Que de lejos parecen moscas. Kike Ferrari. 2011.

Que_de_lejos_parecen_moscas_Kike_Ferrari_Todo_Negro_Josevi_BlenderExcusatio non petita, accusatio manifesta. “LO QUE ACABAS DE LEER ES UNA OBRA DE FICCIÓN, CUALQUIER PARECIDO CON LA PERSONAS O SITUACIONES DE LA VIDA REAL, BLA, BLA, BLA.”

Es historia de la Argentina, de quienes todavía gozan de una posición privilegiada, los arribistas acomodados que vivieron al amparo de los generales.

Y viene con carga de profundidad. En el prólogo, de Carlos Salem, nos lo recuerda por si alguien se había despistado:

“Porque la historia de la impunidad del señor Machi se parece demasiado, pese al escenario diferente, a la de los que a este lado del Atlántico hicieron pingües negocios durante el franquismo y siguieron haciéndolos después. Los hacen, todavía.”

Premio “Silverio Cañada” a la ópera prima 2012 de la Semana Negra de Gijón. Finalista del Grand Prix de Littérature Policière 2012.

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KIKE FERRARI

 

 

Triste, solitario y final. Osvaldo Soriano. 2008.

Triste, solitario y final.qxdQue mejor novela para regalar estas navidades que Triste, solitario y final. Una novela que conjuga la ilusión, la imaginación y la fantasía de este día.

Con prólogo de Eduardo Galeano, una garantía de la defensa de la sabiduría y el poder popular. Creando aquello que la vida real es incapaz de realizar: juntar en un mismo momento y lugar a Stan Laurel, sí el Flaco, a Philiph Marlowe, al mismísimo escritor, Osvaldo Soriano, a John Wayne, a Charles Chaplin. Todo un récord. Todo un sueño. Toda una proeza. Toda una locura.

Y las fantasías y locuras están para disfrutarlas. Regocijaos de esta maravilla ficticia, en la que hay que dejar libre el ensueño e incluso la alucinación, en la que disfrutarás sin peros de un relato cargado de todo lo que nos hace elevar los pies del suelo, de soñar, donde se aúnan aquellas cosas que la vida y su carga realista, que por momentos no nos es lícito disfrutar, privándonos una vez más de las más elementales premisas de la felicidad.

No existe asesinato ni investigación, ni juegos de inteligencia, ni tópicos del género negro, su único pretexto es dejar volar libremente las quimeras que solamente existen en una vida virtual cuyos únicos límites son los que nuestra maltrecha imaginación es capaz de fabricar.

Una agradable enemistad con el realismo que nos agobia y nos estropea un mundo fácil de vivir. Regalad y disfrutar. Feliz día de Reyes.

Humo, en el verano del 58. Raúl Argemí.

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Por Raúl Argemí.

Fueron tres los hombres, fueron tres las mujeres; y tal vez fue en marzo, mes tercero del verano austral, a las tres de la tarde, cuando supe que la muerte y la locura siempre atacan por sorpresa.

Yo tenía doce años, múltiplo de tres; aunque no venga al caso. Y Tandil era el sitio entre sierras, de la provincia de Buenos Aires, donde pasaba las vacaciones. Tandil era la casa de mis abuelos y la de mis tíos.

El abuelo regaba la huerta y yo miraba con las manos en los bolsillos. Entonces, por sobre los techos comenzó a alzarse una columna de humo negro, espeso, como de película de guerra, y él dijo:

¡Se está quemando la casa de Miguel!

Era cierto. A la vuelta de la otra manzana, por detrás de la casa de mi tío, al fondo de un terreno largo y estrecho donde agonizaba una huerta invadida por la maleza, ardía el rancho donde vivía Miguel. Todavía sin llamas, de los techos ascendía una columna como de petróleo quemado.

A los pocos minutos, cuando el rancho de cartones embreados comenzaba a arder por los cuatro costados, llegaron el camión rojo, la sirena y las mangueras.

Excitado, tropezando con los bomberos, fui de un lado a otro, entre los vecinos que habían abandonado la siesta. La pregunta era si “Miquel” había escapado del incendio.

