Prólogo completo de El arrecife del escorpión de Charles Williams.

El_arrecife_del_escorpion_portada_1En Todo Negro tenemos el privilegio de poner a vuestra disposición el prólogo completo de la novela “El arrecife del escorpión” de Charles Williams, escrito por su biógrafo, Hernán Migoya y reeditada recientemente por Medianoche Editorial.

En él se refleja el enorme poder de atracción de un autor clásico de novela negra que, quizá por el paso del tiempo, no disfruta del reconocimiento que se merece. Os recomendamos su lectura.

Todos los derechos son propiedad de Medianoche Editorial.

UNA HISTORIA FUNDAMENTAL

Prólogo de Hernán Migoya

No deja de ser divertido pensar que, entre la ristra de fracasos y frustraciones que ha sido mi vida, al menos puedo presumir de un extravagante mérito: soy casi con seguridad la persona que más sabe en todo el mundo sobre el extraordinario escritor texano Charles Williams.

Echo la vista (casi la vida) atrás y contemplo a ese niño asocial que tanto se aburría en un verano de inicio de los años 80. Tal vez la culpa de todo la tenga ese aburrimiento que provocaba la Cangas de Onís estival.

Sí, aquella ciudad implosiva de beatitud y modales sembraba un tedio casi cómodo en mi alma. Creo que en esa temporada pasaba yo solo unas semanas bajo el ala de mi abuela, una represora señora, ancha y agria, hacia la que nunca sentí nada. Mi abuela me obligaba a acatar una economía de posguerra prolongada por ella cuarenta años después de la guerra que la provocara. Ella regañaba. Ella miraba con disgusto. Ella era profundamente rencorosa e infeliz, aunque nunca lo pensé entonces. Por suerte su paso en mi infancia fue casi incidental y no provocaría ningún trauma aparente en el adulto que devine.

Pero aquel verano me aburría horrores. Paseaba por la placita frente elarrecifedelescorpion_Todo_negroal pisito, no hablaba con los niños de mi edad, a lo peor me cohibían, a lo mejor no necesitaba comunicarme. Con once, doce años, ansiaba que mi padre, cuando venía, me colara en la reposición de Perros de paja o, mejor aún, en la del hombre lobo de La bestia debe morir. Aún no había descubierto siquiera El Club del Misterio que tanto cambió mi vida. O sea, ahora que lo pienso, debió ser el verano de 1981 y yo debía estar por cumplir los 11.

En esa pulcra librería de la plaza había un expositor con muchos libros de bolsillo. La intuición me hacía inclinarme siempre por lo escapista. Merodeaba el expositor porque allí estaban los títulos buenos, los de aventura y crimen y riesgo…, y esos que no sabía aún qué eran y eran sexo.

El nacimiento de una obsesión

El arrecife del escorpión me impactó como ningún otro libro lo había hecho hasta entonces. Tal vez de ahí proceda mi desconfianza hacia los cánones literarios o las mitologías obvias y preponderantes. Años más tarde, pese a la marginalidad de su culto, fui encontrando en el camino de la vida otros devotos de esta obra.

¿Cuál es el secreto de El arrecife del escorpión que también ustedes están a punto de desvelar? Pues tal vez su premisa, más propia de una historia de aventuras que de una novela negra. O que de pronto se vuelva oscura y amenazante, con un suspense como nadie -absolutamente nadie en las letras americanas- ha sido capaz de igualar. O el hecho de que, cuando uno ya se cree aferrado a una pauta tonal, el texto se convierta en una letanía casi byroniana sobre el amor y el desamor.

Mi romanticismo adolescente se vio totalmente vindicado en el inesperado giro final de esta historia, que la transforman de sopetón y como quien no quiere la cosa en una de las pocas, de entre las muchas miles a las que nos expone una vida entera, que una persona carga consigo durante el resto de sus días.

Así ocurrió con ese niño de diez, once años. Me enamoré de la historia de amor (desde entonces me he enamorado más de la posibilidad del amor que de las personas, de ahí mi perpetuo fracaso emocional conmigo mismo y con el resto de la humanidad) y volví a ella en numerosas ocasiones, convirtiéndola en el motor de mi pasión por Williams.

