagen superpuesta de su cuerpo aparecía allí, tumbado, con los brazos en cruz. En su mano derecha, un objeto brillante. En su mano izquierda, un libro oscuro.

Se frotó los ojos dejando caer la maleta sobre el suelo. El eco del salón vacío propagó el sonido pringoso que se produjo al chocar el cuero empapado sobre la plaqueta helada. Hacía meses que la calefacción no funcionaba y, desde que se marchó, ya nadie se preocupaba de ello. Sin embargo, sus huesos húmedos que le producían pinchazos agudos a cada movimiento no le impidieron deshacerse de la ropa con lentitud. Primero, el abrigo marrón deshilachado cayó al suelo. Después, la camisa azul claro con ronchones de tomate reseco. Los pantalones, zapatos, calzoncillos… toda su ropa apareció desperdigada por el suelo cuando le encontraron.

La gendarmería regentada por el Inspector Francis Moulin recibió la llamada sobre las dos de la mañana. De guardia se encontraba la subinspectora Valentine Braille que decidió llamar a su jefe pese a ser sábado de madrugada. Francis contestó a la tercera oportunidad y quedaron en verse en el apartamento de la víctima. El R5 del inspector recorrió la ciudad sin prestar demasiada atención a los semáforos que regulaban el tráfico mientras la subinspectora hizo lo propio pero en su bicicleta.

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La Place de la Trinité formaba un triángulo cuasi rectángulo gracias a la Rue de la Trinité y Rue des Filatiers. En el segundo piso se encontraba un cuerpo. Y en ese mismo lugar pero en la puerta de enfrente, una mujer octogenaria se quejaba del hedor que provenía de allí dentro. Francis y Valentine llamaron a la puerta de la señora cuando una voz ronca y profunda les invitó a largarse desde el interior de la vivienda.

Señora, somos el inspector…

Me importa un rábano quienes sean… ¡lárguense!

Pero… ¿no ha sido ella quien llamó? –Preguntó Francis a Valentine.

Si… la llamada vino de éste piso…–Y girándose hacia la puerta gritó –¿Señora Dupont? Usted nos ha llamado hace cuarenta minutos. Los bomberos andan de camino… ¿señora?

Silencio.

Francis y Valentine se miraron cuando el móvil de la subinspectora emitió una dulce melodía que provocó una sonrisa en los labios de su jefe. Ella descolgó sin prestarle atención y cortó la llamada después de dos escuetos “Si”.

Los bomberos –Le dijo al tiempo que un estruendo cómo de botas golpeando la madera y arrastrando algo desconocido por el suelo subía desde el portal hacia el segundo piso.

¿Quien ha venido, todo el parque de bomberos? ¡Joder, que sólo es abrir una puerta!

Francis calló de inmediato al ver tres efectivos delante de ellos, situados varios escalones por debajo.

¿Cuál es la puerta? –Dijo el más grande de los tres.

Buenas noches… esa de ahí– Respondió Valentine echándose hacia atrás.

Sin mediar más palabras, el bombero grande y los otros dos más pequeños se movieron rápido en aquel minúsculo descansillo, portando un ariete verde oscuro que no dudaron abalanzar contra la puerta de madera. El primer golpe abrió un agujero en el centro y esparció miles de astillas al interior del piso. El segundo golpe destrozó la cerradura y abrió la puerta con extrema violencia. La señora Dupont abrió la suya despacito y un ojo azul bajo un gran párpado arrugado asomó por la rendija. Los bomberos se mantuvieron en el descansillo mientras Valentine entraba en el apartamento tapándose la nariz y Francis aconsejaba a la vecina a encerrarse de nuevo en su vivienda.

Tú, Philip de Le Crusan, acusarás las más absoluta soledad una vez cierres la puerta tras de tí. No hay calefacción porque tú, rácano egocéntrico dejaste de pagar los recibos, claro que el dinero no era tuyo, insensato mequetrefe venido a más…

Valentine caminaba a oscuras, sosteniendo una delgada linterna con su mano derecha. Francis la alcanzó junto a los bomberos dirigidos por el tremendo olor que emanaba desde el dormitorio, situado al fondo del piso. Al girar la luz hacia la cama se detuvieron. El brillo de decenas, quizás centenas de bichos sobre un cuerpo oscurecido les obligó a no sobrepasar el cerco de la doble puerta. Los bomberos se miraron entre sí y golpearon el hombro de Valentine con suavidad.