Miguel, o “Miquel”, como algunos lo llamaban, tenía fama de raro. Vivía solo y, a mis ojos, que un par de veces lo había visto hablar con mi abuelo, parecía como requemado por la vida. No era extraño. Miquel era checo, o búlgaro, o algo por el estilo que hablaba de una Segunda Guerra feroz, brillante y heroica tal vez en el cine, que había llenado los barcos con inmigrantes muy lastimados.

Hablaba poco y con acento muy marcado. Hasta el día del incendio me era ajeno. Luego, su imagen me acompañaría para siempre.

Porque Miquel era amigo de José, “el Ruso”, que en rigor era polaco, y el Ruso estaba casado con la cuñada de mi tío; y a ese lo conocía bien. Cuerpo de oso bajito, sonrisa tímida y un castellano lleno de ruidos divertidos. También venía de un pasado del que nunca hablaba. El Ruso se pasaba el día dale que dale al martillo, los clavos en la boca, remendando zapatos ajenos.

El tercero, porque eran tres los amigos inseparables, también era de por ahí, de Polonia, Rumania o Croacia, pero parecía una persona normal, como cualquiera, sin acentos. Del tercero no recuerdo el nombre. Sí que vivía con su mujer y su hija en una casita blanca, unos cien metros más abajo que mis abuelos, cerca del puente sobre el arroyo.

Con los vecinos en la calle y el agua ahogando las llamas del cartón embreado, los bomberos pudieron entrar al rancho, y enseguida corrió la voz: había un muerto. Un hombre muerto sobre la cama.

Pobre Miquel —dijo alguien—, el incendio lo agarró durmiendo la siesta.

Con los bomberos entraron un par de policías y dos o tres del barrio, como testigos.

Supongo que me lo invento, pero recuerdo que, al mismo tiempo que supe del muerto sobre la cama, también supe que no era Miquel. Que Miquel, un rato antes de que se viera el humo renegrido, había pasado muy de prisa, con un paquete de papel de diario en la mano, en dirección al centro. Y, esto no lo imagino, lo sé, fue la vieja, la desdentada cara de bruja suegra de mi tío, quien dijo:

¡Va para la casa del Ruso! ¡Se lo dije, ese hombre está loco!

Y mi abuelo y mi tío que corrían hacia lo del Ruso, mientras mi tía comenzaba a llorar a gritos, presintiendo la desgracia.

No podía, no tenía con quién compartir lo que sabía, y vagué sin rumbo, hasta enterarme del rumor confirmado: le habían dado con un martillo en la cabeza. El muerto no era Miquel. El muerto era el amigo de la casita blanca.

Entonces pude ver, en aquella esquina, a las tres mujeres. Hablaban. La mujer y la hija del tercer amigo miraban hacia donde trabajaban los bomberos, y sonreían. La otra mujer les hacía un chiste.

La tercera, cuando pasé a su lado, me miró con esa cara y dijo:

¿Por qué no vas a ver si tu abuelo está en su casa?

Tardé en entender. Pero supe que ella ya sabía quién era el muerto, y que me estaba echando para que no metiera la pata.

Me senté en el umbral y desde allí seguí mirándolas: dos que reían y una que les hacía chistes, porque las otras aún no sabían.

Recién un año más tarde, en las siguientes vacaciones, pude completar la historia. Miquel, el Ruso y el otro eran inseparables. Se habían conocido en el barco que los traía de Europa.

Miquel, el que no tenía a nadie, había comenzado a decir que lo querían matar, y se había comprado un revólver. Había dejado el trabajo, abandonado la huerta, y de noche no dormía; vigilaba con la pistola.

El Ruso y el tercero lo justificaban ante sus familias, que no querían verlo sentado a sus mesas, con esa cara de barba crecida y mirada de loco. Eran amigos.

Un día Miquel supo, o decidió, vaya uno a saber por qué, que sus amigos lo querían matar. Y llevó al tercero a su casa. Y el martillo, y el fuego quemando la casa pira funeraria. Y el revólver en el papel de diario, y la caminata decidida hacia la casa, el taller de zapatos del Ruso.

Cuando el Ruso volvió a la vida, después de meses y meses de caminar, mudo y sordo, por los pasillos del “loquero”, pudo contarlo.