A lo largo de esa misma década, Charles Williams siguió siendo publicado a salto de mata por la charles-williams-el-arrecife-del-escorpion-644101-MLA20269178882_032015-Fmisma Bruguera o por alguna otra editorial. De 1987 data La huida (Man on the run) y, a partir de ahí, su silencio en lengua española. Sólo el cine nos lo trajo de vuelta con dos excelentes títulos: Calma total (Dead Calm de Philip Noyce, 1989), que refleja a la perfección el espíritu del estilo williamsiano, precisamente con sus calmas densas y sus estallidos de tensión insoportable, y la pegajosa Labios ardientes (The Hot Spot, 1990, de Dennis Hopper), basada en otra de sus obras maestras absolutas.

Luego, la nada. El mundo olvidó a Charles Williams.

La pasión de los débiles

Aquí viene la parte épica de la vida real: yo no le olvidé. Y unos cuantos valientes defensores de la novela negra clásica tampoco.

Casi todos sus fans españoles estaban enganchados a Williams por El arrecife del escorpión y casi todos se congregaban anualmente en torno a la Semana Negra de Gijón. Durante los años 90 era habitual recaer en loas a esta obra con afecto de niño encandilado y adulto beodo de sidra. Llegó un momento en que la comunión era tal que me animé a plantearle a Ángel de la Calle, coorganizador de la Semana, una búsqueda biográfica del autor de La llarga nit del disabte (la colección catalana La cua de palla también lo incluyó entre sus selectos editados) con la intención de aclarar el misterio en torno a su figura. Porque la realidad era que se sabía muy poco en torno a Charles Williams.

En 1997 yo debía acudir a la Convención de Cómic de San charleswilliamsDiego (la hoy célebre Comic Con) para desempeñar mi trabajo como editor de cómics. Sabía por los escasos datos conocidos sobre Williams que había muerto en California, según la versión oficial suicidándose mediante el sencillo método de hundir el barquito donde vivía. Yo descubrí que esa versión era falsa, popularizada por Truffaut para promocionar su última película, basada precisamente en The Long Saturday Night, y que en España se tituló Vivamente el domingo.

Mi intención inicial era simplemente averiguar dónde estaba enterrado Williams y presentar mis respetos ante su lápida. Luego viajé a Texas: recalé una semana en la ciudad natal del autor, San Angelo, y averigüé su ascendencia familiar gracias a los archivos almacenados en Austin. San Angelo se me reveló una maravilla de ciudad sureña que pude recorrer a placer, paseando mis 27 años bajo sus álamos y tomando alcohol con los emigrantes mexicanos en las frescas noches texanas, a la orilla del mítico río Conchos. Terminé encontrando un enredado hilo de madeja que me llevó a su antiguo agente, Don Congdon, por aquel entonces un ya casi octogenario señor que me recibió en su despacho de Nueva York, agradablemente sorprendido ante mi interés por un escritor ya olvidado que también fue su amigo.

Él me puso en contacto con Alison Williams, la hija de Charles. Durante meses, ya de vuelta a España, intercambié correspondencia con Alison y ella me proveyó de todos los libros que me faltaban de su padre, que eran más de la mitad. Me envió ediciones originales y, cuando no contaba con un ejemplar de sobras, fotocopias que todavía conservo como si fueran manuscritos; incluso me regaló una edición original de Dead Calm de los años 60 y dos legajos de sendos guiones mecanografiados que Charles Williams nunca llegó a vender a Hollywood.

Entretanto, aprendí mucho sobre Williams, su vida y su obra. También sobre su muerte: Alison me contó cómo descubrió el cadáver de su padre en su apartamento de Van Nuys, punto sin retorno de una etapa en la que él se debatía en las garras de una depresión imbatible.

charleswilliamslatormentaylacalma_Todo_NegroAverigüé tantas cosas, que pude hacer realidad mi sueño de escribir un libro sobre mi mayor ídolo literario. Charles Williams: la tormenta y la calma fue mitad ensayo mitad biografía: un compendio de su vida más un recorrido detallado por sus veintidós novelas, casi todas inéditas en castellano (contando sus ediciones en España y Argentina). El volumen se completó con cien páginas de correspondencia entre Williams y su agente, Congdon, que Alison donó a la biblioteca de San Angelo.

