Flor seca. Graziella Moreno. 2017.

flor_seca_Todo_Negro_Josevi_BlenderSegunda novela protagonizada por la juez Sofía Valle tras Juegos de maldad. Si bien me parece que la figura de la juez, que ejerce en Barcelona y trabaja en colaboración con los Mossos d’Esquadra, no es sino un personaje estandarte que unifica al resto de personajes.

Verdaderamente ella no es la protagonista indiscutible, tal y como me comentó Graziella: “las acciones que se desarrollan en una novela no dependen principalmente de las decisiones judiciales, sino de las policiales.” Así, teniendo protagonistas claros, la novela se torna muy coral, con distintos personajes que aportan sus diferentes papeles al desarrollo de la trama.

Una trama que se desarrolla en un ámbito social pudiente, donde la corrupción y la ilegalidad están muy presentes, así como las tentaciones para quien las busca con el bolsillo lleno.

La historia transcurre con dos tramas paralelas de asesinato e investigación de la corrupción policial. Sofía y Enda Rivas, policia nacional amigo de ella, se encargan de cada uno de los casos. El mantenimiento de la independencia de cada uno de ellos para llevar a cabo su trabajo y el secretismo que comporta marca la relación entre ellos. Una historia que podría ir a más que la meramente profesional en el transcurso de las investigaciones.

“La idea es explicar situaciones reales en que los personajes se mueven en un contexto de normalidad en el que suceden las cosas, como la vida misma y romper los esteriotipos de películas, novelas y series sobre jueces, policías, fiscales, funcionarios y demás”. Graziella Moreno.

El asesinato con una puesta en escena de lo más peculiar lindando con las megalomanías de un psicópata. El caso sobre la corrupción, policial, no alcanza los niveles extraordinarios que estamos acostumbrados a vivir, pero que sin duda la amparan a través de las pequeñas corruptelas de favores bienpagados.

Así, con un estupendo círculo de personajes, muy bien interrelacionados, se crea un cuerpo sólido sobre el que se sustenta la novela, al mismo tiempo que las actuaciones de los personajes y los procedimientos policiales son creíbles gracias a que la profesión de Graziella Moreno le otorga un conocimiento de primera mano.

Pero la novela todavía trata otros aspectos. Creo que Graziella no puede sustraerse de relatar aquellas situaciones que más le han impactado, así como los temas que más le preocupan. Los introduce en la novela dentro del quehacer cotidiano de los jueces. Un levantamiento de cadáver por suicidio, con una puesta en escena de lo más impactante, fruto de la realidad, así como el tema de la violencia de género entre un matrimonio de italianos que se encuentran continuamente en los juzgados interponiéndose denuncias mutuamente. Situaciones impensables en el trabajo que desarrollamos quienes tenemos profesiones más o menos “normales”.

Esperando más entregas de Sofía Valle.

 

FLOR SECA :

  • Año de publicación: 2017
  • Número de páginas: 250
  • Formato: Rústica con solapas.
  • Dimensiones: 15 x 23 cm.

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Limones negros. Javier Valenzuela. 2017.

LIMONES_negros_Todo_Negro_Josevi_BlenderQuizás lo más importante no sea el telón de fondo. Corrupción política. Si vemos lo que ocurre aquí, creo que  trasladarlo al otro lado del Estrecho no es muy difícil para ver más de lo mismo. No sé si estoy equivocado, Javier Valenzuela dirá.

Lo más importante es la descripción del ambiente cultural y social de Tánger de los últimos años. Tanto en las altas esferas del poder, como en las de quienes sobreviven con lo que buenamente ofrece la vida.

Todo ello visto desde la posición de Sepúlveda, profesor del Cervantes que reside desde hace muchos años en la ciudad. Es un tipo que vive la vida con comodidad, sin dotes tecnológicas, con una hija en la distancia, con relaciones cercanas. Vamos, que hace lo que le viene en gana. Sin aspiraciones. En el fondo vive y deja vivir. Intenta ayudar.

Los personajes, toda una fauna, sirven de excusa para contar maneras de vivir. Desde propietarios de holdings de empresas, prostitución adolescente, guardia civil, servicios secretos, promotoras inmobiliarias, criados, dueños de pequeños bazares, estrellas del cine, pero nunca para llegar a convertir la historia en una novela de espías y grandes acontecimientos políticos. Sepúlveda está ahí para que eso no ocurra. Todo es más corriente y normal. Una pena.

Destaca que, a pesar de los cambios apreciables en la novela negra actual, Javier sigue manteniendo una de las figuras emblemática del género, el de la femme fatale, con el personaje de Adriana Vázquez.  Una relaciones públicas ambiciosa que contempla su medio, el mundo de los negocios y desea su parte. Actualizada en maneras, pero con los rasgos característicos: independencia económica, gustos caros, importantes relaciones, habilidades sociales y personales que le permiten llegar allí donde solo su condición de mujer no se lo permite. Ambición y deseo de triunfo.

Lo que realmente es, para mí, más estimable de Limones Negros, son sus particulares referencias culturales y sociales relacionadas de una u otra manera con Tánger, Goytisolo, Ian Fleming, Paul Bowles, Mohammed Chukri, a la generación beat. A películas ambientadas en Tánger. A los tiempos de la Zona Internacional cuando Tánger era conocida como la ciudad de los espías, fama ganada durante la segunda guerra mundial y la guerra fría.

A veces emotiva, a veces cruel, bastante carnal. Retrata la sociedad tangerina con todas las contradicciones que conlleva vivir y relacionarse, en una sociedad musulmana, en pleno auge de una globalización en extensión permanente. Morales que se relajan, a todos los niveles. Adaptaciones al nuevo mundo.

