La caza. Monteperdido. Serie. 2019.

Y volvemos a la eterna discusión, serie española, ¿bien o mal? Pues como, siempre, según del color con el cristal con que se mire. Aunque sean pocos y mal avenidos.

Una serie de niñas perdidas o secuestradas en un ambiente rural de miradas cortas y perspicaces, de sabiduría y costumbrismo popular, de sociedades cerradas donde queda más expuesto lo peor de cada casa en un lugar donde es complicado esconderse, transcurre esta nueva producción de la primera de la pública TVE.

Recuerdo otra anterior del mismo estilo y que, para mí, fue un desesperante ejercicio de paciencia y esperanza a fin de encontrar la calidad más por deseo que por fe. Fue “Bajo sospecha”, con shares entorno al veinte por cien. Éxito mediático en su momento pero que no dio más que para una discreta segunda temporada allá por el 2016. Fue una caída hacia el aburrimiento y el abandono. ¿Estaremos ante lo mismo?

Esto que os cuento podría no ser verdad, ya que cuando escribo esta disertación solamente llevamos consumidas la mitad de los capítulos. ¿Pronto? A veces gusto de imaginar.

Volvemos además de a escenarios conocidos, a personajes que desempeñan los ya habituales papeles de este ambiente oclusivo, el cacique, el obediente, el desesperado, el chulo e incluso el neutro. Con caracteres policiales muy manoseados. Intentan, siempre sin salirse de los cánones aportar cosas nuevas que no lo son tanto, siempre cambios en ligeros matices pero nada de fondo.

Pero he ahí que en el cuarto capítulo se produce un giro en el guión que promete, del que se puede sacar partidos. Ya veremos si se aprovecha la oportunidad. Al menos en mitad de la serie parece que toma nuevos rumbos. Como decía, ya veremos. Quizá lo conviertan en un folletín de desangelados traumas personales donde se abandone la trama policial para mostrarnos lo corroído de las mentes humanas pero sencillas.

Aplausos para Francis Lorenzo en su papel de Santiago, jefe de la Guardia Civil encargado del caso y pilar de la serie y silbidos para el papel que interpreta Megan Montaner, segunda de Santiago y con una mochila mental que la convierte en el objeto depositario de más empatías por desamparo que por fortaleza. Muy visto.

Como decía, ya veremos.

Ficha técnica:

Título original: La caza. Monteperdido.
Año: 2019.
Duración: 70 min.
Dirección: Agustín Martínez (creador), Luis Moya (creador), Salvador García Ruiz, Alvaro Ron.
Guion: Jorge Díaz, Agustín Martínez, Antonio Mercero, Miguel Sáez.
Música: Juanjo Javierre.
Fotografía: Juan Molina, Guillermo Sempere.
Reparto: Megan Montaner, Alain Herández, Francis Lorenzo, David Solans, Pablo Derqui, Ester Expósito, Mar Sodupe, Jordi Sánchez, Bea Segura, Beatriz Carvajal.
Productor: DLO Producciones / Televisión Española (TVE)

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Carlo y Malik. Serie. 2018.

Esta vez es una recomendación con sus reservas, positivas para aquellos declarados amantes de Brunetti y Montalbano en su vertiente serial, para los que gustan del reposo de la investigación policial, para aquellos en los que la vida del policía es algo más que el puro trabajo, tan visto en la producción norteamericana.

Es una vertiente, italiana o más bien mediterránea, de policías que se despiden con un “hasta mañana”, atendiendo vidas personales después del trabajo, que poseen familia y asuntos domésticos que tratar con el mismo nivel de importancia de los casos delictivos de los que se ocupan.

Carlo y Malik reproducen los cánones de series policiales ya conocidas pero con las novedades impuestas por el devenir de la historia reciente. Así encontramos a Malik, un inmigrante de patera que con nacionalidad italiana adquirida ya forma parte, como muchos otros, de los nuevos cuerpos de policía. Es adjunto de Carlo, un montalbano de antiguo cuño. Nuevas visiones, nuevos pasados, nuevas situaciones.