Subinspectora, aquí tiene que venir los del INPS…

Lo sé… hagan lo que tengan que hacer. Ya me encargo yo. ¿Te quedas con esto, Francis? –Le dijo a su jefe acercando la linterna a su pecho. Él la cogió y volvió a iluminar el cuerpo de aquel individuo devorado por la propia naturaleza. Un círculo luminoso alumbró sus pies ennegrecidos y continuó por el borde del colchón desnudo hasta un montoncito de ropa situado en una esquina. Se giró y pidió a un bombero una mascarilla. Conteniendo la respiración logró colocarse el bozal del plástico que evitaría una vomitona asegurada y se acercó al cadáver espantando insectos voladores que se afanaban por continuar su festín. Con los otros que permanecían desgarrando la piel no pudo hacer nada. Ni lo intentó.

La Place de la Trinité ofrecía un lugar de esparcimiento oculto en medio de Touluse, aprovechado por los habitantes para pasear, tomar algo en sus terrazas o sentarse al pie de la fuente a leer un buen libro. Sin embargo, el invierno era duro e impertinente, no dejando posibilidad de disfrute del lugar a menos que se estuviera muy abrigado. Las farolas iluminaban las aceras con apenas un aliento que se colaba por las ventanas de los primeros pisos. Para los segundos, no existía ese privilegio.

Francis se agachó para estudiar cada prenda allí tirada mientras una sirena se escuchaba en la lejanía. Desdobló un mugriento abrigo cubierto de polvo y observó una cartera que sobresalía del bolsillo interior. Al levantarse, las rodillas crujieron y sintió una infinidad de clavos hundiéndose entre los huesos.

¿Ya estás otra vez? –Le preguntó Valentine con cierta ternura.

Si… esta artritis o artrosis me va a matar.

Artrosis.

¡Que más me da! Tengo un dolor de narices así que lo llamo como me da la gana.

Valentine hizo caso omiso a las quejas de su jefe y le cogió la cartera mientras este desplazaba su trasero hasta una silla cercana. Al sentarse, una polvareda se levantó y le provocó toser.

Philip de Le Crusan, natural de Lyon… nacido el dos de abril de 1961…

¡Y un grandísimo malnacido!

Tú, Philip de Le Crusan, ahora te dignas a volver cuando las polillas inundan sus armarios, las cucarachas campan a sus anchas por cada tubería y el óxido cubre todas las bisagras de la casa… sin excepción.

Francis giró la cabeza hacia el descansillo oscuro y vacío para comprobar de quien provenía aquella voz ronca y profunda. Los bomberos se habían marchado hacía diez minutos y los de la científica tardarían aún en llegar.

Pero que cojones… –Dijo intentando ponerse en pie.

Valentine se acercó a la mujer octogenaria postrada bajo el quicio de la puerta que daba al salón, con los brazos en cruz y los morros apretados. Unas gafas de pasta gordísimas descansaban sobre una nariz enorme y afilada. La subinspectora le apuntó con la linterna y la señora ni se inmutó, reflejando la luz en sus grandes ojos azules medio tapados por un parpado grueso y arrugado.

Señora Dupont, imagino.

Eso no le importa, jovencita. Solo he venido a decirles que ese malnacido ha tenido lo que se merecía –Y volvió a cruzarse de brazos una vez movió con energía un alargado dedo índice que señalaba el cadáver.

Señora, ¿le importaría que fuéramos a su casa? Hablaremos con tranquilidad… este lugar es insoportable –Dijo Francis de pie, erguido y acercándose a ella con lentitud.

Sus ojos le miraban saltando sobre las gafas en actitud desafiante como un yorkshire amenaza a un doberman sin ser consciente de su tamaño.