El autor, por profesión y por lugares de residencia, le otorga si no una verdad absoluta, que tengo la convicción de que no existe, un testimonio de primera mano de lo que sucede ahora en Tánger.  Más reconocible de lo deseable. Y en el aspecto literario, su experiencia a la hora de contar, se manifiesta en maneras ágiles y envolventes demostrando una más que trillada capacidad de comunicación a través del texto.


javier_valenzuela_todo_negro_Josevi_blenderJavier Valenzuela Gimeno, nacido en Granada en 1954, licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Valencia, es periodista y escritor. Tras trabajar 30 años en el diario El País (director adjunto en Madrid y corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington), fundó en 2013 la revista tintaLibre. Es autor del blog Crónica Negra y ha publicado once libros: nueve de ellos periodísticos y dos novelas (Limones negros y Tangerina).

 

Fin de trayecto. David de la Torre. 2016.

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David de la Torre

Tú, Philip de Le Crusan, volverás a Touluse de madrugada, cuando el silbato del tren sea inaudible a causa de la lluvia, cuando tus lágrimas se mezclen con las frías gotas sobre el suelo de la estación, cuando decidas de una maldita vez que hacer con tu vida. Tú, Philip, llegarás a la ciudad empapado, con una maleta pequeña y rajada bajo el brazo derecho mientras el izquierdo intenta secar tu frente en vano. Y caminarás decenas de kilómetros desorientado, en busca del rio Garona que te guíe y te lleve hasta su apartamento. Si, ese lugar que recuerdas a la perfección y que prometiste no volver a pisar. Pues entérate bien Philip, volverás a Touluse y meterás tu llave oxidada en la cerradura que chirriará clavando ese sonido tan desagradable en tus tímpanos como un tatuaje realizado en carne viva. Tú, Philip, atravesarás el pasillo que lleva al salón, te asomarás a la Place de la Trinité y llorarás de nuevo frente a la fuente dorada y sus tres ángeles que, cómo sabes bien, se chivaron hace tiempo a tu señor de los errores que cometiste… y así te ves ahora.

Philip parpadeaba despacio frente al dormitorio. El aroma a polvo y ambientador de lavanda se mezclaban en el aire. Sobre el colchón desnudo, una imagen superpuesta de su cuerpo aparecía allí, tumbado, con los brazos en cruz. En su mano derecha, un objeto brillante. En su mano izquierda, un libro oscuro.

Se frotó los ojos dejando caer la maleta sobre el suelo. El eco del salón vacío propagó el sonido pringoso que se produjo al chocar el cuero empapado sobre la plaqueta helada. Hacía meses que la calefacción no funcionaba y, desde que se marchó, ya nadie se preocupaba de ello. Sin embargo, sus huesos húmedos que le producían pinchazos agudos a cada movimiento no le impidieron deshacerse de la ropa con lentitud. Primero, el abrigo marrón deshilachado cayó al suelo. Después, la camisa azul claro con ronchones de tomate reseco. Los pantalones, zapatos, calzoncillos… toda su ropa apareció desperdigada por el suelo cuando le encontraron.

La gendarmería regentada por el Inspector Francis Moulin recibió la llamada sobre las dos de la mañana. De guardia se encontraba la subinspectora Valentine Braille que decidió llamar a su jefe pese a ser sábado de madrugada. Francis contestó a la tercera oportunidad y quedaron en verse en el apartamento de la víctima. El R5 del inspector recorrió la ciudad sin prestar demasiada atención a los semáforos que regulaban el tráfico mientras la subinspectora hizo lo propio pero en su bicicleta.

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La Place de la Trinité formaba un triángulo cuasi rectángulo gracias a la Rue de la Trinité y Rue des Filatiers. En el segundo piso se encontraba un cuerpo. Y en ese mismo lugar pero en la puerta de enfrente, una mujer octogenaria se quejaba del hedor que provenía de allí dentro. Francis y Valentine llamaron a la puerta de la señora cuando una voz ronca y profunda les invitó a largarse desde el interior de la vivienda.

Señora, somos el inspector…

Me importa un rábano quienes sean… ¡lárguense!

Pero… ¿no ha sido ella quien llamó? –Preguntó Francis a Valentine.

Si… la llamada vino de éste piso…–Y girándose hacia la puerta gritó –¿Señora Dupont? Usted nos ha llamado hace cuarenta minutos. Los bomberos andan de camino… ¿señora?

Silencio.

Francis y Valentine se miraron cuando el móvil de la subinspectora emitió una dulce melodía que provocó una sonrisa en los labios de su jefe. Ella descolgó sin prestarle atención y cortó la llamada después de dos escuetos “Si”.

Los bomberos –Le dijo al tiempo que un estruendo cómo de botas golpeando la madera y arrastrando algo desconocido por el suelo subía desde el portal hacia el segundo piso.

¿Quien ha venido, todo el parque de bomberos? ¡Joder, que sólo es abrir una puerta!

Francis calló de inmediato al ver tres efectivos delante de ellos, situados varios escalones por debajo.

¿Cuál es la puerta? –Dijo el más grande de los tres.

Buenas noches… esa de ahí– Respondió Valentine echándose hacia atrás.

Sin mediar más palabras, el bombero grande y los otros dos más pequeños se movieron rápido en aquel minúsculo descansillo, portando un ariete verde oscuro que no dudaron abalanzar contra la puerta de madera. El primer golpe abrió un agujero en el centro y esparció miles de astillas al interior del piso. El segundo golpe destrozó la cerradura y abrió la puerta con extrema violencia. La señora Dupont abrió la suya despacito y un ojo azul bajo un gran párpado arrugado asomó por la rendija. Los bomberos se mantuvieron en el descansillo mientras Valentine entraba en el apartamento tapándose la nariz y Francis aconsejaba a la vecina a encerrarse de nuevo en su vivienda.

Tú, Philip de Le Crusan, acusarás las más absoluta soledad una vez cierres la puerta tras de tí. No hay calefacción porque tú, rácano egocéntrico dejaste de pagar los recibos, claro que el dinero no era tuyo, insensato mequetrefe venido a más…

Valentine caminaba a oscuras, sosteniendo una delgada linterna con su mano derecha. Francis la alcanzó junto a los bomberos dirigidos por el tremendo olor que emanaba desde el dormitorio, situado al fondo del piso. Al girar la luz hacia la cama se detuvieron. El brillo de decenas, quizás centenas de bichos sobre un cuerpo oscurecido les obligó a no sobrepasar el cerco de la doble puerta. Los bomberos se miraron entre sí y golpearon el hombro de Valentine con suavidad.