La estructura de la serie, doce capítulos de cincuenta minutos, es clásica: una caso diferente en cada capítulo combinado con una historia común que enlaza todos ellos y que va desarrollándose conforme avanza la serie. Esta historia común a todos los episodios es la de los protagonistas, tan negra como la que más. Drogas, amantes, caso sin resolver, cargos de conciencia, encubrimiento de culpas.

Además de Carlo y Malik, inspector y subinspector de los casos, se unen el resto de componentes de la comisaria (como al clasicismo): Alba, que además de médico forense de la comisaría es la hija de Carlo; Mario, amigo incondicional del inspector, de su quinta y mano derecha; Marco y Cinzia, personal de apoyo, gente joven, con propia historia personal y conjunta; la capitana Micaela, ya sabemos como se la gastan los comisarios. Todos ellos en conjunto forman el conjunto a quien seguir en la Roma más al sur de Europa que nos podamos imaginar. Un noir mediterráneo e incluso familiar.

Lo dicho, para amantes de serial policial mediterráneo.

Título original: Nero a metà.
Año: 2018.
Duración: 50 min/capítulo.
Dirección: Marco Pontecorvo.
Música: Francesco De Luca, Alessandro Forti.
Reparto: Claudio Amendola, Miguel Gobbo, Fortunato Cerlino, Rosa Diletta Rossi, Alessandro Sperduti, Antonia Liskova, Angela Finocchiaro.
Productora: Cattleya

Italia

A quemarropa. John Boorman. 1967.

La recomendación de esta película no viene porque sí, únicamente por mi deseo de que disfrutéis de un buen film, que lo es. Tiene su rinconcito en la historia del cine por motivos varios, resultando una pieza necesaria para explicar un momento puntual a la hora de considerar nuevas maneras de rodar historias que amplíen horizontes perspectivos.

Película basada en la novela The Hunter de Richard Stark , seudónimo de mi querido Donald E. Westlake, tuvo la suerte de, a pesar de cambiar el nombre de su protagonista Parker, en la novela, por el de Walker, en la película, fue llevada a la pantalla por John Boorman con el título de A quemarropa.

Estas organizaciones criminales no son como las de antaño, un cacique que subordina a la fuerza a sus compinches, sino que ahora son poderosas corporaciones parapetadas tras la legalidad de un empresariado que cuando menos es sospechoso de actividades no muy lícitas, por no decir nada, y que controlan algo más que las tradicionales fuentes de ingresos: drogas y prostitución, para llegar a los ansiados sectores productivos de la sociedad bajo la que deambulamos, tomando el rol de hombres de negocios insertados en estructuras jerarquizadas con políticas de aplicación y control social. Curioso planteamiento nuevamente. El individuo como tal ya no cuenta.

Con los mismos protagonistas que utilizara Donald Siegel en Código del Hampa, rodada en 1964, los grandes Lee Marvin y Angie Dickinson, nos interpretan la traición que sufre Walker por parte de su mujer y su mejor amigo cuando perpetran un atraco. La venganza es el motivo en el que se centra la historia, buscando la reparación y el desagravio, aunque deba enfrentarse a un poderosa organización criminal, jalonando el camino de cadáveres si es preciso, pero nunca ejecutados por él. Nuevamente curioso planteamiento. Las relaciones humanas han sido sustituidas por el poder del dinero.

Cinematográficamente, joder que palabra más larga, nos encontramos con la novedad que aporta esta película, la ruptura del tiempo y del espacio narrativo, utilizando para ello la presencia obsesiva de la cámara con zooms, tomas con teleobjetivos, fondos o primeros planos desenfocados. Se produce una factura formal aplicando un sistema teórico de los llamados «nuevos cines» que intentan renovar el cine americano. Se nos presenta una narración que se encuentra a caballo entre el sueño y la realidad. A quemarropa venía a proponer una nueva manera de abordar los contenidos del género

Boorman utiliza para ello una escritura cinematográfica mucho más libre y antiacadémica, un tratamiento sofisticado, muy Nouvelle Vague, cabeza de lista del cine de la época.