Lo que no hice finalmente fue averiguar dónde estaba enterrado. Creo que un extraño pudor me ha impedido siempre preguntárselo a Alison. Me fui de su país sin presentarle mis respetos.

Supongo que el libro mencionado ha sido mi mejor homenaje: lo editó en 1998 la propia Semana Negra de Gijón como parte de un hermoso tributo para el cual trajeron a la propia Alison. Fue emocionante verla temblando y llorando de emoción al hablar de su padre ante una concurrencia entregada.

El libro fue más tarde reeditado por Glénat España, concretamente en 2001, gracias al respeto por las pasiones ciegas que siente su editor, Joan Navarro, a sabiendas de que se trataba de un suicidio comercial: una biografía sobre un autor que nadie leía ni editaba en castellano desde hacía quince años. Mi estudio nunca llegó a traducirse al inglés, pero son numerosos los especialistas en novela negra y concretamente en Williams que lo conocen o lo mencionan o muestran su interés en acceder a él.

Contra el olvido

Desde la aparición de su última novela publicada en España han pasado veintinueve años. Casi tres décadas. Las tres décadas fundamentales de mi propia vida.

La ilógica de esta realidad es un cilicio en mi torso. Nunca he entendido cómo gente que se dice conocedora del género negro clásico ignora la obra de Charles Williams o pasa por ella de puntillas. Para mí, indudablemente, es el mejor escritor de suspense que existe, y de esa segunda hornada de buenos escritores estadounidenses de los años 50, en mi opinión sólo le hacen sombra Jim Thompson y John D. MacDonald (quien, por cierto y extrañamente, siendo la influencia principal de autores reconocidos como Stephen King, jamás ha obtenido tampoco excesiva popularidad en España).

Ahora, otros locos devotos como yo, empezando por Manuel Arana y su Editorial Medianoche, quieren devolver el oscuro culto a Charles Williams al luminoso altar de la popularidad que se merece. Y Arana lo hace empezando por su obra más mítica. Precisamente El arrecife del escorpión en la traducción sagrada de Beatriz Podestá. Tal vez así brote un revival de Charles Williams que traiga a nuestras manos obras magistrales que jamás conocieron una edición en castellano, como las incomparables River Girl o The Concrete Flamingo.

Ojalá esta edición llegue sobre todo a nuevas manos que no conocían la obra de Williams. Ojalá no solamente aterrice en las callosas de los que ya lo adoramos, sino en las palmas inocentes de otros niños y niñas, adolescentes y personas adultas, que nunca habían oído hablar de este autor. Y que, como yo a los diez años, entrarán en sus páginas sin saber muy bien qué encontrarse, para acabar encontrándose a sí mismas.

Para comprender que todos somos Bill Manning gritándole a Shannon que vuelva, que no se hunda en el olvido, que nos diga que el amor hallado y perdido no fue una invención.

Hernán Migoya

Lima, 12 de Diciembre de 2015

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Una de las pocas imágenes que se conservan de Charles Williams

 

 

 

Autores en Todo Negro.

Un verano para leer sobre todo aquí, donde el rigor veraniego hace prohibitiva, durante gran parte del día, la danza trotamundos por el trazado urbano. Asadura de cerebros y de gomas de zapatos de gamuza azul antes del anochecer. Sudor y mala leche. Y cerveza, mucha cerveza.

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Nadie sabe como ha sido, pero todos han desaparecido. Es tu momento, una novela negra para los urbanitas que nos abandonamos a la pereza, o simplemente al miedo de salir de nuestro medio natural.

A elegir, mexicana, americana, española, finlandesa, argentina, francesa, inglesa… para todos los gustos. Sádica, más sádica, introspectiva, actual, clásica, humorística, transcendental…Lo dicho para todos los gustos.

Estos son los autores que con el tiempo se han infiltrado en los post de Todo Negro. Si buscas lecturas de género o simplemente tienes una piedra en el zapato, elige a un autor, introdúcelo en el buscador y tendrás su reseña. Son especialistas en corroer mentes y sacudir conciencias, en hacerte reir y en pasar un buen rato, en definitiva, en disfrutar leyendo, que para eso también está el verano y este maldito calor. ¡Quizá encuentres lo que buscas!

