Lavapiés exprés. Relato.

retrato1Por Rafael Guerrero

— ¿Desde dónde me llamas, Fernando? Te oigo fatal, como si estuvieras en alta mar.

 —Qué cosas dices, Jota, estoy en mi despacho de Madrid con los pies sobre la mesa y fumando —. Mentí. Realmente surcaba el océano Índico a bordo de una cafetera con un raquítico y tuberculoso motor de cincuenta caballos, atestada de pasajeros indonesios que no paraban de vomitar y gritar y vomitar gritando. Dadas mis circunstancias era el mejor medio de transporte en que podía embarcar, y sí, fumaba en la cubierta, mientras sujetaba con la otra mano un teléfono satelital no registrado.

 — ¿Es segura la trasmisión? —. Jota no se había tragado lo de mi ubicación.

 —Tranquilo, tan segura como la vida misma. — Solo una docena de servicios secretos podría intervenir la conversación en ese instante haciendo clic en donde se hace clic.

 — ¿Qué tal por el casino anoche, ganaste? —. Hablaba en clave para despistar a nuestros potenciales oyentes.

 —No perdí —. También yo contestaba en clave, pero sin tanta literatura barata de espía.

 —Me alegra oír eso, ¿cuándo volverás a estar operativo?

 —Ayer.

 —Ok. No fumes en el despacho, es ilegal.

 —Como la vida misma.

 Jota, nombre ficticio y variable, es un alto funcionario del Estado, a veces adscrito al Ministerio del Interior, otras al Ministerio de Asuntos Exteriores y las más a ninguno y a todos. Va por libre sin dejar de estar atado a lo que eufemísticamente se conoce como la fontanería palaciega. Por encima, por debajo y por los lados de los gobiernos de turno que le utilizan cuando la patata caliente está a punto de carbonizarse y a los que él usa para permanecer en el puesto sople el viento que sople elección tras elección.

 Próximo a jubilarse y fichar como consultor externo en cualquier holding para forrarse y tocarse los cojones hasta su entierro, fue quien contactó conmigo para que llegase hasta donde su largo brazo no quería llegar. Para no quemarse con esta patata. Un superviviente nato, aficionado a la novela negra por las aventuras que se cuentan en esos libros y que ni por asomo se acercan a la jodida realidad. También es un buen amigo de no me acuerdo qué historias pasadas. No me acuerdo, de verdad.

 Cuando recibí su encargo, hará apenas un mes, me contó que “en las últimas tres semanas han desaparecido en Madrid cuatro funcionarios de reparto especial mientras realizaban su ronda. Tres más en Barcelona y dos en Sevilla, en total nueve, no tenemos ni puta idea de qué ha sido de ellos, Fernando”. No se habían encontrado los cadáveres ni tampoco recibido notificaciones pidiendo un rescate.

 “En cambio, la policía sí ha hallado las motos de estos carteros, siempre en las afueras, con un sello de 0,47€ pegado en la parte superior del asiento. En el cajetín trasero estaban las cartas y paquetes pendientes de reparto, pero falta el libro de registro, lo que dificulta enormemente seguir la pista de los secuestradores suponiendo que fueran también los destinatarios”, continuó Jota poniéndome al día.

 Paralelamente, algunos testigos poco fiables afirmaban haber visto a varios individuos con prendas del uniforme oficial de Correos trapicheando en focos de compra/venta de droga y en locales de prestamistas con objetos robados. “La carroña mediática ya se ha hecho eco de ello en titulares de periódicos y telediarios locales, les encanta remover la mierda”. Lo decía Jota como si él no se moviese como pez en la misma.

 La Policía Nacional y Cuerpo Especial de Investigación Postal (CEIP) trabajaban conjuntamente en el asunto, pero hasta el momento solo habían podido configurar una lista de los últimos destinatarios y de sus correspondientes remitentes que recibieron misivas antes de que se esfumaran los carteros. “Curiosamente, en el área de Madrid, las direcciones se circunscriben únicamente al distrito postal de Lavapiés. Esto huele que apesta, Fernando, y por eso me han pedido mi colaboración al margen y yo te la pido a ti más allá de ese margen”.

 Y en ese al margen entré en escena yo, el Detective Privado Fernando Ayllón, aunque no podría identificarme como tal. Mi misión, contratado por nadie y a las órdenes invisibles de Jota, consistiría en comprobar y “no tocar” —solo avisa cuando des con el lobo —qué había detrás de todo esto. Cómo iba a negarme a apostar en el casino.

Mi mentor en la sombra me hizo llegar por mensajería un dosier con el posible trasfondo económico y político que envolvía a estos aparentes delitos callejeros sin conexión con la economía y la política. Más claro, mierda.

