Comeduras #1. Un thriller político. Josevi Blender.

Josevi_Blender_Todo_NegroÉrase una vez una reunión de poderosos sin escrúpulos que tenían un problema que esconder. Un inconveniente que habían de minimizar. Ellos ya sabían que eliminarlo era imposible. Lo habían intentado por todos los medios.

Se trataba de intentar hacer pasar desapercibida la noticia del ingreso en prisión de uno de los miembros de la familia real de un país, muy, muy lejano. No se podía permitir que nuevos hechos ensuciaran una ya de por sí deteriorada imagen arrastrada por generaciones anteriores.

Aplicaron el principio de la disolución. Mezcla el veneno entre muchas otras sustancias y puede que pase inadvertido o por lo menos estará más disimulado.

Con una guardia pretoriana, preparada y dispuesta a cualquier operación, pusieron el marcha el plan. Había que crear noticias que captaran la atención mediática, distrajeran sin hacer mucho daño a nadie. Títulares de periódicos, de magazines y noticiarios televisivos.

Primera noticia. La dimisión de un ministro que  fue nombrado hace siete días. Un golpe para centrar la atención de todo una jauría de políticos ofreciéndoles carnaza y propaganda. El motivo, una simple multa de Hacienda que coincidiría, exacta y casualmente, palabra por palabra, con las declaraciones que el presidente del gobierno de este país realizó hace un tiempo sobre la famosa raya roja intraspasable que tanto estaba de moda. Conseguido.

Segunda noticia. ¿Algo atrae más que el deporte? Destitución del seleccionador nacional de fútbol a dos días de comenzar un mundial de fútbol. Las esperanzas de mucha gente destruidas por cuestión de pelotas. Con esto hay más entretenimiento que con el propio juego del fútbol, del que por supuesto no nos van a privar. Menuda oportunidad de crear sentimientos de pertenencia nacionales y de intereses comunes que un buen mundial de fútbol. ¿La prueba?. Todos los países participan. Negocio seguro, además. Conseguido.

Tercera noticia. Para aquellos alternativos, honestos despreciadores del consumismo que nos acecha en cada rincón de esta rica sociedad, su noticia, verde y solidaria. Hecha a su medida. Un grupo de desgraciados migrantes que a pesar de su desdicha tuvieron la suerte de subirse al barco adecuado en el momento adecuado. Desplegad vuestros espíritus solidarios, demostrad que la vida de un ser humano es lo que verdaderamente importa al margen de ministerios culturales y federaciones de deportes varias. Conseguido.

Vaguemos por la felicidad y si no, al menos, por lugares que nos permitan convencernos hipócritamente de que estamos luchando por nuestros propios convencimientos y tenemos la conciencia tranquila y ejercitada. Conseguido.

Y mientras aquellos irán haciendo. Menos mal que esto es ficción y nunca sucedió, en ningún lugar ni en ningún momento.

Saludos.

Este post es el primero de una nueva sección: COMEDURAS, donde yo mismo y aquellos de vosotros que lo deseéis podremos dar rienda suelta a lo irreal de esta realidad, a pesar de ser producto de nosotros mismos.

COMEDURA

 

 

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Lavapiés exprés. Relato.

retrato1Por Rafael Guerrero

— ¿Desde dónde me llamas, Fernando? Te oigo fatal, como si estuvieras en alta mar.

 —Qué cosas dices, Jota, estoy en mi despacho de Madrid con los pies sobre la mesa y fumando —. Mentí. Realmente surcaba el océano Índico a bordo de una cafetera con un raquítico y tuberculoso motor de cincuenta caballos, atestada de pasajeros indonesios que no paraban de vomitar y gritar y vomitar gritando. Dadas mis circunstancias era el mejor medio de transporte en que podía embarcar, y sí, fumaba en la cubierta, mientras sujetaba con la otra mano un teléfono satelital no registrado.

 — ¿Es segura la trasmisión? —. Jota no se había tragado lo de mi ubicación.

 —Tranquilo, tan segura como la vida misma. — Solo una docena de servicios secretos podría intervenir la conversación en ese instante haciendo clic en donde se hace clic.

 — ¿Qué tal por el casino anoche, ganaste? —. Hablaba en clave para despistar a nuestros potenciales oyentes.

 —No perdí —. También yo contestaba en clave, pero sin tanta literatura barata de espía.

 —Me alegra oír eso, ¿cuándo volverás a estar operativo?

 —Ayer.

 —Ok. No fumes en el despacho, es ilegal.

 —Como la vida misma.

 Jota, nombre ficticio y variable, es un alto funcionario del Estado, a veces adscrito al Ministerio del Interior, otras al Ministerio de Asuntos Exteriores y las más a ninguno y a todos. Va por libre sin dejar de estar atado a lo que eufemísticamente se conoce como la fontanería palaciega. Por encima, por debajo y por los lados de los gobiernos de turno que le utilizan cuando la patata caliente está a punto de carbonizarse y a los que él usa para permanecer en el puesto sople el viento que sople elección tras elección.

 Próximo a jubilarse y fichar como consultor externo en cualquier holding para forrarse y tocarse los cojones hasta su entierro, fue quien contactó conmigo para que llegase hasta donde su largo brazo no quería llegar. Para no quemarse con esta patata. Un superviviente nato, aficionado a la novela negra por las aventuras que se cuentan en esos libros y que ni por asomo se acercan a la jodida realidad. También es un buen amigo de no me acuerdo qué historias pasadas. No me acuerdo, de verdad.

 Cuando recibí su encargo, hará apenas un mes, me contó que “en las últimas tres semanas han desaparecido en Madrid cuatro funcionarios de reparto especial mientras realizaban su ronda. Tres más en Barcelona y dos en Sevilla, en total nueve, no tenemos ni puta idea de qué ha sido de ellos, Fernando”. No se habían encontrado los cadáveres ni tampoco recibido notificaciones pidiendo un rescate.

 “En cambio, la policía sí ha hallado las motos de estos carteros, siempre en las afueras, con un sello de 0,47€ pegado en la parte superior del asiento. En el cajetín trasero estaban las cartas y paquetes pendientes de reparto, pero falta el libro de registro, lo que dificulta enormemente seguir la pista de los secuestradores suponiendo que fueran también los destinatarios”, continuó Jota poniéndome al día.

 Paralelamente, algunos testigos poco fiables afirmaban haber visto a varios individuos con prendas del uniforme oficial de Correos trapicheando en focos de compra/venta de droga y en locales de prestamistas con objetos robados. “La carroña mediática ya se ha hecho eco de ello en titulares de periódicos y telediarios locales, les encanta remover la mierda”. Lo decía Jota como si él no se moviese como pez en la misma.

 La Policía Nacional y Cuerpo Especial de Investigación Postal (CEIP) trabajaban conjuntamente en el asunto, pero hasta el momento solo habían podido configurar una lista de los últimos destinatarios y de sus correspondientes remitentes que recibieron misivas antes de que se esfumaran los carteros. “Curiosamente, en el área de Madrid, las direcciones se circunscriben únicamente al distrito postal de Lavapiés. Esto huele que apesta, Fernando, y por eso me han pedido mi colaboración al margen y yo te la pido a ti más allá de ese margen”.

 Y en ese al margen entré en escena yo, el Detective Privado Fernando Ayllón, aunque no podría identificarme como tal. Mi misión, contratado por nadie y a las órdenes invisibles de Jota, consistiría en comprobar y “no tocar” —solo avisa cuando des con el lobo —qué había detrás de todo esto. Cómo iba a negarme a apostar en el casino.

Mi mentor en la sombra me hizo llegar por mensajería un dosier con el posible trasfondo económico y político que envolvía a estos aparentes delitos callejeros sin conexión con la economía y la política. Más claro, mierda.

 Una directiva de la Unión Europea, de obligado cumplimiento, ponía fin al monopolio estatal de Correos y Telégrafos. Sin embargo, en países miembros como España el Gobierno todavía era reticente a aplicar la medida. Las empresas privadas compartirían este servicio con los actuales entes de propiedad pública e incluso podrían participar en la liberalización de estos. Poderosos entramados financieros y multinacionales se preparaban para repartirse el suculento pastel sin escatimar esfuerzos legales y quizá no tan legales, eso es lo que debía verificar.