Minutos después salieron al distribuidor de la segunda planta permitiendo pasar a los de la científica que acababan de llegar cargados de maletines y uniformes blancos. La señora Dupont dejó la puerta entre abierta así que tan sólo necesitó empujarla con sus delgados dedos provocando un chirrido desagradable.

Siéntense ahí… ¿quieren un café?

Si, por favor… ¿tienes usted un ibuprofeno? Disculpe el abuso –Se lamentó Francis.

¿Piensa que soy una farmacia? El que abusaba era ese de allí… al que se están comiendo los gusanos… anda y que se pudra en el infierno…– Pudo escucharse desde la cocina.

Ambos compañeros se miraron entre si y Valentine aprovechó que la señora Dupont se dirigía a su cocina para mostrarle el contenido de la cartera de Philip: un pasaje de tren desde Burdeos, un par de billetes de diez euros, un trozo de papel doblado y una fotografía antigua.

La señora Dupont regresó con una bandeja dorada cuyos adornos revestían todo el metal y cegaban a quien la mirase directamente. Sobre ella, una jarra verde claro con la tapa cubierta de frutas de porcelana y tres tazas a juego. Francis observó que había olvidado el ibuprofeno. La humedad le ahogaba comenzando por la rodilla y el dolor le obligaba a permanecer en silencio.

Señora Dupont, entiendo por sus palabras que conocía a Philip.

Pues claro que le conocía. Fueron mis vecinos durante veintidós años y tres días.

¿Fueron?

Valentine le preguntaba mientras Francis decidió pedir permiso para levantarse y caminar por la casa aludiendo necesitarlo para aplacar el dolor de rodilla. La señora Dupont se lo concedió mediante un gemido de libre interpretación.

El desgraciado de Philip y su pobre esposa. Los dos llegaron de París una mañana de Mayo. Un agente inmobiliario muy patoso pero efectivo les vendió ese cuchitril cuando aún nos manejábamos con Francos. Al principio todo iba bien: saludaban en la escalera, en el mercado, la muchacha acudía a mí para pedirme sal o algún huevo cuando no tenía…

¿Y qué ocurrió después?

El chico trabajaba en la Societé Général como agente de Bolsa. Les iba bien, como le he dicho, hasta que el muy imbécil metió la pata y una noche de dos mil ocho alguien entró en la casa.

¿Les robaron?

No señorita… nada de eso… –Dijo sorbiendo un poco de café.

Francis la escuchaba desde el extremo del salón cuando sus pies tropezaron con una pequeña maleta de cuero.

La chica apareció con doce puñaladas en el pecho sobre el suelo de la cocina. Él, atado a una silla con la cara llena de golpes.

Pero, discúlpeme… ¿Qué tiene que ver eso con su trabajo?

Francis se agachó y comenzó a explicar lo que conocía de aquella empresa según se ponía un par de guantes de latex.

La sociedad donde trabajaba Philip estafó casi cinco mil millones de euros en el año dos mil ocho. El acusado fue un tal Jérôme aunque siempre pensé que no pudo hacerlo solo…–Añadió Francis.

Valentine desconocía los detalles de aquel caso aunque algo había oído en las noticias. Francis abrió despacio la maleta.

Como dice el señor mayor con quien ha venido, Philip la cagó de lo lindo con unas inversiones y se cargaron a su mujer. Pero créame que eso era una tapadera… estoy segura que él la mató y se inventó el fraude para salirse de rositas.

Francis se cansó de escuchar.

Señora, ¡no diga estupideces! Yo estuve en ese caso…si, este “señor mayor” interrogó a Jérôme y averiguó que tuvo un cómplice pero nunca pudimos encontrarlo. Ahora que sabemos quién puede ser, tendremos que investigar qué relación pueden tener pero hay algo que debo preguntarle –Dijo con mirada inquisitiva.

¡Ay! Me olvidé la pastilla… ¿quiere que se la acerque?

No es necesario, señora Dupont… pero dígame –Preguntó acercando su cabeza a la octogenaria vecina– ¿De quién es esa maleta?

¡Es mía! –Dijo una voz joven desde el fondo del salón.

¿Quién es usted? –Replicó Valentine.