¡BUEN VERANO !

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TODO NEGRO

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La brigada de Anne Capestan. Sophie Hénaff. 2016

La_brigada_de_Anne_CapestanLeyendo la sinopsis de esta primera novela de Sophie Hénaff caí en el error de pensar que estaba ante un nuevo Dortmunder, una variante de las crook stories de mi adorado Westlake, esta vez no con una banda de delincuentes, sino de una banda de policías, pero me esperaban sorpresas…

Tomando como premisa la creación de una brigada en la policia parisina compuesta por los desechos funcionariales del 36 del muelle de les Orfèvres, la señora Hénaff nos presenta inicialmente un grupo heterogéneo de personajes estrambóticos:

La jefa Anne Capestan, comisaria de gatillo fácil junto con el teniente Torrez, un gafe del que huye todo el mundo, con el comandante Lebreton, ex-asunto internos, con la capitana Eva Rosière, además de policía estrella de la novela negra, rica y generosa, de exquisitos gustos, y con otros policias de carácteres difíciles conforman una brigada creada por el jefe de la policia Buron.

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Pero Buron tiene otra cosa en la cabeza, ya se sabe que los objetivos de los jefes tienen sus motivaciones ocultas y éste no iba a ser un caso especial. Buron sabía lo que quería cuando formó este experimento de policías desahuciados, y no era en balde.

La brigada, herida en su orgullo, pone toda la carne en el asador, intenta sacar lo mejor de sí misma, se empeña en demostrar que sólo es fruto de la casualidad que pertenezcan al grupopoulets_Grilles_Todo_Negro más denostado de toda la policía parisina.

Lo más destacable de esta novela es la facilidad con la que la autora nos lleva de la mano desde la parodia, la cotidianidad de vidas de policias con sus carácteres y problemas, quizás más parecidos a la realidad de lo que podría parecer, hacia las profundidades de un caso con raíces en el pasado, una fórmula que muchos autores utilizan cada vez más como argumento y base de sus novelas. Un hecho acaecido en un pasado remoto que sale a la luz transcurrido el tiempo. Y en este caso, el suceso es de lo más truculento. No nos damos cuenta del momento de la novela en que el punto irónico desaparece para dar paso a la transcendencia de la labor policial.

Una novela fresca al principio, dura al final, con una transición gradual de un planteamiento al otro para hacer que nos asomemos nuevamente a las oscuridades del alma humana, como buena polar.

Y eso es una puñalada trapera por la espalda. En el buen sentido, si lo tiene.

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Propuestas de novela negra.

No, no podéis comprar esta colección, deteneos. Cada novela es de su padre y su madre, y de su editorial, pero las he reunido aquí para quienes quieran perderse entre las mejores historias del género negro. Una colección virtual, vaya.

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No, tampoco es la lista de siempre. En una brigada manda el jefe, en este caso el placer de unos cuántos que han prestado oído a su satisfacción cuando leían. Una banda que el azaroso destino ha juntado para ponernos sobre la pista de los mejores títulos. Podrán o no coincidir con tu gusto, pero siendo unos elementos con tanto territorio dominado no se pueden ignorar su gustos. Hacedles caso, saben de lo que hablan. Os recomiendan lo que, alguna vez, emocionaron a sus ojos.

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A cada uno le ha dado por una cosa, mediterránea, nacional, con humor, o al más puro noir americano. Con mayor o menor crítica social. Algunas actuales, otras viajan a los clásicos. Ellos sabrán.

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El verano holgazán y contemplativo incita a la relajación de los sentidos, a disfrutar de ellos, y a permitirse ciertos caprichos. Aquí tenéis nueve. Gracias amigos.

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Podéis ver más portadas en Diseño de portadas.

¡¡¡¡ FELIZ VERANO NEGRO !!!!

La ciudad de la memoria. Santiago Álvarez. 2015.

la_ciudad_de_la_memoria_de_santiago_alvarezLa ciudad de la memoria es un tributo al género negro. Las citas de películas clásicas al inicio de cada capítulo es una declaración de intenciones. El sueño eterno, Atraco perfecto, Historia de un detective, La jungla de asfalto marcan los estados de ánimo al lector.