 Tras mucho indagar en donde no se ha de indagar y menos sin las credenciales necesarias, hacerme pasar por cliente drogadicto en la calle Argumosa, consultar bases de datos, contactar con colegas de Barcelona, Sevilla, Bruselas, Roma y Londres y a otras organizaciones de inteligencia sin nombre ni dirección, conseguí hacerme una composición de lugar: EUROPOST Inc. era una de estas inmensas compañías con intereses internacionales en la comunicación, distribución y logística. Se había posicionado por delante de la competencia para recibir de la Comisión las licencias que le permitirían asentarse en la mayoría de naciones concernidas, pero aun así, no se fiaba del reparto justo que el libre mercado le deparase y solicitó a sus asesores externos que ejecutaran un plan B que apoyase al A con el ánimo de desestabilizar el sistema de correos actual (en el caso de España para terminar de convencer al Gobierno de que cediera parte del tinglado de la correspondencia y de paso abaratar las acciones del ente público postal en caso de ser privatizado, convirtiéndose de hecho, que no de derecho, en un nuevo monopolio a un coste irrisorio gracias, por supuesto, al libre mercado).

 Se contrató a distintas mafias locales que perpetraban los secuestros de carteros en ciudades como Madrid, Roma, Berlín y Bruselas, estableciendo una red de sicarios o mercenarios que cambiaban continuamente de localidad para no ser identificados ni detenidos.

 Pero la estrategia no acababa ahí, el plan B escondía un plan C. Con el fin de crear una cortina de humo, se aprovechó dicha red para montar un pequeño negocio de tráfico de drogas y objetos robados utilizando el uniforme de los carteros secuestrados, levantando así la sospecha que se requería para desprestigiar a los funcionarios y a la vez desviar la atención de su objetivo principal. Los medios de comunicación, de su propiedad unos cuantos, hicieron el resto aireando el menudeo y la negligencia. Mierda sobre mierda.

 — … Arturo de la Piedad, empresario de 64 años, con un currículo intachable, es la cabeza visible de EUROPOST Inc. en España y Portugal, ¿te suena? —Le había resumido a Jota mis pesquisas y le colocaba en bandeja de plata la identidad del presunto responsable del caso que nos atañía.

 —Vale, Fernando, muchas gracias por la información, has hecho una labor cojonuda. Déjalo aquí, ahora me toca a mí.

 — ¿No quieres pruebas que incriminen a este tipo?

 —Solo avisa cuando des con el lobo.

 —Comprendo, ¿y el lobo ha dado conmigo?

 —Sí.

 — ¿Qué me sugieres, Jota?

 —Tómate unas vacaciones, o ve a jugar al Casino.

 —De acuerdo, tú pones el capital.

 —Sin duda, Fernando —No hacían falta más claves con mi interlocutor.

 Me quedaba una última carta que jugar, o que entregar. Jota me facilitó el local perfecto para hacerlo, y así fue como me reuní en secreto nada menos que con el lobo. Además de la controvertida documentación corporativa, me había procurado un certificado médico que sería mi salvoconducto para seguir vivo a pesar de lo que sabía: Arturo de la Piedad, hombre de familia y reciente abuelo, fiel esposo, blablablá… era también estéril e impotente.

 —No querrá que la prensa rosa y financiera se enteren de esa engorrosa disfunción. Se preguntarían si sus hijos son sus hijos, ya sabe, rumores, mentiras, amantes de turno, mamporreros con ganas de sacar un dinerillo con la morralla ajena…, un asco… Deje de secuestrar y cuide de mi salud como si fuera mi padre.

 —Pierde el tiempo amenazándome, señor Ayllón, por encima de mí hay otros.

 —Que serán igualmente impotentes. No estoy amenazándole, le he puesto un sello de 0,47€ en la frente, no se lo quite ni para ducharse.

 Los nueve carteros tampoco estaban en el océano Índico. Buena señal. “Como la vida misma, Jota”.

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Reseñas:

Solo Novela Negra.

A vuela pluma.

 

Fin de trayecto. David de la Torre. 2016.

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David de la Torre

Tú, Philip de Le Crusan, volverás a Touluse de madrugada, cuando el silbato del tren sea inaudible a causa de la lluvia, cuando tus lágrimas se mezclen con las frías gotas sobre el suelo de la estación, cuando decidas de una maldita vez que hacer con tu vida. Tú, Philip, llegarás a la ciudad empapado, con una maleta pequeña y rajada bajo el brazo derecho mientras el izquierdo intenta secar tu frente en vano. Y caminarás decenas de kilómetros desorientado, en busca del rio Garona que te guíe y te lleve hasta su apartamento. Si, ese lugar que recuerdas a la perfección y que prometiste no volver a pisar. Pues entérate bien Philip, volverás a Touluse y meterás tu llave oxidada en la cerradura que chirriará clavando ese sonido tan desagradable en tus tímpanos como un tatuaje realizado en carne viva. Tú, Philip, atravesarás el pasillo que lleva al salón, te asomarás a la Place de la Trinité y llorarás de nuevo frente a la fuente dorada y sus tres ángeles que, cómo sabes bien, se chivaron hace tiempo a tu señor de los errores que cometiste… y así te ves ahora.

Philip parpadeaba despacio frente al dormitorio. El aroma a polvo y ambientador de lavanda se mezclaban en el aire. Sobre el colchón desnudo, una imagen superpuesta de su cuerpo aparecía allí, tumbado, con los brazos en cruz. En su mano derecha, un objeto brillante. En su mano izquierda, un libro oscuro.

Se frotó los ojos dejando caer la maleta sobre el suelo. El eco del salón vacío propagó el sonido pringoso que se produjo al chocar el cuero empapado sobre la plaqueta helada. Hacía meses que la calefacción no funcionaba y, desde que se marchó, ya nadie se preocupaba de ello. Sin embargo, sus huesos húmedos que le producían pinchazos agudos a cada movimiento no le impidieron deshacerse de la ropa con lentitud. Primero, el abrigo marrón deshilachado cayó al suelo. Después, la camisa azul claro con ronchones de tomate reseco. Los pantalones, zapatos, calzoncillos… toda su ropa apareció desperdigada por el suelo cuando le encontraron.

La gendarmería regentada por el Inspector Francis Moulin recibió la llamada sobre las dos de la mañana. De guardia se encontraba la subinspectora Valentine Braille que decidió llamar a su jefe pese a ser sábado de madrugada. Francis contestó a la tercera oportunidad y quedaron en verse en el apartamento de la víctima. El R5 del inspector recorrió la ciudad sin prestar demasiada atención a los semáforos que regulaban el tráfico mientras la subinspectora hizo lo propio pero en su bicicleta.

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La Place de la Trinité formaba un triángulo cuasi rectángulo gracias a la Rue de la Trinité y Rue des Filatiers. En el segundo piso se encontraba un cuerpo. Y en ese mismo lugar pero en la puerta de enfrente, una mujer octogenaria se quejaba del hedor que provenía de allí dentro. Francis y Valentine llamaron a la puerta de la señora cuando una voz ronca y profunda les invitó a largarse desde el interior de la vivienda.

Señora, somos el inspector…

Me importa un rábano quienes sean… ¡lárguense!

Pero… ¿no ha sido ella quien llamó? –Preguntó Francis a Valentine.

Si… la llamada vino de éste piso…–Y girándose hacia la puerta gritó –¿Señora Dupont? Usted nos ha llamado hace cuarenta minutos. Los bomberos andan de camino… ¿señora?

Silencio.

Francis y Valentine se miraron cuando el móvil de la subinspectora emitió una dulce melodía que provocó una sonrisa en los labios de su jefe. Ella descolgó sin prestarle atención y cortó la llamada después de dos escuetos “Si”.

Los bomberos –Le dijo al tiempo que un estruendo cómo de botas golpeando la madera y arrastrando algo desconocido por el suelo subía desde el portal hacia el segundo piso.

¿Quien ha venido, todo el parque de bomberos? ¡Joder, que sólo es abrir una puerta!

Francis calló de inmediato al ver tres efectivos delante de ellos, situados varios escalones por debajo.

¿Cuál es la puerta? –Dijo el más grande de los tres.

Buenas noches… esa de ahí– Respondió Valentine echándose hacia atrás.

Sin mediar más palabras, el bombero grande y los otros dos más pequeños se movieron rápido en aquel minúsculo descansillo, portando un ariete verde oscuro que no dudaron abalanzar contra la puerta de madera. El primer golpe abrió un agujero en el centro y esparció miles de astillas al interior del piso. El segundo golpe destrozó la cerradura y abrió la puerta con extrema violencia. La señora Dupont abrió la suya despacito y un ojo azul bajo un gran párpado arrugado asomó por la rendija. Los bomberos se mantuvieron en el descansillo mientras Valentine entraba en el apartamento tapándose la nariz y Francis aconsejaba a la vecina a encerrarse de nuevo en su vivienda.

