Al final de la escapada. Jean-Luc Godard. 1960

al_final_de_la_escapada_todo_negro_2Esta película podría atribuirse al género negro por su temática, pero tal es su alejamiento de los cánones del clasicismo americano al que estamos acostumbrados que en el fondo acabaremos con la impresión de que estamos viendo otra cosa.

Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) tras robar un coche en Marsella para ir a París, mata a un motorista de la policía. Sin remordimiento alguno por lo que acaba de hacer, prosigue el viaje. En París, tras robar dinero a una amiga, busca a Patricia (Jean Seberg), otra amiga americana, que aspira a ser escritora y vende el New York Herald Tribune por los Campos Elíseos. Lo que Michel ignora es que la policía lo está buscando por la muerte del motorista.

al_final_de_la_escapada_todo_negro_4

Hasta aquí podríamos esperar un medio familiar, usual para este tipo de historias, con escenarios y personajes conocidos, de supuestas inercias hacia desenlaces intuidos, pero tratándose de la Nouvelle Vague francesa todo esto se desmorona.

jean_luc_godard_todo_negro
Jean-Luc Godard

En esta primera película de Godard, con participación en el guión de François Truffaut y asesoramiento de Claude Chabrol, aupados por el golpe de estado del cine francés en Cannes del 59, se desembaraza de las reglas del rodaje y la estructura de la narración, construyendo una historia cinematográfica que aporta numerosas novedades y que se aupa como auténtico manifiesto del nuevo cine francés. Pero esta novedosa posición tiene su precio. Aleja al guión y a la trama de convencionalismos, no solo de lo que podría esperarse de una historia del género, sino del cine en general, provocando una cierta desorientación del espectador que espere encontrarse una película al uso, suscitando que el interés de la película se ciña a las novedades introducidas por esta Nouvelle Vage desde la revista Cahiers du Cinéma más que al guión en sí.

Godard declaró “he podido realizar el film anarquista que soñaba”, así destruye la noción de encuadre clásico gracias a la perpetua fluidez de la cámara (llevada por un Raoul Coutard, su cámara de cabecera, que utiliza nuevos medios), quebrando las leyes de continuidad del montaje y sin respetar siquiera las normas de raccord entre plano y plano, consiguiendo con ello un clima de inestabilidad y angustia.

Una nueva manera de interpretar el género, y el cine en general, eclipsado quizás por toda una serie de nuevas interpretaciones a la hora de manejar los principios académicos del cine imperante en la época. Nuevos tiempos, nuevo cine.

2016-10-22-20-49-57

Su negocio era la muerte. Relato. 2016.

pablo_hernandez_perez_todo_negro

 Por Pablo Hernández Pérez

Estaba en mi despacho con el último número de «Detective Privado», una revista con los trucos del oficio, leyendo un artículo donde se desvelaban cinco maneras silenciosas de matar a un hombre.

Sonreí. Yo conocía ocho maneras, aunque, para ser sincero, todas bastante ruidosas.

En ese momento la puerta se abrió y entró una palomita con medio siglo bien disimulado tras varias capas de maquillaje y toda clase de trucos femeninos: tinte rubio y extensiones para el cabello, pestañas postizas, silicona en los morros y hasta un lunar pintado sobre la mejilla izquierda. Lo único que parecía genuino de verdad era el visón y las perlas alrededor del cuello.

—¿Puedo pasar? —preguntó.

—Solo si no hace ningún comentario sobre el desorden.

Arrojé la revista sobre la mesa, me puse en pie, la ayudé a quitarse el abrigo y lo colgué en la percha que había detrás de la puerta. Tuve la sensación de que en otro tiempo habrían hecho falta muchos visones y anillos de brillantes para terminar de desvestirla, pero, en la actualidad, estaba convencido de conseguirlo a cambio de una botella de vodka y un par de adulaciones no necesariamente originales.

—Siéntese, palomita. ¿Le apetece algo de beber? ¿Un vodka?

—No, gracias, no tengo el ánimo para diversiones de ese tipo. Me llamo Amparo Soler y lo que quiero es contratar sus servicios.

—Por supuesto —dije, y tomamos asiento. Pregunté—: ¿Le han dado referencias mías?

—No.

—Mejor, no le gustarían. ¿Para qué quiere contratarme?

—Es por Richi, mi marido. Estoy terriblemente preocupada por él. Desde que nos trasladamos a vivir a Santa Bárbara no parece el mismo. Además una vecina ha amenazado con denunciarlo a la Policía por la muerte de su perro.

—¿Y eso…?

—Verá, mi vecina tenía uno de esos perros guardianes. Hace tres días el animal apareció muerto en el jardín. No presentaba signos de violencia, por lo que se pensó que había muerto por causas naturales. Pero después se le descubrió sangre en el ano.

—¿Un abuso sexual?

—No, un disparo. La bala entró por el agujero…

Parpadeé desconcertado.

—¿La bala entró por el ano?

