El asesino de Düsseldorf. Robert Hossein. 1965.

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Pero como ocurre muchas más veces hallada la excepción. El asesino de Düsseldorf está basada en la historia real de Peter Kürten, que se ganó la fama de “vampiro” al afirmar durante su juicio que había bebido la sangre de unas de sus víctimas. Leyendas.

Iba a contaros el argumento y las delicias de esta película, pero consultando la historia real de este serial killer me ha fascinado tanto su crueldad que me desvié sin querer hacia su historia real primero y después hacia como la contaron dos películas, que basadas en sus atrocidades, han pasado a la historia del cine. La realidad supera la ficción. Su figura eclipsa a las historias que se contaron sobre él.

Peter Kürten

Se trata de un asesino en serie de niñas, Peter Kürten, que actuó en 1930 y que llegó a enviar a un periódico local el mapa de la tumba de una de sus víctimas. Estos asesinatos hicieron que la ciudad de Düsseldorf viviera en un continuo estado de histeria. Nadie se atrevía a caminar solo por las calles de la ciudad.

Pero volviendo al cine, las dos películas que relataron sus fechorías fueron: M, el vampiro de Düsseldorf, la primera que hablaba de él, dirigida por Fritz Lang en 1931, la más fiel en cuanto al tipo de crímenes que cometió sobre niñas. Pero de igual manera es la que más se aleja de su verdadero final. Haremos un poco de spoiler.

Mientras que en la película M, el vampiro de Düsseldorf, éste es sometido a un juicio popular, popular en el sentido de un juicio sumario sin juez y con la mano diabólica de los ciudadanos como ejecutores y casi coetánea con el caso real, en El asesino de Düsseldorf, la película que nos ocupa, se ajusta más a su final, su detención, juicio y condena al aguillotinamiento producido en 1931, pero solamente lo sabemos al final de la cinta. Hossein presenta a Kürten como asesino de mujeres en la vida nocturna de esta ciudad alemana, sin niñas, al mismo tiempo que la singulariza en un momento histórico particular, el de la desestructuración de Alemania tras la primera guerra mundial y el auge del poder nazi de los años treinta. En ambas lo realmente importante es retratar su personalidad de este macabro asesino.

La historia real es imprescindible a la hora de visionar ambas cintas, que comparten muchas cosas en común, el ambiente siniestro, nocturno de premeditación y alevosía. Y sobre todo el comportamiento de sus protagonistas. Peter Lorre en M y Robert Hossein en El asesino de Düssedorf. Ambos personajes están dotados de un barniz perverso y maligno a través de sus miradas (la de Lorre es inmejorable) pero que Robert Hossein, que también es el director de El asesino, mejora muy notablemente sin contar con los ojos expresivos de Lorre.

Configurando un personaje a través de caídas de ojos y posturas corporales, sus diálogos son escasos y escuetos, transmite una desconfianza que pocos más habrán conseguido. Adoptando posiciones del cine mudo heredadas sin duda de Keaton y Chaplin consigue comunicar el desequilibrio que se encuentra en lo más profundo de su alma. En esta escena se muestra exactamente lo que quiero decir:

Excesivamente inquietante y perturbadora cada vez que él aparece en pantalla nos sobrecoge una sensación de desamparo y maldad a través de una impasibilidad que pocas veces se consigue en la gran pantalla.

Os recomiendo las dos películas, pero sin duda no os perdáis El asesino de Düsseldorf, dirigida e interpretada por Robert Hossein. La segunda parte, veinticinco años después es mejor que la primera.


Carne de ataúd. Bernardo Esquinca. 2018

carne-de-ataud_todo_negro_josevi_blenderÓrale guey. Retornamos con esta novela a los lugares de mi querido Mendoza. Novela ultranegra creada y situada en un sitio donde las historias adquieren toda su dimensión. Un lugar de violencia y exposición humana. De exclusión de las bienaventuranzas humanas.

Eugenio Casasola, reportero del imperial, a caballo de la investigación periodística, con la dimensión que estas palabras significan en este país en la época del dictador Porfirio Díaz, con los peligros reales de dedicarse a aquello que el régimen político pretendía minimizar, investiga las nuevas andanzas de El Chalequero un asesino en serie real de mujeres que sembró el pánico y que tras su liberación vuelve o no a diseminarlo en la población rural de principios del siglo XX.

Pero no se trata sólo de un asunto policial, se entremezclan asuntos políticos, de manipulación social e ideológica, y de un cierto esoterismo. Los personajes deambulan por los ámbitos terrenales y también por otros oníricos a veces no tan discernibles como pudiera creerse. Se nos plantean sueños, sensaciones, intercambios con el más allá pero no como medio de algún caradura para aumentar prestigio y riquezas, ni para justificar acciones de la novela, sino como una verdadera presencia de fuerzas que desconocemos y malogradamente despreciamos y que pueden ayudar o estorbar.

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Bernardo Esquica nos alcanza una buena novela para conocer la situación social de México en el cambio de siglo, bares, periódicos, políticos, influencias, manipulaciones y también de unos inicios en la creación de perfiles psicológicos de asesinos basados en supuestos irracionales, que  afortunadamente se superaron con el paso del tiempo, y que tantos momentos agradables nos proporcionarán en series, películas y novelas ulteriores.

No se la pierdan.

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