Tú, Philip de Le Crusan, acusarás las más absoluta soledad una vez cierres la puerta tras de tí. No hay calefacción porque tú, rácano egocéntrico dejaste de pagar los recibos, claro que el dinero no era tuyo, insensato mequetrefe venido a más…

Valentine caminaba a oscuras, sosteniendo una delgada linterna con su mano derecha. Francis la alcanzó junto a los bomberos dirigidos por el tremendo olor que emanaba desde el dormitorio, situado al fondo del piso. Al girar la luz hacia la cama se detuvieron. El brillo de decenas, quizás centenas de bichos sobre un cuerpo oscurecido les obligó a no sobrepasar el cerco de la doble puerta. Los bomberos se miraron entre sí y golpearon el hombro de Valentine con suavidad.

Subinspectora, aquí tiene que venir los del INPS…

Lo sé… hagan lo que tengan que hacer. Ya me encargo yo. ¿Te quedas con esto, Francis? –Le dijo a su jefe acercando la linterna a su pecho. Él la cogió y volvió a iluminar el cuerpo de aquel individuo devorado por la propia naturaleza. Un círculo luminoso alumbró sus pies ennegrecidos y continuó por el borde del colchón desnudo hasta un montoncito de ropa situado en una esquina. Se giró y pidió a un bombero una mascarilla. Conteniendo la respiración logró colocarse el bozal del plástico que evitaría una vomitona asegurada y se acercó al cadáver espantando insectos voladores que se afanaban por continuar su festín. Con los otros que permanecían desgarrando la piel no pudo hacer nada. Ni lo intentó.

La Place de la Trinité ofrecía un lugar de esparcimiento oculto en medio de Touluse, aprovechado por los habitantes para pasear, tomar algo en sus terrazas o sentarse al pie de la fuente a leer un buen libro. Sin embargo, el invierno era duro e impertinente, no dejando posibilidad de disfrute del lugar a menos que se estuviera muy abrigado. Las farolas iluminaban las aceras con apenas un aliento que se colaba por las ventanas de los primeros pisos. Para los segundos, no existía ese privilegio.

Francis se agachó para estudiar cada prenda allí tirada mientras una sirena se escuchaba en la lejanía. Desdobló un mugriento abrigo cubierto de polvo y observó una cartera que sobresalía del bolsillo interior. Al levantarse, las rodillas crujieron y sintió una infinidad de clavos hundiéndose entre los huesos.

¿Ya estás otra vez? –Le preguntó Valentine con cierta ternura.

Si… esta artritis o artrosis me va a matar.

Artrosis.

¡Que más me da! Tengo un dolor de narices así que lo llamo como me da la gana.

Valentine hizo caso omiso a las quejas de su jefe y le cogió la cartera mientras este desplazaba su trasero hasta una silla cercana. Al sentarse, una polvareda se levantó y le provocó toser.

Philip de Le Crusan, natural de Lyon… nacido el dos de abril de 1961…

¡Y un grandísimo malnacido!

Tú, Philip de Le Crusan, ahora te dignas a volver cuando las polillas inundan sus armarios, las cucarachas campan a sus anchas por cada tubería y el óxido cubre todas las bisagras de la casa… sin excepción.

Francis giró la cabeza hacia el descansillo oscuro y vacío para comprobar de quien provenía aquella voz ronca y profunda. Los bomberos se habían marchado hacía diez minutos y los de la científica tardarían aún en llegar.

Pero que cojones… –Dijo intentando ponerse en pie.

Valentine se acercó a la mujer octogenaria postrada bajo el quicio de la puerta que daba al salón, con los brazos en cruz y los morros apretados. Unas gafas de pasta gordísimas descansaban sobre una nariz enorme y afilada. La subinspectora le apuntó con la linterna y la señora ni se inmutó, reflejando la luz en sus grandes ojos azules medio tapados por un parpado grueso y arrugado.

Señora Dupont, imagino.

Eso no le importa, jovencita. Solo he venido a decirles que ese malnacido ha tenido lo que se merecía –Y volvió a cruzarse de brazos una vez movió con energía un alargado dedo índice que señalaba el cadáver.

Señora, ¿le importaría que fuéramos a su casa? Hablaremos con tranquilidad… este lugar es insoportable –Dijo Francis de pie, erguido y acercándose a ella con lentitud.

Sus ojos le miraban saltando sobre las gafas en actitud desafiante como un yorkshire amenaza a un doberman sin ser consciente de su tamaño.

Minutos después salieron al distribuidor de la segunda planta permitiendo pasar a los de la científica que acababan de llegar cargados de maletines y uniformes blancos. La señora Dupont dejó la puerta entre abierta así que tan sólo necesitó empujarla con sus delgados dedos provocando un chirrido desagradable.

Siéntense ahí… ¿quieren un café?

Si, por favor… ¿tienes usted un ibuprofeno? Disculpe el abuso –Se lamentó Francis.

¿Piensa que soy una farmacia? El que abusaba era ese de allí… al que se están comiendo los gusanos… anda y que se pudra en el infierno…– Pudo escucharse desde la cocina.

Ambos compañeros se miraron entre si y Valentine aprovechó que la señora Dupont se dirigía a su cocina para mostrarle el contenido de la cartera de Philip: un pasaje de tren desde Burdeos, un par de billetes de diez euros, un trozo de papel doblado y una fotografía antigua.

La señora Dupont regresó con una bandeja dorada cuyos adornos revestían todo el metal y cegaban a quien la mirase directamente. Sobre ella, una jarra verde claro con la tapa cubierta de frutas de porcelana y tres tazas a juego. Francis observó que había olvidado el ibuprofeno. La humedad le ahogaba comenzando por la rodilla y el dolor le obligaba a permanecer en silencio.

Señora Dupont, entiendo por sus palabras que conocía a Philip.

Pues claro que le conocía. Fueron mis vecinos durante veintidós años y tres días.

¿Fueron?

Valentine le preguntaba mientras Francis decidió pedir permiso para levantarse y caminar por la casa aludiendo necesitarlo para aplacar el dolor de rodilla. La señora Dupont se lo concedió mediante un gemido de libre interpretación.

El desgraciado de Philip y su pobre esposa. Los dos llegaron de París una mañana de Mayo. Un agente inmobiliario muy patoso pero efectivo les vendió ese cuchitril cuando aún nos manejábamos con Francos. Al principio todo iba bien: saludaban en la escalera, en el mercado, la muchacha acudía a mí para pedirme sal o algún huevo cuando no tenía…

¿Y qué ocurrió después?

El chico trabajaba en la Societé Général como agente de Bolsa. Les iba bien, como le he dicho, hasta que el muy imbécil metió la pata y una noche de dos mil ocho alguien entró en la casa.

¿Les robaron?

No señorita… nada de eso… –Dijo sorbiendo un poco de café.

Francis la escuchaba desde el extremo del salón cuando sus pies tropezaron con una pequeña maleta de cuero.

La chica apareció con doce puñaladas en el pecho sobre el suelo de la cocina. Él, atado a una silla con la cara llena de golpes.

Pero, discúlpeme… ¿Qué tiene que ver eso con su trabajo?

Francis se agachó y comenzó a explicar lo que conocía de aquella empresa según se ponía un par de guantes de latex.

La sociedad donde trabajaba Philip estafó casi cinco mil millones de euros en el año dos mil ocho. El acusado fue un tal Jérôme aunque siempre pensé que no pudo hacerlo solo…–Añadió Francis.

Valentine desconocía los detalles de aquel caso aunque algo había oído en las noticias. Francis abrió despacio la maleta.

Como dice el señor mayor con quien ha venido, Philip la cagó de lo lindo con unas inversiones y se cargaron a su mujer. Pero créame que eso era una tapadera… estoy segura que él la mató y se inventó el fraude para salirse de rositas.

Francis se cansó de escuchar.

Señora, ¡no diga estupideces! Yo estuve en ese caso…si, este “señor mayor” interrogó a Jérôme y averiguó que tuvo un cómplice pero nunca pudimos encontrarlo. Ahora que sabemos quién puede ser, tendremos que investigar qué relación pueden tener pero hay algo que debo preguntarle –Dijo con mirada inquisitiva.

¡Ay! Me olvidé la pastilla… ¿quiere que se la acerque?

No es necesario, señora Dupont… pero dígame –Preguntó acercando su cabeza a la octogenaria vecina– ¿De quién es esa maleta?

¡Es mía! –Dijo una voz joven desde el fondo del salón.

¿Quién es usted? –Replicó Valentine.

Soy el hijo de la señora Dupont. Y rogaría dejen de molestar a mi madre con éstas historias, está enferma y no es de fiar.

¡Como que no soy de fiar, pero que dices hijo mío!

¡Cállate mamá! Y despide a estas personas… creo que tendrán cosas mejores que hacer.