Le vio cara rara, más que de costumbre, cuando entró al taller donde él estaba poniendo tacos a unas botas. Y, sin contestar a su saludo, abrió el papel de diario y le gatilló dos veces el revólver, apuntando a la cara.

Las balas eran viejas, o al Ruso lo protegía un ángel, porque no salió ninguno de los dos tiros y él supo que no era una broma. Que Miquel venía a matarlo.

El Ruso, bajo y fornido como un oso. Miquel, alto y flaco, pero loco. Rodaron peleando, uno por su vida y el otro por la ajena, mientras las cuatro balas que quedaban en el revólver cavaban agujeros en el revoque de las paredes y el silencio de la siesta.

Unos vecinos ayudaron a reducir al loco y, entonces, me dijeron, José, el Ruso que era polaco, comenzó a llorar a alaridos; hasta que cerró la boca y dejó de atender lo que sucedía a su alrededor, por muchos meses.

Los muchos, muchos meses que tuvieron que pasar hasta que preguntó por el tercero. Porque él, de alguna manera, ya sabía lo sucedido, desde el momento mismo en que Miquel comenzó a dispararle.

Eran tres hombres. Tres amigos llegados en el mismo barco. Uno recuperó el habla y nunca más quiso hablar de lo sucedido. Otro seguramente se sumergió para siempre en su soledad, en el asilo para dementes. El tercero murió a martillo y traición, sobre una cama.

Pero lo que más recuerdo de esa tarde en que la muerte y la locura se me hicieron tan presentes, tan imprevisibles, tan bestias feroces que me dejaban sin defensas, son las tres mujeres en aquella esquina.

La que no sabía que era viuda, la que no sabía que era huérfana, y la que sí sabía y, a su manera, postergaba una muerte haciéndolas reír.

Reseña de su último libro “A tumba abierta“.

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Todos los derechos del relato son de Raúl Argemí.

Una bala para el comisario Valtierra. Sergio Bufano. 2012.

Esta entrada no es usual,  y no lo es porque no es posible leer esta novela sin previamente conocer al autor.

Y digo esto por la inusual vida de Sergio Bufano, militante activo de la izquierda en época de las dictaduras militares argentinas y que le llevó a exiliarse en México. A su actividad intelectual revolucionaria añadió la de integrante de la organización armada Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL), una organización de extracción marxista. Recientemente declaró que “Los grupos armados no escuchamos el llamado a la paz de la sociedad” “Prefiero asumir las cosas que hicimos con todas sus consecuencias: las muertes, los asaltos y ciertas violaciones a los derechos humanos”.

Una_bala_para_el_comisario_ValtierraEn esta situación, Una bala para el comisario Valtierra, la única novela negra de Bufano, es un paso más en esta asunción de consecuencias, mostrando la vacilación sobre la legitimidad de las acciones llevadas a cabo por los miembros de los grupos revolucionarios. Una mirada a la parte del ser humano que se escondía tras la trinchera política de los ideales de justicia. Es una mirada social crítica de los sucesos ocurridos en la Argentina de las dictaduras, pero viajando por las dudas morales de su principal personaje.

Éste es el Inglesito, joven, dirigente estudiantil y militante de izquierdas de familia acomodada, un estereotipo de los ideales marxistas de este periodo. La novela arranca cuando se le encarga su primer asesinato político, la del otro personaje, el comisario Valtierra, agente de la represión estatalizada, un torturador sin escrúpulos, cruel, defensor de los ideales tradicionales familiares pero sumergido en la hipocresía.

Los dilemas y las  dudas que asaltan al Inglesito mientras prepara el asesinato contrastan con la indolencia y la brutalidad del comisario, que desprecia la vida de estos militantes como si de animales se tratara. Unas incertidumbres que nos acompañan toda la novela.

Una buena novela para sumergirse en este periodo y en la fragilidad y la brutalidad que pueden coexistir en la naturaleza humana.

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Para quien quiera saber algo más sobre este autor, os dejo una entrevista de junio de este año en el periódico La Nación sobre la actualidad en la revisión de este periodo de la historia argentina.