Subinspectora, aquí tiene que venir los del INPS…

Lo sé… hagan lo que tengan que hacer. Ya me encargo yo. ¿Te quedas con esto, Francis? –Le dijo a su jefe acercando la linterna a su pecho. Él la cogió y volvió a iluminar el cuerpo de aquel individuo devorado por la propia naturaleza. Un círculo luminoso alumbró sus pies ennegrecidos y continuó por el borde del colchón desnudo hasta un montoncito de ropa situado en una esquina. Se giró y pidió a un bombero una mascarilla. Conteniendo la respiración logró colocarse el bozal del plástico que evitaría una vomitona asegurada y se acercó al cadáver espantando insectos voladores que se afanaban por continuar su festín. Con los otros que permanecían desgarrando la piel no pudo hacer nada. Ni lo intentó.

La Place de la Trinité ofrecía un lugar de esparcimiento oculto en medio de Touluse, aprovechado por los habitantes para pasear, tomar algo en sus terrazas o sentarse al pie de la fuente a leer un buen libro. Sin embargo, el invierno era duro e impertinente, no dejando posibilidad de disfrute del lugar a menos que se estuviera muy abrigado. Las farolas iluminaban las aceras con apenas un aliento que se colaba por las ventanas de los primeros pisos. Para los segundos, no existía ese privilegio.

Francis se agachó para estudiar cada prenda allí tirada mientras una sirena se escuchaba en la lejanía. Desdobló un mugriento abrigo cubierto de polvo y observó una cartera que sobresalía del bolsillo interior. Al levantarse, las rodillas crujieron y sintió una infinidad de clavos hundiéndose entre los huesos.

¿Ya estás otra vez? –Le preguntó Valentine con cierta ternura.

Si… esta artritis o artrosis me va a matar.

Artrosis.

¡Que más me da! Tengo un dolor de narices así que lo llamo como me da la gana.

Valentine hizo caso omiso a las quejas de su jefe y le cogió la cartera mientras este desplazaba su trasero hasta una silla cercana. Al sentarse, una polvareda se levantó y le provocó toser.

Philip de Le Crusan, natural de Lyon… nacido el dos de abril de 1961…

¡Y un grandísimo malnacido!

Tú, Philip de Le Crusan, ahora te dignas a volver cuando las polillas inundan sus armarios, las cucarachas campan a sus anchas por cada tubería y el óxido cubre todas las bisagras de la casa… sin excepción.

Francis giró la cabeza hacia el descansillo oscuro y vacío para comprobar de quien provenía aquella voz ronca y profunda. Los bomberos se habían marchado hacía diez minutos y los de la científica tardarían aún en llegar.

Pero que cojones… –Dijo intentando ponerse en pie.

Valentine se acercó a la mujer octogenaria postrada bajo el quicio de la puerta que daba al salón, con los brazos en cruz y los morros apretados. Unas gafas de pasta gordísimas descansaban sobre una nariz enorme y afilada. La subinspectora le apuntó con la linterna y la señora ni se inmutó, reflejando la luz en sus grandes ojos azules medio tapados por un parpado grueso y arrugado.

Señora Dupont, imagino.

Eso no le importa, jovencita. Solo he venido a decirles que ese malnacido ha tenido lo que se merecía –Y volvió a cruzarse de brazos una vez movió con energía un alargado dedo índice que señalaba el cadáver.

Señora, ¿le importaría que fuéramos a su casa? Hablaremos con tranquilidad… este lugar es insoportable –Dijo Francis de pie, erguido y acercándose a ella con lentitud.

Sus ojos le miraban saltando sobre las gafas en actitud desafiante como un yorkshire amenaza a un doberman sin ser consciente de su tamaño.

Minutos después salieron al distribuidor de la segunda planta permitiendo pasar a los de la científica que acababan de llegar cargados de maletines y uniformes blancos. La señora Dupont dejó la puerta entre abierta así que tan sólo necesitó empujarla con sus delgados dedos provocando un chirrido desagradable.

Siéntense ahí… ¿quieren un café?

Si, por favor… ¿tienes usted un ibuprofeno? Disculpe el abuso –Se lamentó Francis.

¿Piensa que soy una farmacia? El que abusaba era ese de allí… al que se están comiendo los gusanos… anda y que se pudra en el infierno…– Pudo escucharse desde la cocina.

Ambos compañeros se miraron entre si y Valentine aprovechó que la señora Dupont se dirigía a su cocina para mostrarle el contenido de la cartera de Philip: un pasaje de tren desde Burdeos, un par de billetes de diez euros, un trozo de papel doblado y una fotografía antigua.

La señora Dupont regresó con una bandeja dorada cuyos adornos revestían todo el metal y cegaban a quien la mirase directamente. Sobre ella, una jarra verde claro con la tapa cubierta de frutas de porcelana y tres tazas a juego. Francis observó que había olvidado el ibuprofeno. La humedad le ahogaba comenzando por la rodilla y el dolor le obligaba a permanecer en silencio.

Señora Dupont, entiendo por sus palabras que conocía a Philip.

Pues claro que le conocía. Fueron mis vecinos durante veintidós años y tres días.

¿Fueron?

Valentine le preguntaba mientras Francis decidió pedir permiso para levantarse y caminar por la casa aludiendo necesitarlo para aplacar el dolor de rodilla. La señora Dupont se lo concedió mediante un gemido de libre interpretación.

El desgraciado de Philip y su pobre esposa. Los dos llegaron de París una mañana de Mayo. Un agente inmobiliario muy patoso pero efectivo les vendió ese cuchitril cuando aún nos manejábamos con Francos. Al principio todo iba bien: saludaban en la escalera, en el mercado, la muchacha acudía a mí para pedirme sal o algún huevo cuando no tenía…

¿Y qué ocurrió después?

El chico trabajaba en la Societé Général como agente de Bolsa. Les iba bien, como le he dicho, hasta que el muy imbécil metió la pata y una noche de dos mil ocho alguien entró en la casa.