Valentine se puso en pie mirando fijamente al joven a la vez que Francis se acercó a ella. Una vez se despidieron y les emplazaron a visitar la gendarmería lo antes posible, abandonaron el edificio. Al pisar la calle, un viento gélido arañaba la cara de los escasos transeúntes que pululaban por Touluse de madrugada, despistados, con la bufanda en casa. Francis vio que la furgoneta de la científica continuaba allí y decidió acercarse para preguntar.

Hola… ¿habéis averiguado algo?

Una agente en medio proceso de desechar el mono blanco reglamentario para este tipo de intervenciones, le respondió sin mirarle a los ojos.

Nada fuera de lo normal. Cadáver en avanzado estado de descomposición, ningún objeto personal encontrado, no hay huellas ni señales de violencia. Suicidio, diría yo.

¿Tan segura está?

La mujer elevó la mirada y la clavó en los ojos de Francis.

¿Cree que he dudado? Tan sólo he utilizado un condicional para cubrirme las espaldas pero sí, estoy convencida. Tenía un cúter en la mano y se había cortado las venas. Ah sí, tenía una biblia en la otra mano. Buenas noches, inspector Moulin.

Francis les vio alejarse mientras Valentine le preguntaba algo. En ese instante, cuando la ciudad aún no estaba preparada para recibir un nuevo día, vieron salir a alguien del portal donde aún se encontraba la víctima, a espera de recibir la visita del juez. Valentine le observó por el rabillo del ojo y pegó un codazo a Francis que cerró los ojos.

¿No es el hijo de la señora Dupont?

¡Y se lleva la maleta, corre!

Valentine comenzó a correr tras el sospechoso al ver que éste aceleraba. En un instante, justo cuando giraba por Rue d’Alsace Lorraine escuchó a su compañero gritar y se detuvo. La mirada clavada en su rodilla, las manos apretándola con fuerza y los labios presionados dieron paso a una terrible exclamación:

¡No pares! Creo que se me ha roto… ¡joder!

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Tu, Philip de Le Crusan, encontrarás la muerte igual que la causaste en Margerite, tu abnegada esposa pero yo tendré el placer de llevarte de la mano hasta ella… Mi Magerite, la luz que colmaba todos mis episodios de obscuridad y locura y que tú, Pierre, no supiste valorar. Así lo haré tan pronto aparezcas por el apartamento, tan pronto escuche el crujir de la puerta y nada me impedirá detener tu corazón partiéndolo en dos pedazos o rajándote las venas como quien despelleja un carnero… nadie podrá impedírmelo, ni mi madre que senil está pero se acuerda de tus palizas… Philip de Le Crusan … bienvenido a Tolouse, fin de trayecto.

Valentine dudó pero no tenía otra oportunidad hasta que otro golpe le obligó a girar la cabeza en sentido contrario. Un Citröen Picasso había arrollado al hijo que cruzó la calle sin mirar. La subinspectora se acercó al cuerpo inerte del sospechoso y encontró la maleta a escasos dos metros de él, con un cuchillo en su interior parcialmente envuelto en un trapo. Al acercarse, encontró manchas secas de sangre. Detuvo el tráfico y pidió refuerzos, acordonando la zona y dejando la avenida cortada.

***

Dos días más tarde, Valentine se encontraba frente a la cama del hospital cuando Francis despertó. Le habían operado de urgencia y se encontraba convaleciente. Unas flores y un café de máquina después, Valentine le contó la resolución del caso sobre el asesinato de Philip de Le Crusan aunque Francis enarcó las cejas al enterarse que el culpable no podía ser juzgado. Ambos habían llegado al final de su viaje.

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Tipos normales en Ciudad Sol.

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―Papá, aquí pone que esto lleva…, emulgentes, lectinas, E-471, acidulante E-330, conservante E-202, suero deslactosado, jarabe de sacarosa-glucosa, regulador de acidez E-270 y colorante E-100.

―Cállate de una maldita vez y acábate los putos nachos con queso.

Uno…

      El luminoso del garito apagado. Las letras oscilan ante sus ojos. Una noche larga, muy larga. Sobre él, un cielo lívido y desvaído. Un avión deja, como una antigua cicatriz, la primera estela del día. La primera de muchas. Bosch, detective de homicidios, gabán tres cuartos arrugado, vaqueros gastados, camisa oscura, nudo de la corbata aflojado, botas polvorientas. Cierra la puerta del coche y  centra la vista en la puerta del local. ¿Cerrado? No jodas, hablamos del 38 Especial, un bareto donde los polis de la ciudad se dejan caer, sea la hora que sea, al terminar el turno.

     Dentro, penumbra. Olor picante a 24 horas, cigarrillos, alcohol y al sudor rancio que emanan de nóminas escasas. De fondo la sordina de un viejo televisor. Bernardo, el dueño, masca pan de avena con un café frío a su lado. En la barra, dos hombres beben en silencio, policías, piensan en sus cosas. ¿O no? Quizá simplemente beben.

       Al fondo a la derecha.

      Sentado a una mesa está Rico. Cansado, desaliñado. Botella de whisky y dos vasos. Bosch toma asiento. Se quita la placa del cinturón y la deja en una de las esquinas.

      ¿Más de lo mismo?

      Sí.

      ¿Cuántos van?

      Bosch se sirve dos dedos antes de contestar; diecisiete en lo que va de año.

      Joder…, diecisiete son muchos, son muchos… ¿Críos?

     Asiente; su mujer y su crío. Un taxista. Se despertó de madrugada, fue a la cocina y se preparó un café. Descafeinado, con leche desnatada. Me lo dijo él mismo. ¿Te lo puedes creer? Después, se tomó el puñetero café y fue a las habitaciones. Les rebanó el cuello a su mujer y a su hijo mientras dormían. Nos llamó un vecino. Lo encontró en el portal hasta arriba de sangre. Dice que no se lo explica, que parecía un tipo normal, una familia normal.

      Lo de siempre. ¿Y la prensa?

      ¿La prensa? La prensa no dice una puta mierda.

         Dos…

       Un bocinazo, se revuelve en la cama, maldito cabrón, piensa. Todos los días lo mismo. La noche en esa infernal cantina dejó como recuerdo un insoportable dolor de cabeza que mitiga con una ducha fría.

      Bosch se mira en el espejo mientras se rasura la barba, inconscientemente esboza una sonrisa que surge de sus labios. Recuerda ese anuncio de una póliza de seguros, en  la que el madurito despreocupado de problemas, se pasea entre veinteañeras que parecen admirar su interesante look; el tipo del espejo parece un mendigo y la única veinteañera que se pasea por su apartamento es esa manipuladora y sangrante víbora, que dice ser su hija y que de vez en cuando, se deja caer para pedir algo de pasta.

         Ahora que lo piensa, lleva una semana sin saber nada de ella.

     Abre el armario y se pone una camisa mal planchada y con al menos siete años de servicio. La plancha nunca fue su fuerte, lo odiaba, en realidad era lo que mas odiaba de aquella vida de lobo solitario.

    Después, probablemente el mejor momento del día…seguramente el único buen momento del día. Disfruta, vencido en el sofá con un café solo, mientras se sorprende que el melocotón en almíbar este aun comible; sabe dios las mierdas de conservantes que les ponen, piensa. En el equipo suena el saxo de Gerry Mulligan…, que gran música el Jazz, dice en alta voz, música para perder, música para perdedores. Tal vez es en lo único que gasta algo de dinero. Una vez al mes se deja caer por el centro, compra un disco de jazz y una botella de ron…, con eso tiene bastante.

       Los niñatos de la central se ríen de él: ¿para qué compras música? Y menos esa, no jodas, bájatela de internet, mira, en este pincho caben cientos de canciones. Cientos, abuelo. Incluyendo ese tostón que oyes. Estúpidos, piensa. Olvidarán lo que escuchan y después olvidarán escuchar.

        Hora de largarse. Llama a voces a su hija, quizá esté en su habitación.

        Nada.

        Aunque ya está sereno y calmado, no se siente en condiciones de coger el coche y decide tomar el suburbano. Dentro del vagón observa, chucho taimado; gente con sus preocupaciones, gente triste, gente mal vestida. ¡Diablos¡ ¿Qué fue de aquello de vestir bien? Él, lo solía hacer durante su matrimonio. Se observa en el cristal de la puerta, que ahora, en la penumbra del túnel, parece un espejo siniestro y se pregunta cuándo fue la última vez que invirtió un puto dólar en comprarse algo de ropa; toda esa gente. ¿Qué le ha pasado a esta maldita ciudad? Otro recuerdo le llega entonces con este pensamiento…, un diálogo brillante de aquella maravillosa película, “Chooseme”, cuando el camarero le pregunta a Carradine ―el bueno, no el otro―, “¿es usted nuevo en la ciudad? No,es la ciudad la que ha cambiado”.