 Una directiva de la Unión Europea, de obligado cumplimiento, ponía fin al monopolio estatal de Correos y Telégrafos. Sin embargo, en países miembros como España el Gobierno todavía era reticente a aplicar la medida. Las empresas privadas compartirían este servicio con los actuales entes de propiedad pública e incluso podrían participar en la liberalización de estos. Poderosos entramados financieros y multinacionales se preparaban para repartirse el suculento pastel sin escatimar esfuerzos legales y quizá no tan legales, eso es lo que debía verificar.

 Tras mucho indagar en donde no se ha de indagar y menos sin las credenciales necesarias, hacerme pasar por cliente drogadicto en la calle Argumosa, consultar bases de datos, contactar con colegas de Barcelona, Sevilla, Bruselas, Roma y Londres y a otras organizaciones de inteligencia sin nombre ni dirección, conseguí hacerme una composición de lugar: EUROPOST Inc. era una de estas inmensas compañías con intereses internacionales en la comunicación, distribución y logística. Se había posicionado por delante de la competencia para recibir de la Comisión las licencias que le permitirían asentarse en la mayoría de naciones concernidas, pero aun así, no se fiaba del reparto justo que el libre mercado le deparase y solicitó a sus asesores externos que ejecutaran un plan B que apoyase al A con el ánimo de desestabilizar el sistema de correos actual (en el caso de España para terminar de convencer al Gobierno de que cediera parte del tinglado de la correspondencia y de paso abaratar las acciones del ente público postal en caso de ser privatizado, convirtiéndose de hecho, que no de derecho, en un nuevo monopolio a un coste irrisorio gracias, por supuesto, al libre mercado).

 Se contrató a distintas mafias locales que perpetraban los secuestros de carteros en ciudades como Madrid, Roma, Berlín y Bruselas, estableciendo una red de sicarios o mercenarios que cambiaban continuamente de localidad para no ser identificados ni detenidos.

 Pero la estrategia no acababa ahí, el plan B escondía un plan C. Con el fin de crear una cortina de humo, se aprovechó dicha red para montar un pequeño negocio de tráfico de drogas y objetos robados utilizando el uniforme de los carteros secuestrados, levantando así la sospecha que se requería para desprestigiar a los funcionarios y a la vez desviar la atención de su objetivo principal. Los medios de comunicación, de su propiedad unos cuantos, hicieron el resto aireando el menudeo y la negligencia. Mierda sobre mierda.

 — … Arturo de la Piedad, empresario de 64 años, con un currículo intachable, es la cabeza visible de EUROPOST Inc. en España y Portugal, ¿te suena? —Le había resumido a Jota mis pesquisas y le colocaba en bandeja de plata la identidad del presunto responsable del caso que nos atañía.

 —Vale, Fernando, muchas gracias por la información, has hecho una labor cojonuda. Déjalo aquí, ahora me toca a mí.

 — ¿No quieres pruebas que incriminen a este tipo?

 —Solo avisa cuando des con el lobo.

 —Comprendo, ¿y el lobo ha dado conmigo?

 —Sí.

 — ¿Qué me sugieres, Jota?

 —Tómate unas vacaciones, o ve a jugar al Casino.

 —De acuerdo, tú pones el capital.

 —Sin duda, Fernando —No hacían falta más claves con mi interlocutor.

 Me quedaba una última carta que jugar, o que entregar. Jota me facilitó el local perfecto para hacerlo, y así fue como me reuní en secreto nada menos que con el lobo. Además de la controvertida documentación corporativa, me había procurado un certificado médico que sería mi salvoconducto para seguir vivo a pesar de lo que sabía: Arturo de la Piedad, hombre de familia y reciente abuelo, fiel esposo, blablablá… era también estéril e impotente.

 —No querrá que la prensa rosa y financiera se enteren de esa engorrosa disfunción. Se preguntarían si sus hijos son sus hijos, ya sabe, rumores, mentiras, amantes de turno, mamporreros con ganas de sacar un dinerillo con la morralla ajena…, un asco… Deje de secuestrar y cuide de mi salud como si fuera mi padre.

 —Pierde el tiempo amenazándome, señor Ayllón, por encima de mí hay otros.

 —Que serán igualmente impotentes. No estoy amenazándole, le he puesto un sello de 0,47€ en la frente, no se lo quite ni para ducharse.

 Los nueve carteros tampoco estaban en el océano Índico. Buena señal. “Como la vida misma, Jota”.

rafael_guerrero_todo_negro

ultimatum_todo_negro

 

Reseñas:

Solo Novela Negra.

A vuela pluma.

 

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Publicado por

Josevi Blender

Absorbido por la novela y el cine, eso sí, negros.

Un comentario sobre “Lavapiés exprés. Relato.”

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