¿Les robaron?

No señorita… nada de eso… –Dijo sorbiendo un poco de café.

Francis la escuchaba desde el extremo del salón cuando sus pies tropezaron con una pequeña maleta de cuero.

La chica apareció con doce puñaladas en el pecho sobre el suelo de la cocina. Él, atado a una silla con la cara llena de golpes.

Pero, discúlpeme… ¿Qué tiene que ver eso con su trabajo?

Francis se agachó y comenzó a explicar lo que conocía de aquella empresa según se ponía un par de guantes de latex.

La sociedad donde trabajaba Philip estafó casi cinco mil millones de euros en el año dos mil ocho. El acusado fue un tal Jérôme aunque siempre pensé que no pudo hacerlo solo…–Añadió Francis.

Valentine desconocía los detalles de aquel caso aunque algo había oído en las noticias. Francis abrió despacio la maleta.

Como dice el señor mayor con quien ha venido, Philip la cagó de lo lindo con unas inversiones y se cargaron a su mujer. Pero créame que eso era una tapadera… estoy segura que él la mató y se inventó el fraude para salirse de rositas.

Francis se cansó de escuchar.

Señora, ¡no diga estupideces! Yo estuve en ese caso…si, este “señor mayor” interrogó a Jérôme y averiguó que tuvo un cómplice pero nunca pudimos encontrarlo. Ahora que sabemos quién puede ser, tendremos que investigar qué relación pueden tener pero hay algo que debo preguntarle –Dijo con mirada inquisitiva.

¡Ay! Me olvidé la pastilla… ¿quiere que se la acerque?

No es necesario, señora Dupont… pero dígame –Preguntó acercando su cabeza a la octogenaria vecina– ¿De quién es esa maleta?

¡Es mía! –Dijo una voz joven desde el fondo del salón.

¿Quién es usted? –Replicó Valentine.

Soy el hijo de la señora Dupont. Y rogaría dejen de molestar a mi madre con éstas historias, está enferma y no es de fiar.

¡Como que no soy de fiar, pero que dices hijo mío!

¡Cállate mamá! Y despide a estas personas… creo que tendrán cosas mejores que hacer.

Valentine se puso en pie mirando fijamente al joven a la vez que Francis se acercó a ella. Una vez se despidieron y les emplazaron a visitar la gendarmería lo antes posible, abandonaron el edificio. Al pisar la calle, un viento gélido arañaba la cara de los escasos transeúntes que pululaban por Touluse de madrugada, despistados, con la bufanda en casa. Francis vio que la furgoneta de la científica continuaba allí y decidió acercarse para preguntar.

Hola… ¿habéis averiguado algo?

Una agente en medio proceso de desechar el mono blanco reglamentario para este tipo de intervenciones, le respondió sin mirarle a los ojos.

Nada fuera de lo normal. Cadáver en avanzado estado de descomposición, ningún objeto personal encontrado, no hay huellas ni señales de violencia. Suicidio, diría yo.

¿Tan segura está?

La mujer elevó la mirada y la clavó en los ojos de Francis.

¿Cree que he dudado? Tan sólo he utilizado un condicional para cubrirme las espaldas pero sí, estoy convencida. Tenía un cúter en la mano y se había cortado las venas. Ah sí, tenía una biblia en la otra mano. Buenas noches, inspector Moulin.

Francis les vio alejarse mientras Valentine le preguntaba algo. En ese instante, cuando la ciudad aún no estaba preparada para recibir un nuevo día, vieron salir a alguien del portal donde aún se encontraba la víctima, a espera de recibir la visita del juez. Valentine le observó por el rabillo del ojo y pegó un codazo a Francis que cerró los ojos.

¿No es el hijo de la señora Dupont?

¡Y se lleva la maleta, corre!

Valentine comenzó a correr tras el sospechoso al ver que éste aceleraba. En un instante, justo cuando giraba por Rue d’Alsace Lorraine escuchó a su compañero gritar y se detuvo. La mirada clavada en su rodilla, las manos apretándola con fuerza y los labios presionados dieron paso a una terrible exclamación:

¡No pares! Creo que se me ha roto… ¡joder!

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Tu, Philip de Le Crusan, encontrarás la muerte igual que la causaste en Margerite, tu abnegada esposa pero yo tendré el placer de llevarte de la mano hasta ella… Mi Magerite, la luz que colmaba todos mis episodios de obscuridad y locura y que tú, Pierre, no supiste valorar. Así lo haré tan pronto aparezcas por el apartamento, tan pronto escuche el crujir de la puerta y nada me impedirá detener tu corazón partiéndolo en dos pedazos o rajándote las venas como quien despelleja un carnero… nadie podrá impedírmelo, ni mi madre que senil está pero se acuerda de tus palizas… Philip de Le Crusan … bienvenido a Tolouse, fin de trayecto.

Valentine dudó pero no tenía otra oportunidad hasta que otro golpe le obligó a girar la cabeza en sentido contrario. Un Citröen Picasso había arrollado al hijo que cruzó la calle sin mirar. La subinspectora se acercó al cuerpo inerte del sospechoso y encontró la maleta a escasos dos metros de él, con un cuchillo en su interior parcialmente envuelto en un trapo. Al acercarse, encontró manchas secas de sangre. Detuvo el tráfico y pidió refuerzos, acordonando la zona y dejando la avenida cortada.

***

Dos días más tarde, Valentine se encontraba frente a la cama del hospital cuando Francis despertó. Le habían operado de urgencia y se encontraba convaleciente. Unas flores y un café de máquina después, Valentine le contó la resolución del caso sobre el asesinato de Philip de Le Crusan aunque Francis enarcó las cejas al enterarse que el culpable no podía ser juzgado. Ambos habían llegado al final de su viaje.

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Los carros vacíos. Francisco García Pavón. 1965

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Esta es la primera novela en la que aparece Plinio, Jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, creado por Francisco García Pavón. Se trata de una historia corta más que de una novela (57 páginas), en la que el autor establece los cimientos en los que se basarán las varias novelas y numerosos relatos de este policía tranquilo, que no desea más que convivir en paz y al que no le gusta cualquier alteración de su cotidianeidad, al que es fácil cogerle cariño, cercano y creíble, nada heroico.