        Jódete, ahí lo llevas.

      Tres estaciones más y llegará a la central. Montañas de papeleo y malas caras le esperan. La misma mierda de cada jornada; pero ahora tiene un reto que le mueve, un objetivo:

    Saber que demonios está ocurriendo en la jodida ciudad. Por qué tipos normales, sin antecedentes, se dedican a asesinar a sus seres queridos.

Tres…

    Parque del centro. Media mañana. Bosch sentado en un banco descascarillado. El cemento bajo sus pies emana calor. Las sonrisas impostadas chorrean calle abajo.

      La felicidad se finge.

      Para su rato del almuerzo: petaca y cigarrillos.

     En el cielo de un azul gastado, estelas de condensación persiguiendo aviones diminutos. En el gaznate un gusto metálico. Espera y verás, siempre ocurre lo mismo. Las nubes artificiales se enroscan en raquíticas espirales y chorrean, como en los ojos de un anciano, una pátina oleosa que cubre la ciudad y a sus habitantes.

         ¿Estamos siendo fumigados? Quizá.

         La luz:

         Como el alma de todos ellos, pobre y difusa.

         Suena el teléfono, es Rico.

         Bosch.

        ¿Dónde estás?

        En el parque.

        No se te ocurra moverte, cabrón.

Cuatro…

       Bosch permanece inmóvil. Tufo a alcantarilla, nauseabundo; hace tiempo que no llueve y la mierda soterrada y oculta, lleva días intoxicando el ambiente de la podrida ciudad.

      Tal como Rico le indicó, espera en el parque. ¿Malas noticias? Claro, joder, a qué si no lo de cabrón.

       La voz suena a su espalda, es Rico.

       Bosch, gírate despacio. Las manos donde pueda verlas.

       Se trata de mi hija, ¿verdad? Puta retórica, como el enfermo de cáncer cuando pregunta a su médico; ya conoce la respuesta.

       Sí, Bosch, me temo que si, ahora date la vuelta.

       Rico le apunta con un arma.

       La encontraron hará cosa de una hora y media.

       Algo frío y húmedo, parecido a una lagrima, recorre la mejilla de Bosch.

       Solo dime una cosa Rico, ¿dónde ha estado todo este tiempo?

       En tu casa, ha sido tu vecina quién avisó esta mañana. He visto su cuerpo, Bosch. El olor era insoportable. ¿Cómo has podi…

    Bosch mira al frente, perdido. Ha dejado de escuchar lo que dice su compañero. Sus palabras son un susurro, un eco lejano. Comienza a seguir con la mirada la fachada del edificio que tiene ante si. Poco a poco eleva sus ojos hasta llegar a la azotea. Después, un poco más alla, el cielo, un cielo azul, surcado por una estela, por otra maldita estela.

    ¿Cómo he podido hacerlo?, se pregunta. Soy un tipo normal, solo un tipo normal en Ciudad Sol.


Marto Pariente ya ha publicado su primera novela “Una bala para Riley” Puedes conseguirla aquí: http://www.amazon.es/dp/B010ORBEWQ

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Humo, en el verano del 58. Raúl Argemí.

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Por Raúl Argemí.

Fueron tres los hombres, fueron tres las mujeres; y tal vez fue en marzo, mes tercero del verano austral, a las tres de la tarde, cuando supe que la muerte y la locura siempre atacan por sorpresa.

Yo tenía doce años, múltiplo de tres; aunque no venga al caso. Y Tandil era el sitio entre sierras, de la provincia de Buenos Aires, donde pasaba las vacaciones. Tandil era la casa de mis abuelos y la de mis tíos.

El abuelo regaba la huerta y yo miraba con las manos en los bolsillos. Entonces, por sobre los techos comenzó a alzarse una columna de humo negro, espeso, como de película de guerra, y él dijo:

¡Se está quemando la casa de Miguel!

Era cierto. A la vuelta de la otra manzana, por detrás de la casa de mi tío, al fondo de un terreno largo y estrecho donde agonizaba una huerta invadida por la maleza, ardía el rancho donde vivía Miguel. Todavía sin llamas, de los techos ascendía una columna como de petróleo quemado.

A los pocos minutos, cuando el rancho de cartones embreados comenzaba a arder por los cuatro costados, llegaron el camión rojo, la sirena y las mangueras.

Excitado, tropezando con los bomberos, fui de un lado a otro, entre los vecinos que habían abandonado la siesta. La pregunta era si “Miquel” había escapado del incendio.

Miguel, o “Miquel”, como algunos lo llamaban, tenía fama de raro. Vivía solo y, a mis ojos, que un par de veces lo había visto hablar con mi abuelo, parecía como requemado por la vida. No era extraño. Miquel era checo, o búlgaro, o algo por el estilo que hablaba de una Segunda Guerra feroz, brillante y heroica tal vez en el cine, que había llenado los barcos con inmigrantes muy lastimados.

Hablaba poco y con acento muy marcado. Hasta el día del incendio me era ajeno. Luego, su imagen me acompañaría para siempre.

Porque Miquel era amigo de José, “el Ruso”, que en rigor era polaco, y el Ruso estaba casado con la cuñada de mi tío; y a ese lo conocía bien. Cuerpo de oso bajito, sonrisa tímida y un castellano lleno de ruidos divertidos. También venía de un pasado del que nunca hablaba. El Ruso se pasaba el día dale que dale al martillo, los clavos en la boca, remendando zapatos ajenos.

El tercero, porque eran tres los amigos inseparables, también era de por ahí, de Polonia, Rumania o Croacia, pero parecía una persona normal, como cualquiera, sin acentos. Del tercero no recuerdo el nombre. Sí que vivía con su mujer y su hija en una casita blanca, unos cien metros más abajo que mis abuelos, cerca del puente sobre el arroyo.

Con los vecinos en la calle y el agua ahogando las llamas del cartón embreado, los bomberos pudieron entrar al rancho, y enseguida corrió la voz: había un muerto. Un hombre muerto sobre la cama.

Pobre Miquel —dijo alguien—, el incendio lo agarró durmiendo la siesta.

Con los bomberos entraron un par de policías y dos o tres del barrio, como testigos.

Supongo que me lo invento, pero recuerdo que, al mismo tiempo que supe del muerto sobre la cama, también supe que no era Miquel. Que Miquel, un rato antes de que se viera el humo renegrido, había pasado muy de prisa, con un paquete de papel de diario en la mano, en dirección al centro. Y, esto no lo imagino, lo sé, fue la vieja, la desdentada cara de bruja suegra de mi tío, quien dijo:

¡Va para la casa del Ruso! ¡Se lo dije, ese hombre está loco!

Y mi abuelo y mi tío que corrían hacia lo del Ruso, mientras mi tía comenzaba a llorar a gritos, presintiendo la desgracia.

No podía, no tenía con quién compartir lo que sabía, y vagué sin rumbo, hasta enterarme del rumor confirmado: le habían dado con un martillo en la cabeza. El muerto no era Miquel. El muerto era el amigo de la casita blanca.

Entonces pude ver, en aquella esquina, a las tres mujeres. Hablaban. La mujer y la hija del tercer amigo miraban hacia donde trabajaban los bomberos, y sonreían. La otra mujer les hacía un chiste.

La tercera, cuando pasé a su lado, me miró con esa cara y dijo:

¿Por qué no vas a ver si tu abuelo está en su casa?

Tardé en entender. Pero supe que ella ya sabía quién era el muerto, y que me estaba echando para que no metiera la pata.

Me senté en el umbral y desde allí seguí mirándolas: dos que reían y una que les hacía chistes, porque las otras aún no sabían.

Recién un año más tarde, en las siguientes vacaciones, pude completar la historia. Miquel, el Ruso y el otro eran inseparables. Se habían conocido en el barco que los traía de Europa.

Miquel, el que no tenía a nadie, había comenzado a decir que lo querían matar, y se había comprado un revólver. Había dejado el trabajo, abandonado la huerta, y de noche no dormía; vigilaba con la pistola.

El Ruso y el tercero lo justificaban ante sus familias, que no querían verlo sentado a sus mesas, con esa cara de barba crecida y mirada de loco. Eran amigos.

Un día Miquel supo, o decidió, vaya uno a saber por qué, que sus amigos lo querían matar. Y llevó al tercero a su casa. Y el martillo, y el fuego quemando la casa pira funeraria. Y el revólver en el papel de diario, y la caminata decidida hacia la casa, el taller de zapatos del Ruso.

Cuando el Ruso volvió a la vida, después de meses y meses de caminar, mudo y sordo, por los pasillos del “loquero”, pudo contarlo.