Y Vicente Mejías también. Nuestro protagonista, detective, chapado a la antigua, al margen de nuevos tiempos, adopta una posición nostálgica y romántica de su quehacer negándose a desprenderse de los atributos que perfilan a un detective clásico. Gabardina, reloj de cadena e incluso pistola, pero la historia de la pistola es otra historia.

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Su adoración por Bogart, su Bogie, despeja cualquier duda para aquél que todavía la tuviese. No puedo dejar de recordar a Samuel Esparta, detective creado de la mano de Ramiro Pinilla, de sus compinches Hammet y Chandler, de Koldobike y de su intento de preservar una época en que se adoraba a los detectives.

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Tampoco vive en una burbuja. Sabe que ahí fuera se funciona de otra forma pero los motores que mueven a las personas siguen siendo los mismos. La ira, el orgullo, y la avaricia sobre todo. Pero siempre hacia delante, su tendencia natural, quizá por su pasado, quizá por que no le queda otro remedio. La ciudad de la memoria tiene cierta profundidad sentimental que es difícil de encontrar en la extendida superficialidad de mucha novela actual.

En contraposición, Berta, su ayudante-becaria-necesitada, es una joven cumplidora de las exigencias sociales para la obtención de un medio de vida. Estudiante y trabajadora. El elemento equilibrante entre fantasía y realidad, obligando a su jefe Mejías a precindir de ciertos hábitos.

La ciudad de la memoria es algo más que unos personajes, es un viaje por las vidas de personajes. Toda una vida, como dice la canción, me estaría contigo. Gente que pulula por esta historia, que viven y vivieron situaciones políticas y sociales actuales y pasadas. El pasado siempre nos acompaña, hasta el final. Si eres de los que gustan de hechos trascendentales que marcan el futuro, ésta es la tuya.

La crítica social tampoco deja de estar presente. Una mirada por la creación de fama, fortuna y riqueza, no exentas de culpas y remordimientos revueltos entre falta de escrúpulos, y quizás más comunes de lo que podría sospecharse.

A pesar del apego a épocas pasadas, el detective Mejías nos permite, no sé si gracias a Berta y su avanzadilla tecnológica, ciertas licencias a sus lectores que ni Marlowe ni Spade hicieron: acceder a sus archivos. Yo creo que Berta se excedió en sus atribuciones, y sin la autorización de Mejías nos deja ver, su “libreta de apuntar gilipolleces”. ¿Qué detective que conoces te dejó que urgaras en ella? Échale un vistazo

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Una novela redonda como el fondo de un vaso de whisky. ¿Laphroaig?

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Peaky Blinders. Serie. 2013

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Los Shelby son los cabecillas de los Peaky Blinders. Los hombres de cuchillas en la gorra. Terror, gansterismo y mafia generalizada en la sucia Birmingham tras la Primera Guerra Mundial.

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El negocio, las apuestas ilegales. Reparto de beneficios, para todos, también para la policía. Pero el ambiente se inflama cuando por error se roba un arsenal y el mismo Churchill toma cartas en el asunto. Su enviado lo resolverá, a cualquier precio. Y además de polis y bandas, también campan por la ciudad grupos anarquistas y respetados miembros del IRA, y a ellos también les interesan las armas. 3, 2, 1….

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Sus fuentes son varias: “Broadwalk Empire”, pero menos elitista y más barriobajera, en realidad está un poco más cerca de “Gangs of New York” y “El padrino”, como no, en la que Thomas Shelby quiere convertir a la banda de su familia en un negocio legítimo, como Michael Corleone.

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Maldiciones gitanas, neurosis de guerra, canales y barcazas, prostitutas en medio de lamentables condiciones de vida de los ciudadanos, en los inicios de la vida industrial. Los personajes con carácter: Thomas Shelby, el jefe del clan, de ojos gélidos y mirada implacable, cruel y familiar; Inspector Chester Campbell, nuevo jefe de policia, fanático moralista, encargado de encontrar las armas y a ser posible limpiar Birmingham; Grace Burgess, camarera y algo más que cara bonita, con su historia de amor; Aunt Polly, matriarca del clan y vigilante de métodos y estrategias; Arthur y John Shelby hermanos de Thomas, sometidos a la poderosa influencia de su hermano mediano, más humanos y quebradizos.