En “Los carros vacíos” resuelve, gracias a su natural intuición el asesinato de unos meloneros, sí, meloneros que se dirigen con sus carros y su mercancía al mercado del pueblo, presionado, como no podía ser de otra forma, por el alcalde, el pueblo y la presencia de la guardia civil.

Situada en la dictadura de Primo de Rivera, su ambientación es rural, pero no con la ruralidad de las novelas actuales, usada con cierto snobismo,  sino con la antaña, real y extensa, cuando se viajaba en carro o andando y el mercado era el acontecimiento semanal de los pueblos atrasados de España, ambiente propicio para desarrollar costumbrismo y crítica social hasta donde era posible en los años de la dictadura.

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García Pavón también expresar un cierto espíritu cervantino en el tono de la novela:

frase_carros_vacios_todo_negro_josevi_blenderComo Sherlock también tiene su “Watson” particular, Don Lotario, veterinario del pueblo, en quien confía plenamente, propietario de un Ford, modelo «T», matrícula de Ciudad Real número 102, que le sirve de soporte moral y apoyo de su discurso.

Pero la difusión de las historias del Jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, llegó a su máxima expresión cuando fue trasladada a la televisión mediante una serie que se estrenó en 1971, interpretada por Antonio Casal en el papel de Plinio y de Alfonso del Real en el de Don Lotario. Fue dirigida por Antonio Giménez Rico, con guión de éste junto a José Luis Garci.

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Una buena lectura para sumergirse y conocer las raíces del género policíaco español, al menos de una parte importante de él.

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La ciudad de la memoria. Santiago Álvarez. 2015.

la_ciudad_de_la_memoria_de_santiago_alvarezLa ciudad de la memoria es un tributo al género negro. Las citas de películas clásicas al inicio de cada capítulo es una declaración de intenciones. El sueño eterno, Atraco perfecto, Historia de un detective, La jungla de asfalto marcan los estados de ánimo al lector.

Y Vicente Mejías también. Nuestro protagonista, detective, chapado a la antigua, al margen de nuevos tiempos, adopta una posición nostálgica y romántica de su quehacer negándose a desprenderse de los atributos que perfilan a un detective clásico. Gabardina, reloj de cadena e incluso pistola, pero la historia de la pistola es otra historia.

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Su adoración por Bogart, su Bogie, despeja cualquier duda para aquél que todavía la tuviese. No puedo dejar de recordar a Samuel Esparta, detective creado de la mano de Ramiro Pinilla, de sus compinches Hammet y Chandler, de Koldobike y de su intento de preservar una época en que se adoraba a los detectives.

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Tampoco vive en una burbuja. Sabe que ahí fuera se funciona de otra forma pero los motores que mueven a las personas siguen siendo los mismos. La ira, el orgullo, y la avaricia sobre todo. Pero siempre hacia delante, su tendencia natural, quizá por su pasado, quizá por que no le queda otro remedio. La ciudad de la memoria tiene cierta profundidad sentimental que es difícil de encontrar en la extendida superficialidad de mucha novela actual.

En contraposición, Berta, su ayudante-becaria-necesitada, es una joven cumplidora de las exigencias sociales para la obtención de un medio de vida. Estudiante y trabajadora. El elemento equilibrante entre fantasía y realidad, obligando a su jefe Mejías a precindir de ciertos hábitos.

La ciudad de la memoria es algo más que unos personajes, es un viaje por las vidas de personajes. Toda una vida, como dice la canción, me estaría contigo. Gente que pulula por esta historia, que viven y vivieron situaciones políticas y sociales actuales y pasadas. El pasado siempre nos acompaña, hasta el final. Si eres de los que gustan de hechos trascendentales que marcan el futuro, ésta es la tuya.

La crítica social tampoco deja de estar presente. Una mirada por la creación de fama, fortuna y riqueza, no exentas de culpas y remordimientos revueltos entre falta de escrúpulos, y quizás más comunes de lo que podría sospecharse.

A pesar del apego a épocas pasadas, el detective Mejías nos permite, no sé si gracias a Berta y su avanzadilla tecnológica, ciertas licencias a sus lectores que ni Marlowe ni Spade hicieron: acceder a sus archivos. Yo creo que Berta se excedió en sus atribuciones, y sin la autorización de Mejías nos deja ver, su “libreta de apuntar gilipolleces”. ¿Qué detective que conoces te dejó que urgaras en ella? Échale un vistazo

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Una novela redonda como el fondo de un vaso de whisky. ¿Laphroaig?

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Mala vida.

Paco_Gomez-Escribano_Josevi_Blender    Por Paco Gómez Escribano.

Ilustración de Rosa Romaguera.

Buscarse la vida es agudizar el ingenio y, aunque lo hagas, no estás libre de que la vida se te venga encima y te aplaste como si te hubiera pasado por encima un trailer cargado de piezas de acero. En el barrio había que tener cuidado.

Cuidado con la pasma.

Cuidado con los que mandaban.

Cuidado hasta con los jodidos colegas envidiosos.

A veces utilizabas las piernas para patear. Otras, para correr y evitar que te las partieran. Dicen que el cerebro está para pensar, pero a veces el cerebro se desconecta, sobre todo cuando tienes un monazo del quince y te metes un buco de jaco de sospechosa procedencia, porque hasta para eso tienes que tener cuidado, no sea que te den caballo adulterado y acabes tirado en una acera oliendo a carne podrida.

El Viky no era más tonto ni más listo que cualquiera de los chavales del barrio. Estaba enganchado, como todos, pero se buscaba bien la vida. Se apoyó en la pared frente al banco Central de la calle Etruria y encendió un pitillo. Había que esperar a la pardilla. En este tipo de trabajos era más fácil que la víctima fuera una mujer que un hombre. Tras media hora de espera, su colega el Mono, que paseaba inquieto por la acera de enfrente, le hizo una seña que en el lenguaje de signos venía a significar: «¡estoy hasta los huevos! ¿Cuánto tiempo más vamos a estar aquí, joder? ¡Tengo que meterme!».