Le vio cara rara, más que de costumbre, cuando entró al taller donde él estaba poniendo tacos a unas botas. Y, sin contestar a su saludo, abrió el papel de diario y le gatilló dos veces el revólver, apuntando a la cara.

Las balas eran viejas, o al Ruso lo protegía un ángel, porque no salió ninguno de los dos tiros y él supo que no era una broma. Que Miquel venía a matarlo.

El Ruso, bajo y fornido como un oso. Miquel, alto y flaco, pero loco. Rodaron peleando, uno por su vida y el otro por la ajena, mientras las cuatro balas que quedaban en el revólver cavaban agujeros en el revoque de las paredes y el silencio de la siesta.

Unos vecinos ayudaron a reducir al loco y, entonces, me dijeron, José, el Ruso que era polaco, comenzó a llorar a alaridos; hasta que cerró la boca y dejó de atender lo que sucedía a su alrededor, por muchos meses.

Los muchos, muchos meses que tuvieron que pasar hasta que preguntó por el tercero. Porque él, de alguna manera, ya sabía lo sucedido, desde el momento mismo en que Miquel comenzó a dispararle.

Eran tres hombres. Tres amigos llegados en el mismo barco. Uno recuperó el habla y nunca más quiso hablar de lo sucedido. Otro seguramente se sumergió para siempre en su soledad, en el asilo para dementes. El tercero murió a martillo y traición, sobre una cama.

Pero lo que más recuerdo de esa tarde en que la muerte y la locura se me hicieron tan presentes, tan imprevisibles, tan bestias feroces que me dejaban sin defensas, son las tres mujeres en aquella esquina.

La que no sabía que era viuda, la que no sabía que era huérfana, y la que sí sabía y, a su manera, postergaba una muerte haciéndolas reír.

Reseña de su último libro “A tumba abierta“.

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Todos los derechos del relato son de Raúl Argemí.

El hospital. David de la Torre. 2016

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David de la Torre

Mi madre siempre me decía que un hospital es el lugar con más enfermedades por metro cuadrado del mundo. Y razón no le faltaba. Salvo que, en ésta ocasión, el más enfermo de todos los pacientes que hubiera en aquel lugar acababa de entrar por la puerta principal, sorteando la absorta mirada del guardia de seguridad. Un tipo francamente detestable, no sólo por su aspecto sino por llevar sobre los hombros una mirada de superioridad mayor que la longitud de su porra. Posiblemente, algún centímetro a lo largo de su orondo cuerpo echaría en falta. Ojalá hubiera sido aquel tipo pero no, desgraciadamente. La única bala que me quedaba no iba destinada a ser aplastada por su cerebro al entrar estrepitosamente. Otro tipo aguardaba su destino sobre una cama de aquel hospital.

Conocía su rostro, su fotografía, su altura, peso, color de pelo… todo sobre él y, sin embargo, jamás había intercambiado ni una sola palabra. No conocía su tono de voz, si estaba casado o tenía algún amante oculto en el armario. Ni siquiera si había salido de su interior. Quien sabe, en éste trabajo, no se congenia con el trabajo. No debe importarte. O al menos, disimula.

Tenía en un papel apuntado el número de habitación y que dos guardias civiles custodiarían la entrada. Así que busqué el vestuario masculino cuando no hubiera cambio de turno. Y entré. Un dato curioso: quien encargó el trabajo conocía el hospital como si lo hubiera diseñado él mismo. Cada pasillo, cada recodo, el archivo, los sótanos, etc. Aquel lugar era su casa y ahora se la iban a arrebatar como quien arranca una flor de su maceta, sin contemplaciones y despellejando la raíz desde el interior. El asunto era muy sencillo: “Llegas al vestuario y te vistes con el uniforme que verás en la única taquilla abierta. Entre las diez y las doce. Dentro verás una carpeta y una tarjeta de identificación. La habitación está en la sexta planta, infecciosos, así que nadie entrará en la habitación contigo, y menos los guardias. Te identificas y dices la frase que pone en esa nota que sostienes con los únicos tres dedos que te ha dado Dios, pero con buena entonación ¿de acuerdo? Al entrar, localiza un cubo amarillo de desechos peligrosos y, dentro, encontrarás el arma con silenciador. Le pegas cuatro tiros y te marchas. El paquete estará sedado así que no habrá escándalo alguno”.

Lentos pasos se escuchaban saliendo del vestuario. Un doctor con uniforme y carpeta bajo el brazo comenzó a caminar el largo pasillo aséptico y solitario de la primera planta. Llegó a los ascensores y saludó sin mucho afán. No sentía temblor en las manos ni arrepentimiento por lo que iba a hacer. El ascensor subía con ligereza mientras escupía a sus ocupantes en distintas plantas. En la quinta ya nadie quedaba en su interior. Tan sólo una persona con uniforme y carpeta bajo el brazo. Planta sexta, infecciosos. Las puertas metálicas se abrieron con lentitud mientras una pegatina redonda y roja era colocada en un lateral de su pecho, sobre el uniforme. Hacia la derecha pudo observar una pared blanca e impoluta con un cartel de vivos colores y nubes dibujadas. Debía tratarse del anuncio de algún medicamento al que no le prestó demasiada atención. Tenía otras cosas que hacer. A la izquierda, una garganta de cemento cuadrada se alargaba vertiginosamente hacia el horizonte. Al fondo, dos soldaditos de plomo vestidos con trajes verdes mostraban la habitación donde yacía el paquete.

Caminó despacio. Nadie en los pasillos. Nadie en el punto de control. Nadie. Sus zuecos blancos emitían un sonido rítmico cuyo eco resonaba por todo el corredor. Entonces llegó frente a los guardias civiles que custodiaban la puerta, se acercó a uno de ellos y se identificó. La puerta se abrió con pesadez ya que su grosor debía cumplir ciertas normas de seguridad contra incendios. Entró y cerró con la espalda. Silencio. Su mirada acarició cada lateral de sus cuencas, mirando de un lado al otro en busca del cubo amarillo. Al detectarlo, afinó el oído: tan sólo escuchó una leve respiración. Si, al otro lado de la cortina debía encontrarse el paquete. En menos de tres minutos cumpliría su encargo, se embolsaría la pasta y saldría del país en el primer vuelo disponible.

Caminó despacio hasta el cubo, lo abrió y sacó el arma con silenciador. Apuntó a la cortina y la abrió con fuerza. En ese momento, un chasquido vibró en la nuca del tipo vestido de uniforme y carpeta bajo el brazo. Segundos después, la puerta de la habitación se abría con gran escándalo y del interior emergió un hombre aterrado con la cara roja. Los guardias le sujetaron en un intento de entender que quería decir, pero él no paraba de gritar e impregnar de sangre el uniforme de los agentes. Estos, al ser conscientes de donde se encontraban, huyeron al punto de control para solicitar auxilio ante una posible contaminación pero no encontraron a nadie allí. Uno de los guardias llamó por teléfono solicitando instrucciones y, en menos de veinte minutos, un grupo de varias personas escondidas bajo trajes de buzo cerraron la planta con los dos guardias en su interior.

Para cuando miembros de la Policía Nacional se personaron en el hospital, todo estaba bajo control. Salvo un pequeño detalle: no había rastro del tipo vestido de uniforme y carpeta bajo el brazo. Una de las Inspectoras destinadas al caso entró en aquella habitación cuando ésta quedo libre de riesgo por infección y observó con espanto cómo el paciente que la ocupaba fue asesinado, yaciendo sobre la cama. Sin embargo, un detalle llamó su atención. Inmediatamente se giró a su compañera y le dijo:

Se ha escapado.

Ella la miraba con espanto. ¿Qué quería decir? Entonces la Inspectora señaló una de las manos de la víctima y le pidió que contara. Ella contó hasta tres dedos.

Venían a por él. Y lo sabía. Apuesto a que el sicario se disfrazó de falso doctor, llegó a entrar en la habitación y localizó el arma en ese cubo de ahí, donde la devolvió al disparar. El paciente le esperaría detrás y le partió el cuello. Estoy segura que, cuando su cuerpo cayó al suelo, el paciente le sujetó, salvando la distancia justa para no provocar ruido alguno y que entrasen los Guardias Civiles. Le colocó sobre la cama, le desnudó y se vistió con sus ropas de falso doctor. Se intercambiaron mientras el sicario, vestido de enfermo terminal, emanaba sangre como un cochino. El paciente se manchó las manos de sangre, la cara y el uniforme de doctor y salió gritando.

Con todo el escándalo los guardias no le reconocieron y junto al dispositivo que se activó después contra contaminación… se nos ha escapado.

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Puedes ver más relatos suyos en su blog:

 https://davidverdejoblog.wordpress.com/

Mala vida.