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Estéticamente muy conseguida, sus premios BAFTA a la mejor dirección, mejor vestuario, mejor fotografía e iluminación la avalan.

Y si la historia tiene su parte de realidad conquista todavía más. Lo dicho la realidad supera la ficción, los Peaky existieron, la BBC en su web publicó la verdadera historia. Podéis leerla aquí

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La banda sonora de la cabecera pertenece al gran Nick Cave y su Red Right Hand. Otro punto más a favor.

Él es un dios, él es un hombre,
él es un fantasma, él es un gurú

Humo, en el verano del 58. Raúl Argemí.

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Por Raúl Argemí.

Fueron tres los hombres, fueron tres las mujeres; y tal vez fue en marzo, mes tercero del verano austral, a las tres de la tarde, cuando supe que la muerte y la locura siempre atacan por sorpresa.

Yo tenía doce años, múltiplo de tres; aunque no venga al caso. Y Tandil era el sitio entre sierras, de la provincia de Buenos Aires, donde pasaba las vacaciones. Tandil era la casa de mis abuelos y la de mis tíos.

El abuelo regaba la huerta y yo miraba con las manos en los bolsillos. Entonces, por sobre los techos comenzó a alzarse una columna de humo negro, espeso, como de película de guerra, y él dijo:

¡Se está quemando la casa de Miguel!

Era cierto. A la vuelta de la otra manzana, por detrás de la casa de mi tío, al fondo de un terreno largo y estrecho donde agonizaba una huerta invadida por la maleza, ardía el rancho donde vivía Miguel. Todavía sin llamas, de los techos ascendía una columna como de petróleo quemado.

A los pocos minutos, cuando el rancho de cartones embreados comenzaba a arder por los cuatro costados, llegaron el camión rojo, la sirena y las mangueras.

Excitado, tropezando con los bomberos, fui de un lado a otro, entre los vecinos que habían abandonado la siesta. La pregunta era si “Miquel” había escapado del incendio.

Miguel, o “Miquel”, como algunos lo llamaban, tenía fama de raro. Vivía solo y, a mis ojos, que un par de veces lo había visto hablar con mi abuelo, parecía como requemado por la vida. No era extraño. Miquel era checo, o búlgaro, o algo por el estilo que hablaba de una Segunda Guerra feroz, brillante y heroica tal vez en el cine, que había llenado los barcos con inmigrantes muy lastimados.

Hablaba poco y con acento muy marcado. Hasta el día del incendio me era ajeno. Luego, su imagen me acompañaría para siempre.

Porque Miquel era amigo de José, “el Ruso”, que en rigor era polaco, y el Ruso estaba casado con la cuñada de mi tío; y a ese lo conocía bien. Cuerpo de oso bajito, sonrisa tímida y un castellano lleno de ruidos divertidos. También venía de un pasado del que nunca hablaba. El Ruso se pasaba el día dale que dale al martillo, los clavos en la boca, remendando zapatos ajenos.

El tercero, porque eran tres los amigos inseparables, también era de por ahí, de Polonia, Rumania o Croacia, pero parecía una persona normal, como cualquiera, sin acentos. Del tercero no recuerdo el nombre. Sí que vivía con su mujer y su hija en una casita blanca, unos cien metros más abajo que mis abuelos, cerca del puente sobre el arroyo.

Con los vecinos en la calle y el agua ahogando las llamas del cartón embreado, los bomberos pudieron entrar al rancho, y enseguida corrió la voz: había un muerto. Un hombre muerto sobre la cama.

Pobre Miquel —dijo alguien—, el incendio lo agarró durmiendo la siesta.

Con los bomberos entraron un par de policías y dos o tres del barrio, como testigos.