El Viky le contestó utilizando el mismo canal de comunicación: «¡Te jodes, maricón! Si no quieres dar el palo, te jodes y te abres, pero a mí no me toques más los huevos».

El otro entendió perfectamente y tras pensárselo unos segundos decidió quedarse. El Viky encendió otro cigarro justo cuando una mujer aparcaba un R-12 frente al banco en doble fila. Tiró del freno de mano, apagó el motor y salió del coche con el bolso en la mano. Echó la cerradura y se dirigió al banco. El Mono sonrió al Viky desde la acera de enfrente, dejando ver una fila irregular de piños ennegrecidos por la mala vida.

-Sí, gilipollas, sí, es la pardilla -masculló el Viki escupiendo la colilla del cigarro.

El Mono se dirigió hacia el coche, extrajo del bolsillo de su pantalón de pitillo un estilete automático y lo hundió en el neumático trasero del lado del conductor. Tenía que ser ese y no otro, ya lo sabía de otras veces. Después volvió a su puesto.

Cuando la mujer salió del banco, aún iba guardando la cartilla gris, de la que sobresalían unos billetes nuevos, en su bolso. Abrió la puerta del coche, tiró el bolso hasta el asiento del copiloto, montó, cerró y arrancó. Encendió la radio antes de meter primera. El locutor se quejaba de la inseguridad ciudadana y de lo poco que hacía el Gobierno para acabar con las bandas de delincuentes que poblaban los barrios de la periferia.

El R-12 empezó a andar y ella notó algo raro. Al coche le costaba avanzar. Aun así giró por la calle Troya, pensando que quizás debería llevarlo al taller para que le hicieran una revisión.

-¡Esta tía es gilipollas! -gritó el Mono-. ¿Pero es que no se cosca de que lleva la rueda pinchá?

-¡Calla, coño, que parece que vas anunciando el palo en voz alta! -gritó el Viky-. ¡Calla y corre, que se nos escapa la pardilla!

Ambos doblaron la esquina y empezaron a caminar a paso ligero mirando para todas las direcciones. Sus cuerpos, escuálidos, eran como dos juncos que hubieran cobrado vida. El Viky cruzó la calzada en diagonal para cambiarse de acera. Los dos siguieron caminando deprisa, como dos lobos acechando a una presa.

La mujer, finalmente, ante la negativa del coche a circular normalmente, paró y bajó con la esperanza de descubrir la causa del anómalo comportamiento del vehículo.

Que el Viky caminara por la acera de la izquierda no era un hecho elegido al azar. De los dos, era el que tenía una fisonomía más presentable. El Mono daba miedo hasta a su madre. Sonrió a la mujer, procurando aparentar naturalidad.

-Tiene una rueda pinchada, señora -le dijo a la dueña del coche con la mejor de sus sonrisas-. Es la de atrás -continuó la farsa señalando la rueda.

-Es verdad -dijo la mujer, que ya veía al joven rubio cambiándole la rueda, porque ella en cuestión de gatos y de tuercas…

Se agachó para comprobar el estropicio. En ese momento, el Mono abrió la puerta del copiloto, en el lado contrario al que se encontraba la mujer, y se hizo con el bolso. Echó a correr calle abajo perseguido por el Viky.

La mujer no se dio cuenta inmediatamente de la argucia de los dos chavales para robarle el bolso, pero cayó en la cuenta de lo ingenua que había sido antes de que ellos doblaran la esquina de Troya con Ilíada y empezó a gritar.

-¡Socorro, me han robao el bolso, me han robao el bolso! ¡Al ladrón, al ladrón!

Mientras gritaba tirándose de los pelos, una mujer y un hombre, ambos de mediana edad, se acercaron para socorrerla.

-¿Dónde está la Policía cuando se la necesita?

-Yo soy policía -dijo el hombre- y he visto lo que ha pasado. No se preocupe.

El policía, que en ese momento no estaba de servicio, echó a correr detrás de los dos yonquis, que parecían estar haciendo la prueba de los cien metros en las olimpiadas, solo que en la calle Ilíada.

-¡Alto, Policía! -gritó. Y en ese momento echó de menos su pistola reglamentaria.

El Mono se agarraba al bolso de la mujer como si fuera la última cosa que le enganchara a la vida. El Viky solo pensaba una cosa: «¡Corre, corre…!».

La fatalidad, desde la perspectiva de los dos yonquis, hizo que un coche zeta saliera de la calle Lucano y doblara por Ilíada frente a ellos. Lo rebasaron. Fue una bendición, sin embargo, para el policía fuera de servicio, que ya iba con la lengua fuera como consecuencia de la persecución. Blandió su placa a los compañeros que, tras una breve explicación telegráfica, comprendieron la situación. Entre que el hombre se montó en la parte de atrás del coche y que tuvieron que maniobrar para tomar el sentido contrario, los delincuentes cobraron cierta ventaja. Doblaron la esquina de Ilíada con Las Musas, y conscientes de esa ventaja decidieron actuar. Aunque pueda parecer ciencia ficción a los ojos de un profano, en menos de un minuto el Viky abrió un catorce-treinta con una tonta, tiró de los cables de debajo del volante y le hizo el puente. Cuando salieron a toda velocidad, el coche patrulla estaba casi pegado a ellos.

-¡Alto, Policía! ¡Alto o disparamos! -escupía el altavoz del coche zeta.

El Mono respondió sacando medio cuerpo por la ventana del copiloto y, empuñando un revólver, precisamente sustraído a un policía en un robo, empezó a disparar.

Una huida a tiro limpio. El vehículo de la Policía zigzagueó, rozando sus laterales con las dos filas de coches, pero aun así, el policía que iba de copiloto respondió a tiros con su arma reglamentaria. El Viky pisó el acelerador a fondo y dio la curva de la iglesia en dos ruedas, cobrando una relativa ventaja. El policía avisó por radio de las incidencias. No hizo falta dar una descripción detallada de los delincuentes. El Viky y el Mono eran más conocidos en el barrio que el bigote de José María Íñigo en televisión.