Paco_Gomez-Escribano_Josevi_Blender    Por Paco Gómez Escribano.

Ilustración de Rosa Romaguera.

Buscarse la vida es agudizar el ingenio y, aunque lo hagas, no estás libre de que la vida se te venga encima y te aplaste como si te hubiera pasado por encima un trailer cargado de piezas de acero. En el barrio había que tener cuidado.

Cuidado con la pasma.

Cuidado con los que mandaban.

Cuidado hasta con los jodidos colegas envidiosos.

A veces utilizabas las piernas para patear. Otras, para correr y evitar que te las partieran. Dicen que el cerebro está para pensar, pero a veces el cerebro se desconecta, sobre todo cuando tienes un monazo del quince y te metes un buco de jaco de sospechosa procedencia, porque hasta para eso tienes que tener cuidado, no sea que te den caballo adulterado y acabes tirado en una acera oliendo a carne podrida.

El Viky no era más tonto ni más listo que cualquiera de los chavales del barrio. Estaba enganchado, como todos, pero se buscaba bien la vida. Se apoyó en la pared frente al banco Central de la calle Etruria y encendió un pitillo. Había que esperar a la pardilla. En este tipo de trabajos era más fácil que la víctima fuera una mujer que un hombre. Tras media hora de espera, su colega el Mono, que paseaba inquieto por la acera de enfrente, le hizo una seña que en el lenguaje de signos venía a significar: «¡estoy hasta los huevos! ¿Cuánto tiempo más vamos a estar aquí, joder? ¡Tengo que meterme!».

El Viky le contestó utilizando el mismo canal de comunicación: «¡Te jodes, maricón! Si no quieres dar el palo, te jodes y te abres, pero a mí no me toques más los huevos».

El otro entendió perfectamente y tras pensárselo unos segundos decidió quedarse. El Viky encendió otro cigarro justo cuando una mujer aparcaba un R-12 frente al banco en doble fila. Tiró del freno de mano, apagó el motor y salió del coche con el bolso en la mano. Echó la cerradura y se dirigió al banco. El Mono sonrió al Viky desde la acera de enfrente, dejando ver una fila irregular de piños ennegrecidos por la mala vida.

-Sí, gilipollas, sí, es la pardilla -masculló el Viki escupiendo la colilla del cigarro.

El Mono se dirigió hacia el coche, extrajo del bolsillo de su pantalón de pitillo un estilete automático y lo hundió en el neumático trasero del lado del conductor. Tenía que ser ese y no otro, ya lo sabía de otras veces. Después volvió a su puesto.

Cuando la mujer salió del banco, aún iba guardando la cartilla gris, de la que sobresalían unos billetes nuevos, en su bolso. Abrió la puerta del coche, tiró el bolso hasta el asiento del copiloto, montó, cerró y arrancó. Encendió la radio antes de meter primera. El locutor se quejaba de la inseguridad ciudadana y de lo poco que hacía el Gobierno para acabar con las bandas de delincuentes que poblaban los barrios de la periferia.

El R-12 empezó a andar y ella notó algo raro. Al coche le costaba avanzar. Aun así giró por la calle Troya, pensando que quizás debería llevarlo al taller para que le hicieran una revisión.

-¡Esta tía es gilipollas! -gritó el Mono-. ¿Pero es que no se cosca de que lleva la rueda pinchá?

-¡Calla, coño, que parece que vas anunciando el palo en voz alta! -gritó el Viky-. ¡Calla y corre, que se nos escapa la pardilla!

Ambos doblaron la esquina y empezaron a caminar a paso ligero mirando para todas las direcciones. Sus cuerpos, escuálidos, eran como dos juncos que hubieran cobrado vida. El Viky cruzó la calzada en diagonal para cambiarse de acera. Los dos siguieron caminando deprisa, como dos lobos acechando a una presa.

La mujer, finalmente, ante la negativa del coche a circular normalmente, paró y bajó con la esperanza de descubrir la causa del anómalo comportamiento del vehículo.

Que el Viky caminara por la acera de la izquierda no era un hecho elegido al azar. De los dos, era el que tenía una fisonomía más presentable. El Mono daba miedo hasta a su madre. Sonrió a la mujer, procurando aparentar naturalidad.

-Tiene una rueda pinchada, señora -le dijo a la dueña del coche con la mejor de sus sonrisas-. Es la de atrás -continuó la farsa señalando la rueda.

-Es verdad -dijo la mujer, que ya veía al joven rubio cambiándole la rueda, porque ella en cuestión de gatos y de tuercas…

Se agachó para comprobar el estropicio. En ese momento, el Mono abrió la puerta del copiloto, en el lado contrario al que se encontraba la mujer, y se hizo con el bolso. Echó a correr calle abajo perseguido por el Viky.

La mujer no se dio cuenta inmediatamente de la argucia de los dos chavales para robarle el bolso, pero cayó en la cuenta de lo ingenua que había sido antes de que ellos doblaran la esquina de Troya con Ilíada y empezó a gritar.

-¡Socorro, me han robao el bolso, me han robao el bolso! ¡Al ladrón, al ladrón!

Mientras gritaba tirándose de los pelos, una mujer y un hombre, ambos de mediana edad, se acercaron para socorrerla.

-¿Dónde está la Policía cuando se la necesita?

-Yo soy policía -dijo el hombre- y he visto lo que ha pasado. No se preocupe.

El policía, que en ese momento no estaba de servicio, echó a correr detrás de los dos yonquis, que parecían estar haciendo la prueba de los cien metros en las olimpiadas, solo que en la calle Ilíada.

-¡Alto, Policía! -gritó. Y en ese momento echó de menos su pistola reglamentaria.

El Mono se agarraba al bolso de la mujer como si fuera la última cosa que le enganchara a la vida. El Viky solo pensaba una cosa: «¡Corre, corre…!».

La fatalidad, desde la perspectiva de los dos yonquis, hizo que un coche zeta saliera de la calle Lucano y doblara por Ilíada frente a ellos. Lo rebasaron. Fue una bendición, sin embargo, para el policía fuera de servicio, que ya iba con la lengua fuera como consecuencia de la persecución. Blandió su placa a los compañeros que, tras una breve explicación telegráfica, comprendieron la situación. Entre que el hombre se montó en la parte de atrás del coche y que tuvieron que maniobrar para tomar el sentido contrario, los delincuentes cobraron cierta ventaja. Doblaron la esquina de Ilíada con Las Musas, y conscientes de esa ventaja decidieron actuar. Aunque pueda parecer ciencia ficción a los ojos de un profano, en menos de un minuto el Viky abrió un catorce-treinta con una tonta, tiró de los cables de debajo del volante y le hizo el puente. Cuando salieron a toda velocidad, el coche patrulla estaba casi pegado a ellos.

-¡Alto, Policía! ¡Alto o disparamos! -escupía el altavoz del coche zeta.

El Mono respondió sacando medio cuerpo por la ventana del copiloto y, empuñando un revólver, precisamente sustraído a un policía en un robo, empezó a disparar.

Una huida a tiro limpio. El vehículo de la Policía zigzagueó, rozando sus laterales con las dos filas de coches, pero aun así, el policía que iba de copiloto respondió a tiros con su arma reglamentaria. El Viky pisó el acelerador a fondo y dio la curva de la iglesia en dos ruedas, cobrando una relativa ventaja. El policía avisó por radio de las incidencias. No hizo falta dar una descripción detallada de los delincuentes. El Viky y el Mono eran más conocidos en el barrio que el bigote de José María Íñigo en televisión.

-¡Dale, caña, Viky, dale caña, que nos fríen!

-¿Qué crees que estoy haciendo, capullo?

Mecagüen la hostia, tronco, qué puta mala suerte -dijo el Mono mientras sacaba la cartilla del banco del bolso de la pardilla-. ¡Joder, la pava ha sacado cien talegos, colega! ¡Cien talegos!

-Sí, de puta madre, pero ahora tenemos otro problema. Los maderos habrán llamao por radio y a estas horas seguro que toda la pasma de San Blas sabe que vamos en un catorce-treinta rojo, que hemos atracao a la pava y que hemos salido de najas a tiros. ¡Su puta madre, qué puta mala suerte, joder!

-¡Dale, caña, Viky, dale caña, que nos joden!

En las proximidades de la calle Boltaña, otro coche patrulla giró desde una bocacalle situándose justo enfrente del catorce-treinta. El Mono disparó y la luna delantera del coche zeta saltó por los aires en mil pedazos. Después, aún tuvo tiempo de girar el brazo ciento ochenta grados y disparar las últimas balas sobre el coche que les perseguía.

Mecagüen la hostia, nos hemos quedao sin balas, tronco! ¡Su puta madre!