Una película en la que los patrones tradicionales del género tomaron nuevos rumbos.

TÍTULO ORIGINAL: Point Black
AÑO: 1967
DURACIÓN: 92 min.
PAÍS: EE.UU
DIRECTOR: John Boorman
GUIÓN: Alexander Jacobs, David Newhouse (Basado en una novela de Richard Stark, seudónimo de Donald E. Westlake)
MÚSICA: Johnny Mandel
FOTOGRAFÍA: Philip Lathrop
REPARTO: Lee Marvin, Angie Dickinson, Keenan Wynn, John Vernon, Carroll O’Connor, Lloyd Bochner, Michael Strong, Sharon Acker, James B. Sikking.

SINOPSIS: Un hombre es traicionado por su mejor amigo y su esposa cuando recibían en la abandonada prisión de Alcatraz la entrega de una gran cantidad de dinero. Dejándolo herido y dándolo por muerto lo abandonan desangrado en una celda de la famosa penitenciaria. Años después, buscará venganza y su parte del botín; para ello intentará localizar a la pareja en la ciudad de Los Ángeles.

Matadero. Serie. 2019.

Hay veces que no queda más remedio que postrarse ante las series nacionales. Los guionistas alcanzan altas cotas de guión, para eso están aunque pueda parecer un perogrullo, con historias que dejan a un lado pretensiones vacuas y se centran en divertir y evacuar del mundanal ruido a nosotros, aburridos espectadores la mayoría de las veces.

¿Y qué importa si la serie es de aquí o de allá?, y ¿qué importa si se ciñe a la realidad o la supera con creces, o ni siquiera le llega ni a la suela de los zapatos? Matadero es una serie sin complejos, sin intentos de estar a la altura del resto de series que practican el resto de cadenas. Defienden su propia idiosincrasia y consiguen un salto cualitativo, un salto referencial.

El desacato a los cánones del academicismo noir ya se produjo en series de otros países como ocurrió con Get Shorty en el panorama estadounidense y cuyo recorrido se podía intuir en producciones como Breaking Bad donde se recrea la idea de que unos caminos conducen a otros, sin posibilidad de elección y sin remedio de la culpabilidad por mucho que tengamos principios.

Los guionistas de Matadero no pretenden aleccionar, ni mostrarnos ninguna realidad social, únicamente divertirnos. Como no, podríamos tomar referencias, a mí se me ocurre en principio los disparates del Sr. Tarantino, con diferencias en cuanto a la violencia, aunque no tanta, pero si de una manera más ibérica, de ahí su subtítulo “Matadero. Un thriller ibérico”. A nadie se le podría ocurrir semejante historia en un ambiente rural español, dedicado a la agricultura, ganadería y pesca, pero se consigue un alto grado de surrealismo, sin estridencias siempre a través de la parodia y siempre que estemos dispuesto a levantar los pies del suelo, que a veces hace falta.

Situaciones límite, absurdas, siempre intentando orientarlas a la verosimilitud pero progresando hacia la cota máxima del paroxismo, la efervescencia, sin que se note y sin que parezca que lo pretenden.

Al final, surge una pregunta, bueno dos: ¿Cómo ciño he llegado hasta aquí? y ¿Qué más puede llegar a ocurrir en este disparate?

Un buen paseo por los límites de la diversión e incluso el onirismo. No pienses, solo disfruta de este genial producto nacional.

Contraté a un asesino a sueldo. Aki Kaurismäki. 1990.

No es que sea solo una cinta noir. La trama le delata. Lo importante, el individuo excedido de vida, de circunstancias. Más allá de ello.