-¡Dale, caña, Viky, dale caña, que nos fríen!

-¿Qué crees que estoy haciendo, capullo?

Mecagüen la hostia, tronco, qué puta mala suerte -dijo el Mono mientras sacaba la cartilla del banco del bolso de la pardilla-. ¡Joder, la pava ha sacado cien talegos, colega! ¡Cien talegos!

-Sí, de puta madre, pero ahora tenemos otro problema. Los maderos habrán llamao por radio y a estas horas seguro que toda la pasma de San Blas sabe que vamos en un catorce-treinta rojo, que hemos atracao a la pava y que hemos salido de najas a tiros. ¡Su puta madre, qué puta mala suerte, joder!

-¡Dale, caña, Viky, dale caña, que nos joden!

En las proximidades de la calle Boltaña, otro coche patrulla giró desde una bocacalle situándose justo enfrente del catorce-treinta. El Mono disparó y la luna delantera del coche zeta saltó por los aires en mil pedazos. Después, aún tuvo tiempo de girar el brazo ciento ochenta grados y disparar las últimas balas sobre el coche que les perseguía.

Mecagüen la hostia, nos hemos quedao sin balas, tronco! ¡Su puta madre!

El Viky se abalanzó sobre el coche que venía de frente. Estuvieron tan cerca, que pudo ver la «cara de acojone» de los dos policías antes de hacer un trompo y esquivarlos, introduciéndose por una pequeña calle que iba a dar a la Avenida de Aragón.

-¡De puta madre, tío, de puta madre! -exclamó el Mono bañado en adrenalina.

El Viky pisó el acelerador saltándose todos los semáforos hasta el desvío de la carretera de Barcelona. Tomó la autopista.

A esas horas, las emisoras de la Policía echaban humo. El comisario de San Blas, un hombre ya entrado en la sesentena y al que las bandas de delincuentes le estaban dando más disgustos que un hijo en paro, sudaba como si estuviera en pleno desierto. Se encontraba solo en su despacho, pero sus voces se escucharon hasta en el mercado, situado frente a la comisaría.

-¡Me cago en mis muertos! ¡Hijos de la gran puta! ¡Hijos de perra!

No se lo pensó dos veces. Marcó el número de un despacho de la Comandancia de la Guardia Civil de San Fernando de Henares. Mantuvo una breve conversación con su interlocutor, un viejo amigo.

-¡Me tienen hasta los huevos!

-¿Estás seguro de lo que me pides?

-¡Sí, joder, sí! ¡A matar!

Colgó el teléfono, se secó el sudor de la frente y echó un trago de la petaca de coñac que escondía en el cajón de su mesa.

-¡Hijos de perra! -bramó-. ¡Hijos de perra!

En la carretera de Barcelona, a la persecución se sumaron otros dos coches de Policía. Ya no había intercambio de disparos, estos iban en un solo sentido. La carrocería del catorce-treinta iba pareciéndose cada vez más a un queso Gruyer.

-¡Deprisa, deprisa, Viky!

-¡Cállate ya, cojones, que me tienes hasta el nabo!

Los dos yonquis iban sorprendentemente ilesos.

Fue el Mono el primero que los vio. Apostados en el puente de San Fernando y empuñando metralletas, un grupo de guardias civiles distribuidos estratégicamente los estaba apuntando.

-¡La hostia, tío, la hostia!

-¿Y ahora qué coño te pasa?

-¡Los picoletos, tío, en el puente! ¡Me cago en su puta madre! ¡Para, para, tío!

-¡La madre que los par…!

Las ráfagas sonaron como un estallido de esperanzas mudas. Los guardias acribillaron al catorce-treinta que, tras serpentear por los dos carriles como una marioneta sin control, dio varias vueltas de campana y saltó por encima de los guardarraíles de la carretera.

Después, el silencio.

Tras quince minutos, las sirenas de las ambulancias, las de varios coches más de la policía y de la guardia civil parecían querer romper la barrera del sonido.

El barrio está como siempre. El fracaso está impreso en cada esquina. Es primavera, pero lo único que florece por cada calle es la tristeza. La esperanza se esconde por las rendijas de un asfalto que cruje a cada pisada, que asesina sin tregua cada suspiro y levanta aromas de rosas de espinas.

En el barrio, el amor está en cada esquina, debajo de una farola del parque donde dos yonquis se abrazan porque no hay nada a lo que aferrarse, salvo a la esperanza dormida que generan las dudas. Es temprano, ya ha amanecido. Sentado sobre el murete que rodea un sucio parterre lleno de botes de cerveza y chutas usadas, el Viky los mira desde la tranquilidad que le otorga el chute que acaba de meterse con el dinero de una sirla que ha dado en el Metro. Ha pasado un año desde que el Mono murió desangrado como un perro en la cuneta de la carretera de Barcelona. A él le ha quedado como recuerdo una cicatriz que baja como un meandro enloquecido desde su ojo derecho hasta debajo de la nuez. Se libró por los pelos. Cuando se mira en el espejo ve a un monstruo con la cara deformada. Si habla, la gente le mira como si fuera un despojo.

Está muy desmejorado.

Tanto, que ya no puede buscarse la vida como antes.

Tanto, que ha tenido que hacerse confite de la pasma para asegurarse algunos chutes.

Tanto, que cualquiera de los manguis del barrio le da una paliza de vez en cuando por chivato.

El Viky se levanta y camina. Desde el incidente también arrastra una pierna. Los yonquis que un minuto antes se estaban besando bajo la farola ahora se pelean. Ella le dice a él algo muy feo y él la abofetea. El Viky no hace caso, continúa andando. Se lleva la mano a la cintura y palpa la culata de una pipa robada la noche anterior en un bar de la calle Amposta. En el bar venden cervezas, vinos, heroína y sí, también pipas.

El Viky vuelve al banco Central, el mismo en el que empezó la ruina de su vida. Esta vez no va a esperar a una pardilla. Entra en el banco y apunta a todo el mundo.