El Viky se abalanzó sobre el coche que venía de frente. Estuvieron tan cerca, que pudo ver la «cara de acojone» de los dos policías antes de hacer un trompo y esquivarlos, introduciéndose por una pequeña calle que iba a dar a la Avenida de Aragón.

-¡De puta madre, tío, de puta madre! -exclamó el Mono bañado en adrenalina.

El Viky pisó el acelerador saltándose todos los semáforos hasta el desvío de la carretera de Barcelona. Tomó la autopista.

A esas horas, las emisoras de la Policía echaban humo. El comisario de San Blas, un hombre ya entrado en la sesentena y al que las bandas de delincuentes le estaban dando más disgustos que un hijo en paro, sudaba como si estuviera en pleno desierto. Se encontraba solo en su despacho, pero sus voces se escucharon hasta en el mercado, situado frente a la comisaría.

-¡Me cago en mis muertos! ¡Hijos de la gran puta! ¡Hijos de perra!

No se lo pensó dos veces. Marcó el número de un despacho de la Comandancia de la Guardia Civil de San Fernando de Henares. Mantuvo una breve conversación con su interlocutor, un viejo amigo.

-¡Me tienen hasta los huevos!

-¿Estás seguro de lo que me pides?

-¡Sí, joder, sí! ¡A matar!

Colgó el teléfono, se secó el sudor de la frente y echó un trago de la petaca de coñac que escondía en el cajón de su mesa.

-¡Hijos de perra! -bramó-. ¡Hijos de perra!

En la carretera de Barcelona, a la persecución se sumaron otros dos coches de Policía. Ya no había intercambio de disparos, estos iban en un solo sentido. La carrocería del catorce-treinta iba pareciéndose cada vez más a un queso Gruyer.

-¡Deprisa, deprisa, Viky!

-¡Cállate ya, cojones, que me tienes hasta el nabo!

Los dos yonquis iban sorprendentemente ilesos.

Fue el Mono el primero que los vio. Apostados en el puente de San Fernando y empuñando metralletas, un grupo de guardias civiles distribuidos estratégicamente los estaba apuntando.

-¡La hostia, tío, la hostia!

-¿Y ahora qué coño te pasa?

-¡Los picoletos, tío, en el puente! ¡Me cago en su puta madre! ¡Para, para, tío!

-¡La madre que los par…!

Las ráfagas sonaron como un estallido de esperanzas mudas. Los guardias acribillaron al catorce-treinta que, tras serpentear por los dos carriles como una marioneta sin control, dio varias vueltas de campana y saltó por encima de los guardarraíles de la carretera.

Después, el silencio.

Tras quince minutos, las sirenas de las ambulancias, las de varios coches más de la policía y de la guardia civil parecían querer romper la barrera del sonido.

El barrio está como siempre. El fracaso está impreso en cada esquina. Es primavera, pero lo único que florece por cada calle es la tristeza. La esperanza se esconde por las rendijas de un asfalto que cruje a cada pisada, que asesina sin tregua cada suspiro y levanta aromas de rosas de espinas.

En el barrio, el amor está en cada esquina, debajo de una farola del parque donde dos yonquis se abrazan porque no hay nada a lo que aferrarse, salvo a la esperanza dormida que generan las dudas. Es temprano, ya ha amanecido. Sentado sobre el murete que rodea un sucio parterre lleno de botes de cerveza y chutas usadas, el Viky los mira desde la tranquilidad que le otorga el chute que acaba de meterse con el dinero de una sirla que ha dado en el Metro. Ha pasado un año desde que el Mono murió desangrado como un perro en la cuneta de la carretera de Barcelona. A él le ha quedado como recuerdo una cicatriz que baja como un meandro enloquecido desde su ojo derecho hasta debajo de la nuez. Se libró por los pelos. Cuando se mira en el espejo ve a un monstruo con la cara deformada. Si habla, la gente le mira como si fuera un despojo.

Está muy desmejorado.

Tanto, que ya no puede buscarse la vida como antes.

Tanto, que ha tenido que hacerse confite de la pasma para asegurarse algunos chutes.

Tanto, que cualquiera de los manguis del barrio le da una paliza de vez en cuando por chivato.

El Viky se levanta y camina. Desde el incidente también arrastra una pierna. Los yonquis que un minuto antes se estaban besando bajo la farola ahora se pelean. Ella le dice a él algo muy feo y él la abofetea. El Viky no hace caso, continúa andando. Se lleva la mano a la cintura y palpa la culata de una pipa robada la noche anterior en un bar de la calle Amposta. En el bar venden cervezas, vinos, heroína y sí, también pipas.

El Viky vuelve al banco Central, el mismo en el que empezó la ruina de su vida. Esta vez no va a esperar a una pardilla. Entra en el banco y apunta a todo el mundo.

-¡Esto es un atraco y al que se mueva le reviento los sesos! ¡Que no se mueva nadie que estoy mu loco!

Lo dice con una voz tan rasposa y cómica que los clientes y los empleados no saben si tomárselo en serio. Él lo sabe, por eso dispara al techo. En el banco se forma el caos. Las mujeres gritan, los niños lloran, los hombres no saben muy bien que hacer. Uno de los cajeros pulsa un botón de alarma con el pie.

Mecagüen mi puta calavera! -masculla el Viky.

Vuelve a disparar al techo.

Vuelven a llover esquirlas de yeso.

-¡Al suelo, joder, todos tumbaos en el suelo o monto aquí una masacre! -grita.

Luego se dirige al cajero más próximo, le pone el cañón de la pipa en la frente y le exige que le dé el dinero en una bolsa. Antes de que el cajero diga nada, se escuchan las sirenas de la Policía. En menos de dos minutos, la puerta de entrada se llena de coches zeta y de policías.

-¡Tú, pringao, vas a salir ahí a la puerta y les dices que como intenten entrar me cargo a to la peña! -le dice al aterrorizado cajero-. ¿Te coscas?

-¿Yo…? Pero, pero…, oiga…

-¡Que salgas, hijoputa!

El cajero hace acopio de valor y sigue las instrucciones. El Viky le lleva hasta la puerta apuntándole por la espalda.

El cajero grita nervioso a la Policía dando el mensaje. Los dos vuelven a entrar caminando hacia atrás.

Un policía habla por un megáfono.

-¡Salga con las manos en alto, está rodeado! ¡Si sale ahora, no le pasará nada! ¡No haga ninguna tontería y todo saldrá bien!

El Viky mira hacia afuera. Apunta a toda la pasma a través del cristal. Está jodido. Lo que le faltaba ahora es ir al trullo, otra vez.

No lo soportaría.

No, otra vez no, y más en el estado en que se encuentra. No podría defenderse.

No, no lo soportaría.

Guarda la pipa entre los riñones y el pantalón vaquero. Levanta las manos y se dirige hacia la puerta. La abre, despacio, y sale a la calle.

-¡Muy bien, chaval, muy bien! -dice el policía del megáfono- ¡Estás haciendo lo correcto! ¡Ahora, despacio, muy despacio, túmbate en el suelo boca abajo con las manos en la nuca! ¡No hagas ningún movimiento extraño!

El Viky obedece con una tranquilidad muy extraña. inicia el movimiento para tumbarse.

Pero solo se agacha.

En ese momento saca la pipa y se lía a tiros.

-¡Hijos de perra, pudriros conmigo en el infierno!

Son sus últimas palabras.

¡Pam, pam, pam…!

El cuerpo del Viky yace en la acera destrozado sobre un charco de sangre. Se ha casado con la muerte a la edad de diecinueve años. Los dos policías que se ha llevado por delante ya estaban casados. Sus mujeres han pasado al estado de viudedad por obra y gracia de la desesperación de un yonqui enloquecido. A sus hijos huérfanos les contarán el día de mañana que sus padres fueron héroes.

A los cincos días, una mujer de unos sesenta años vestida de negro derrama amargas lágrimas bajo un nicho de alquiler en el cementerio de la almudena. Deposita una rosa en el frontal de un nicho en el que se puede leer: «Víctor Santos Espinosa, 1966-1985. R.I.P».

El Viky era el más pequeño de sus seis hijos. Ahora ella está sola. Todos sus hijos han ido muriendo en atracos, en la cárcel o en las aceras con una jeringuilla clavada.

Sus hijos no han muerto en una guerra en la que se lucha por unos ideales.

Sus hijos han muerto en una guerra encubierta, una guerra sucia, una guerra en la que se muere sin dignidad, sin honor. Una guerra oscura y no declarada que todavía no ha terminado. Habrá más bajas, pero ya no serán de su estirpe. Su estirpe ya ha entregado toda la sangre que podía.

La mujer se aleja del nicho con los ojos resecos.

El manantial de sus lacrimales ha tocado fondo.

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