Un director finés, con un actor principal, y casi único, francés. Un Kaurismäki al que se le relaciona con otro cine de historias subabsurdas como las del desclasado Jim Jarmusch o los reputados Jean-Pierre Melville o Robert Brensson. Pero con historias tan internacionales como son la soledad y la tristeza del ciudadano medio mundial.

Tristeza muy apoyada en imágenes y escenarios hieráticos, con muchos silencios y pocos diálogos, pero que no paraliza la historia, la deja transcurrir, aunque a veces de manera muy dura. Un humor hiriente, de golpe bajo, negro según afinidades, pero humor al fin y al cabo a través de parodias en un medio poco propicio para ello pero con un gran resultado.

Los escenarios tan de todo a cien como es posible, como es real. Vistas a paredes de ladrillo, a chimeneas humeantes y viviendas desprovistas de humanidad, latas de comida como principal medio de subsistencia. A la realidad sin aditivos. Una estética cutrista y miserable.

Henri Boulangerie (panadería en castellano) es un triste funcionario que pierde su trabajo, su vida es su trabajo, tras su despido por la privatización de los servicios públicos en la Inglaterra posthatcherista de los noventa. Se le acabaron los motivos de vivir. Pero es un cobarde, como el mismo reconoce, y decide contratar los servicios de un asesino a sueldo para acabar con él mismo. Bien.

A partir de aquí cualquier intuición sobre el desarrollo de los acontecimientos, románticos o rencorosos, dramáticos o vengativos, se quiebra teniendo a Kaurismäki y su desarrollo de lo banal como parte estructural de la película y por ende de nuestras vidas tan vacías como absurdas. Tan innecesarias.

Pero siempre sin abandonar del todo un optimismo, que puede presentarse bajo cualquier forma.

A veces la vida es gris, pero otras veces nosotros la convertimos en negra pero siempre, aunque inconscientemente, dejamos hueco por si tuviéramos suerte de que nos llegara un rayo de luz. De esa luz.

Aki Kaurismäki es un director de cine finés, famoso por sus películas ambientadas entre las clases sociales más favorecidas, en especial las del norte de Europa, a menudo con situaciones y personajes extravagantes, alejados lo más posible de cualquier tipo de romanticismo. Premiado en Cannes es un ajeno a cualquier tipo de acto ceremonial que rodea al mundo del cine.

Todos los muertos tienen la misma piel. Boris Vian. 1947

Ya avisaba Boris en Escupiré sobre vuestra tumba con los problemas raciales como uno de sus temas preferidos. En Todos los muertos el tratamiento es diferente, la segregación entre blancos y negros no es el tema de fondo. No es una novela de blancos contra negros. Ni entre negros, ni entre blancos. Es la del negro con el propio negro, no ofreciendo una lucha interna contra su propia naturaleza, ni contra principios irrenunciables, sino únicamente por la capacidad de supervivencia como modo de proceder, como modo de subsistir. Un problema de actuación, no de conciencia.

Una novela, de nuevo como ocurriera con Escupiré sobre vuestra tumba, en la que sus protagonistas son totalmente responsables de sus actos, sin disculpa posible, superando moralinas y prejuicios. Nada de remordimientos. Nada de sentirse mal por unos principios. Solo vale mantenerse. Socialmente, personalmente, existencialmente. Existencialismo.

Dan es un negro que se hace pasar por blanco, su fisionomía se lo permite, vive como tal, tiene mujer y niño blancos y todo el mundo le promete el sueño, siempre que sea blanco. Pero no lo es. Pero todo debe seguir siendo así. Y también hay quien quiere perturbar su apacible vida. ¿Qué hay que hacer para mantener la mentira?

Cualquier cosa, hasta las socialmente sugeridas como detestables, pero claro cuando no se tienes remordimientos, cuando únicamente se atiende a los propios deseos, cualquier cosa es posible. Y posible de llevarse a cabo con la mayor naturalidad del mundo. Me acuerdo de la frase “he visto cosas que harían vomitar a una cabra”. También cada uno confía en la capacidad de su estómago.