Supongo que me lo invento, pero recuerdo que, al mismo tiempo que supe del muerto sobre la cama, también supe que no era Miquel. Que Miquel, un rato antes de que se viera el humo renegrido, había pasado muy de prisa, con un paquete de papel de diario en la mano, en dirección al centro. Y, esto no lo imagino, lo sé, fue la vieja, la desdentada cara de bruja suegra de mi tío, quien dijo:

¡Va para la casa del Ruso! ¡Se lo dije, ese hombre está loco!

Y mi abuelo y mi tío que corrían hacia lo del Ruso, mientras mi tía comenzaba a llorar a gritos, presintiendo la desgracia.

No podía, no tenía con quién compartir lo que sabía, y vagué sin rumbo, hasta enterarme del rumor confirmado: le habían dado con un martillo en la cabeza. El muerto no era Miquel. El muerto era el amigo de la casita blanca.

Entonces pude ver, en aquella esquina, a las tres mujeres. Hablaban. La mujer y la hija del tercer amigo miraban hacia donde trabajaban los bomberos, y sonreían. La otra mujer les hacía un chiste.

La tercera, cuando pasé a su lado, me miró con esa cara y dijo:

¿Por qué no vas a ver si tu abuelo está en su casa?

Tardé en entender. Pero supe que ella ya sabía quién era el muerto, y que me estaba echando para que no metiera la pata.

Me senté en el umbral y desde allí seguí mirándolas: dos que reían y una que les hacía chistes, porque las otras aún no sabían.

Recién un año más tarde, en las siguientes vacaciones, pude completar la historia. Miquel, el Ruso y el otro eran inseparables. Se habían conocido en el barco que los traía de Europa.

Miquel, el que no tenía a nadie, había comenzado a decir que lo querían matar, y se había comprado un revólver. Había dejado el trabajo, abandonado la huerta, y de noche no dormía; vigilaba con la pistola.

El Ruso y el tercero lo justificaban ante sus familias, que no querían verlo sentado a sus mesas, con esa cara de barba crecida y mirada de loco. Eran amigos.

Un día Miquel supo, o decidió, vaya uno a saber por qué, que sus amigos lo querían matar. Y llevó al tercero a su casa. Y el martillo, y el fuego quemando la casa pira funeraria. Y el revólver en el papel de diario, y la caminata decidida hacia la casa, el taller de zapatos del Ruso.

Cuando el Ruso volvió a la vida, después de meses y meses de caminar, mudo y sordo, por los pasillos del “loquero”, pudo contarlo.

Le vio cara rara, más que de costumbre, cuando entró al taller donde él estaba poniendo tacos a unas botas. Y, sin contestar a su saludo, abrió el papel de diario y le gatilló dos veces el revólver, apuntando a la cara.

Las balas eran viejas, o al Ruso lo protegía un ángel, porque no salió ninguno de los dos tiros y él supo que no era una broma. Que Miquel venía a matarlo.

El Ruso, bajo y fornido como un oso. Miquel, alto y flaco, pero loco. Rodaron peleando, uno por su vida y el otro por la ajena, mientras las cuatro balas que quedaban en el revólver cavaban agujeros en el revoque de las paredes y el silencio de la siesta.

Unos vecinos ayudaron a reducir al loco y, entonces, me dijeron, José, el Ruso que era polaco, comenzó a llorar a alaridos; hasta que cerró la boca y dejó de atender lo que sucedía a su alrededor, por muchos meses.

Los muchos, muchos meses que tuvieron que pasar hasta que preguntó por el tercero. Porque él, de alguna manera, ya sabía lo sucedido, desde el momento mismo en que Miquel comenzó a dispararle.

Eran tres hombres. Tres amigos llegados en el mismo barco. Uno recuperó el habla y nunca más quiso hablar de lo sucedido. Otro seguramente se sumergió para siempre en su soledad, en el asilo para dementes. El tercero murió a martillo y traición, sobre una cama.

Pero lo que más recuerdo de esa tarde en que la muerte y la locura se me hicieron tan presentes, tan imprevisibles, tan bestias feroces que me dejaban sin defensas, son las tres mujeres en aquella esquina.

La que no sabía que era viuda, la que no sabía que era huérfana, y la que sí sabía y, a su manera, postergaba una muerte haciéndolas reír.

Reseña de su último libro “A tumba abierta“.

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Todos los derechos del relato son de Raúl Argemí.