-¡Esto es un atraco y al que se mueva le reviento los sesos! ¡Que no se mueva nadie que estoy mu loco!

Lo dice con una voz tan rasposa y cómica que los clientes y los empleados no saben si tomárselo en serio. Él lo sabe, por eso dispara al techo. En el banco se forma el caos. Las mujeres gritan, los niños lloran, los hombres no saben muy bien que hacer. Uno de los cajeros pulsa un botón de alarma con el pie.

Mecagüen mi puta calavera! -masculla el Viky.

Vuelve a disparar al techo.

Vuelven a llover esquirlas de yeso.

-¡Al suelo, joder, todos tumbaos en el suelo o monto aquí una masacre! -grita.

Luego se dirige al cajero más próximo, le pone el cañón de la pipa en la frente y le exige que le dé el dinero en una bolsa. Antes de que el cajero diga nada, se escuchan las sirenas de la Policía. En menos de dos minutos, la puerta de entrada se llena de coches zeta y de policías.

-¡Tú, pringao, vas a salir ahí a la puerta y les dices que como intenten entrar me cargo a to la peña! -le dice al aterrorizado cajero-. ¿Te coscas?

-¿Yo…? Pero, pero…, oiga…

-¡Que salgas, hijoputa!

El cajero hace acopio de valor y sigue las instrucciones. El Viky le lleva hasta la puerta apuntándole por la espalda.

El cajero grita nervioso a la Policía dando el mensaje. Los dos vuelven a entrar caminando hacia atrás.

Un policía habla por un megáfono.

-¡Salga con las manos en alto, está rodeado! ¡Si sale ahora, no le pasará nada! ¡No haga ninguna tontería y todo saldrá bien!

El Viky mira hacia afuera. Apunta a toda la pasma a través del cristal. Está jodido. Lo que le faltaba ahora es ir al trullo, otra vez.

No lo soportaría.

No, otra vez no, y más en el estado en que se encuentra. No podría defenderse.

No, no lo soportaría.

Guarda la pipa entre los riñones y el pantalón vaquero. Levanta las manos y se dirige hacia la puerta. La abre, despacio, y sale a la calle.

-¡Muy bien, chaval, muy bien! -dice el policía del megáfono- ¡Estás haciendo lo correcto! ¡Ahora, despacio, muy despacio, túmbate en el suelo boca abajo con las manos en la nuca! ¡No hagas ningún movimiento extraño!

El Viky obedece con una tranquilidad muy extraña. inicia el movimiento para tumbarse.

Pero solo se agacha.

En ese momento saca la pipa y se lía a tiros.

-¡Hijos de perra, pudriros conmigo en el infierno!

Son sus últimas palabras.

¡Pam, pam, pam…!

El cuerpo del Viky yace en la acera destrozado sobre un charco de sangre. Se ha casado con la muerte a la edad de diecinueve años. Los dos policías que se ha llevado por delante ya estaban casados. Sus mujeres han pasado al estado de viudedad por obra y gracia de la desesperación de un yonqui enloquecido. A sus hijos huérfanos les contarán el día de mañana que sus padres fueron héroes.

A los cincos días, una mujer de unos sesenta años vestida de negro derrama amargas lágrimas bajo un nicho de alquiler en el cementerio de la almudena. Deposita una rosa en el frontal de un nicho en el que se puede leer: «Víctor Santos Espinosa, 1966-1985. R.I.P».

El Viky era el más pequeño de sus seis hijos. Ahora ella está sola. Todos sus hijos han ido muriendo en atracos, en la cárcel o en las aceras con una jeringuilla clavada.

Sus hijos no han muerto en una guerra en la que se lucha por unos ideales.

Sus hijos han muerto en una guerra encubierta, una guerra sucia, una guerra en la que se muere sin dignidad, sin honor. Una guerra oscura y no declarada que todavía no ha terminado. Habrá más bajas, pero ya no serán de su estirpe. Su estirpe ya ha entregado toda la sangre que podía.

La mujer se aleja del nicho con los ojos resecos.

El manantial de sus lacrimales ha tocado fondo.

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La mujer de gris. Anna Mª Villalonga. 2015.

mujer-gris-anna-maria-villalongaHacía tiempo que le tenía ganas a esta novela. Premio Valencia Negra 2015 a la Millor Novel·la, había que prestarle la debida atención. Publicada originalmente por Llibres del delicte en català, y traducida por la misma autora para Navona Editorial en su versión castellana.

 

Nuestro protagonista, se ve inmerso, por su “locura, aburrimiento o confusión mental” como él mismo reconoce, en la vida de Gloria, una mujer con la que se encuentra por casualidad y a la que decide seguir e investigar. Poco a poco irá descubriendo, en principio, su gris vida. Con una serie de giros, la trama se complica hasta desembocar en una historia realmente negra. Pero siempre en un ambiente tranquilo y sencillo, en una vida cotidiana. Una cotidianidad insuflada hasta en los ambientes de barrios marginales en que se desarrolla. Los personajes no son los tópicos, ni policia, ni detectives, ni delito, ni malos, ni buenos. Podría ser cualquiera de tus vecinos, de tus compañeros de trabajo, de la gente del bar.

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Anna nos previene contra el gris social, contra los dramas que pueden esconder vidas supuestamente grises, anodinas y mediocres, en una sociedad anormalmente anormal. Y también nos previene contra nuestra autopercepción de insignificantes y desdeñables, proclamando nuestra gran capacidad de actuación ante determinadas situaciones. Sólo hace falta que suene el “clic” en nuestro cerebro. Siempre lleno de dudas, por supuesto.

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Con grandes referencias al cine: La ventana indiscreta, Psicosis, ¿Qué fue de Baby Jane?, Vértigo o a series como Breaking Bad, su protagonista se autodescubre viviendo entre frases y situaciones tópicas del cine negro, con un punto de socarronería que sortea el camino del melodramatismo en el que sería fácil caer. Durante el camino, nuestro protagonista, como buen héroe del género luchará contra sus miedos y a favor de la justicia, sea cual sea.

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Una novela que, a pesar de la referencia a estos tópicos, se construye al margen de cualquiera de ellos.

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