Boris Vian publicó esta novela, al igual que Escupiré sobre vuestra tumba un año antes, bajo el seudónimo Vernon Sullivan. Una lectura directa, incómoda, subversiva, rebelde. Noir del bueno. Al margen del mercadero negrot.

Los #Goya2019 iberoamericanos son eminentemente negros.

Los Goya dan para mucho. La discusión está servida. Que si éste o ésta se lo merecía más, que si me gusta más esta fotografía, que si esta actriz lo clava, que si aquella música… No sé realmente quién juzga qué. E intentar aclararse lo antojo difícil. Pero yo a lo mío.

No hay más que echar un vistazo a los nominados a mejor película iberoamericana en los Goya 2019 para darse cuenta de que esto del noir va tomando posiciones cada vez más destacadas. Exceptuando la Roma de Cuarón todas las demás exudan género negro por sus fotogramas. Cada cual arrima el ascua a su sardina. Habrá a quien tampoco le parezca adecuado.

El Ángel, film argentino de Luis Ortega, después de dramas carcelarios y criminales nos presenta uno de los caminos del noir, el dedicado a pegar un vistazo por los límites de la personalidad, indagando en la naturaleza de la maldad, la delincuencia, elegida u obligada, y sus irremediables consecuencias que tarde o temprano alcanzan hasta el más pintado, hasta quien no se lo merece. Eminentemente psicológica. Un tema clásico del género.

Por otra parte, La noche de 12 años o Los perros, por Uruguay y Chile respectivamente toman las dictaduras del cono sur y de las atrocidades sobradamente conocidas como lugar común para desarrollar, no obstante, dos películas totalmente diferente. Los derechos humanos presentes pero contados de manera divergente, o confluyente según se mire. Cuantas novelas negras giran o se desarrollan en este tiempo y lugar concretos. Y algunas con merecido reconocimiento. Apunten.

Los perros, de Marcela Said, que ya ha buceado a través de documentales en la trama golpista como con I love Pinochet, se centra en la idea de que los culpables y colaboradores no están a salvo de la justicia a pesar de los años transcurridos, no como ha pasado en otros lugares, ejem. Nos adentra en el ambiente social de la clase pudiente chilena, donde quien más o quien menos colaboró con el régimen militar y continúa vivo. Se distancia tanto de una visión vengativa como de la la paternal figura del perdón, sin olvidar en ningún momento el indispensable e ineludible pago de las vilezas cometidas, por acción u omisión. ¿Hay temática del género o no?

Sin embargo, La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, con ninguna trayectoria en el género (una delicia su irreverente Mr. Kaplan) trata de la historia de los tres revolucionarios Tupamaru que fueron secuestrados durante doce años por el régimen dictatorial militar de Uruguay de los 70 y principios de los 80. Entre estos tres “desaparecidos” se encontraba el que sería el posterior presidente de Uruguay, José Mújica. Una narración que si bien tiene su importancia testimonial en la odisea sufrida por estos tres militantes de la democracia y las ínfimas condiciones humanas en las que hubieron de sobrevivir, no deja de tomar como base un nuevo clásico del género, la vida carcelaria en condiciones infrahumanas, en las que al individuo se le intenta eliminar tanto física como psicológicamente. Por cierto, con Antonio de la Torre clavando, una vez más, el papel que le ha tocado, el de José Mújica, nominado por ello a mejor actor de reparto. Negro histórico.

Únicamente Roma, de Alfonso Cuarón, escapa a los temas clásicos del género, y la que sin lugar a dudas se llevará el Goya al agua. Una película que, respetando lo que tantos otros ven, y yo no alcanzo a vislumbrar, no tiene la trascendencia humana de las demás nominadas. Un mero entretenimiento en un ejercicio de egolatría, eso sí según algunos de magnífica calidad. Dios me libre que criticarla.

¿Mi predilección? yo le daría el Goya 2019 a la mejor película iberoamericana a El Ángel de Luis Ortega. Es lo que hay. No os perdáis ninguna de ellas.