Soy el hijo de la señora Dupont. Y rogaría dejen de molestar a mi madre con éstas historias, está enferma y no es de fiar.

¡Como que no soy de fiar, pero que dices hijo mío!

¡Cállate mamá! Y despide a estas personas… creo que tendrán cosas mejores que hacer.

Valentine se puso en pie mirando fijamente al joven a la vez que Francis se acercó a ella. Una vez se despidieron y les emplazaron a visitar la gendarmería lo antes posible, abandonaron el edificio. Al pisar la calle, un viento gélido arañaba la cara de los escasos transeúntes que pululaban por Touluse de madrugada, despistados, con la bufanda en casa. Francis vio que la furgoneta de la científica continuaba allí y decidió acercarse para preguntar.

Hola… ¿habéis averiguado algo?

Una agente en medio proceso de desechar el mono blanco reglamentario para este tipo de intervenciones, le respondió sin mirarle a los ojos.

Nada fuera de lo normal. Cadáver en avanzado estado de descomposición, ningún objeto personal encontrado, no hay huellas ni señales de violencia. Suicidio, diría yo.

¿Tan segura está?

La mujer elevó la mirada y la clavó en los ojos de Francis.

¿Cree que he dudado? Tan sólo he utilizado un condicional para cubrirme las espaldas pero sí, estoy convencida. Tenía un cúter en la mano y se había cortado las venas. Ah sí, tenía una biblia en la otra mano. Buenas noches, inspector Moulin.

Francis les vio alejarse mientras Valentine le preguntaba algo. En ese instante, cuando la ciudad aún no estaba preparada para recibir un nuevo día, vieron salir a alguien del portal donde aún se encontraba la víctima, a espera de recibir la visita del juez. Valentine le observó por el rabillo del ojo y pegó un codazo a Francis que cerró los ojos.

¿No es el hijo de la señora Dupont?

¡Y se lleva la maleta, corre!

Valentine comenzó a correr tras el sospechoso al ver que éste aceleraba. En un instante, justo cuando giraba por Rue d’Alsace Lorraine escuchó a su compañero gritar y se detuvo. La mirada clavada en su rodilla, las manos apretándola con fuerza y los labios presionados dieron paso a una terrible exclamación:

¡No pares! Creo que se me ha roto… ¡joder!

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Tu, Philip de Le Crusan, encontrarás la muerte igual que la causaste en Margerite, tu abnegada esposa pero yo tendré el placer de llevarte de la mano hasta ella… Mi Magerite, la luz que colmaba todos mis episodios de obscuridad y locura y que tú, Pierre, no supiste valorar. Así lo haré tan pronto aparezcas por el apartamento, tan pronto escuche el crujir de la puerta y nada me impedirá detener tu corazón partiéndolo en dos pedazos o rajándote las venas como quien despelleja un carnero… nadie podrá impedírmelo, ni mi madre que senil está pero se acuerda de tus palizas… Philip de Le Crusan … bienvenido a Tolouse, fin de trayecto.

Valentine dudó pero no tenía otra oportunidad hasta que otro golpe le obligó a girar la cabeza en sentido contrario. Un Citröen Picasso había arrollado al hijo que cruzó la calle sin mirar. La subinspectora se acercó al cuerpo inerte del sospechoso y encontró la maleta a escasos dos metros de él, con un cuchillo en su interior parcialmente envuelto en un trapo. Al acercarse, encontró manchas secas de sangre. Detuvo el tráfico y pidió refuerzos, acordonando la zona y dejando la avenida cortada.

***

Dos días más tarde, Valentine se encontraba frente a la cama del hospital cuando Francis despertó. Le habían operado de urgencia y se encontraba convaleciente. Unas flores y un café de máquina después, Valentine le contó la resolución del caso sobre el asesinato de Philip de Le Crusan aunque Francis enarcó las cejas al enterarse que el culpable no podía ser juzgado. Ambos habían llegado al final de su viaje.

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Publicado por

Josevi Blender

Absorbido por la novela y el cine, eso sí, negros.

2 comentarios sobre “Fin de trayecto. David de la Torre. 2016.”

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