—Sí, limpiamente. Pero no estoy segura de que lo hiciera Richi. En realidad no quiere hablar del tema. Como le digo, últimamente está menos comunicativo de lo habitual.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, mi marido es actor. En el pasado gozó de cierta fama, pero lleva muchos años sin conseguir un papel y me temo que no tolera bien la situación.

—¿Cómo se llama su marido?

—Richi Paladino. Protagonizó más de cuarenta películas, algunas de ellas en Hollywood, aunque eso fue hace muchos años.

Me llevé un Lucky a los morros y lo prendí con mi Flammarion de oro sólido. Richi Paladino era una de las viejas glorias del cine del Oeste. Sus películas eran tan buenas que solo las ponían en las cárceles y en los aviones, porque nadie podía escapar. Si la memoria no me fallaba en los setenta trabajó con John Wayne y otras estrellas al otro lado del charco.

—Lamento la situación actual de su marido —mentí—, pero eso no explica por qué tendría que disparar sobre el animal.

—Es cierto, pero no he terminado de explicarle a fondo el asunto. Hace dos años perdimos a nuestra hija y los dos quedamos muy afectados, sobre todo él. Candelita solo tenía veintidós años.

Chupé el cigarrillo y expelí volutas de humo gris.

—Sigo sin ver la relación. ¿Alguien vio a Richi disparar sobre el chucho?

—No.

—¿En qué basa entonces las acusaciones su vecina?

—Dice que descubrió a Richi merodeando por su casa momentos antes de los hechos.

—No es una prueba concluyente —observé—. ¿Su marido tiene armas de fuego en casa?

Negó con la cabeza.

—Como la mayoría de los artistas es contrario a las armas —dijo.

—Siempre es bueno tener una pistola cerca por si las moscas —comenté. Luego me incliné sobre la silla—. Señora Soler, ¿qué quiere exactamente que haga?

—Que averigüe si mi marido es responsable de lo que se le acusa y en caso de que así sea averigüe por qué actuó de esa forma. Yo he hecho todo lo posible por averiguarlo y he fracasado. Como le he dicho, se ha cerrado sobre sí mismo como una ostra y se niega a hablar del asunto.

—Si su marido no quiere colaborar resultará complicado sacar algo en claro.

—Lo sé, pero le pagaré bien si al menos lo intenta. ¿Cuál es su tarifa habitual?

—Ochenta diarios mas una cena romántica con el cliente.

Sacó un sobre y me lo entregó.

—Cójalo, dentro está anotada toda la información y ochocientos euros.

Ochocientos, pensé. Con ochocientos pavos podía pagar el alquiler atrasado de abril, el de mayo y parte del actual.

Cogí el sobre y lo arrojé dentro del cajón.

—¿No lo cuenta?

Chupé lo que quedaba del cigarrillo y luego lo hundí en el cenicero.

—No necesito contar el dinero. Me fío de usted al cien por cien. ¿Qué hay de la cena romántica?

—Olvídese de eso, señor Folgado. Aunque no lo crea, no estoy con mi marido por su dinero. El amor está primero.

Pensé que solo en el diccionario, pero lo dejé correr.

Me puse en pie, la ayudé a vestirse el visón y la acompañé a la puerta. Cuando se hubo marchado volví a la mesa, saqué el sobre y conté el dinero. Puede que en otros ámbitos de la vida la confianza sea una virtud, pero en mi negocio es un error que un buen detective no puede permitirse.

Santa Bárbara es una urbanización a tiro de piedra de la ciudad, todo muy lujoso y privado. Reduje la marcha al mínimo y enfilé una calle ancha y larga, con sus casitas de estilo mediterráneo, todas iguales, agazapadas tras sus también iguales cuadrados de césped.

Frené suavemente, acerqué el Porsche al bordillo y lo detuve frente a la casa donde había perdido la vida el animal. Bajé del vehículo y me aproximé hasta un hombre ataviado con un sombrero de paja que trabajaba en unos claveles bicolores que serpenteaban alrededor de la casa. A su lado, un gato negro, con algunas motitas naranjas en la panza, empezó a restregarse contra sus piernas.

—Buenas tardes —saludé.

El hombre del sombrero me miró con cautela, pero no respondió al saludo. Tendría alrededor de cincuenta, barriga esférica y los brazos muy velludos. Le mostré la licencia en la distancia y le dije que trabajaba para la Sociedad Protectora de Animales y Plantas. Al oír aquello apartó al gato de una patada y luego se aproximó hasta una distancia prudencial de dos metros.

—¿Y qué quiere?

—Se nos ha informado que hace algunos días su perro guardián sufrió un accidente anal.

—No fue un accidente, alguien le disparó.

—Claro. ¿Tiene alguna sospecha de quién pudo hacerlo?

—No —respondió con voz grave y firme.

—Según tengo entendido se acusó a un vecino de esta urbanización.

—Ni idea.

—¿Y quién lo sabe? La denuncia procedió de esta casa.

—No lo sé. Además no tengo tiempo para esto.

Su negativa a colaborar empezaba a tocarme las pelotas.

—¿Está su mujer en casa? —inquirí.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Quiero hablar con ella, quizá sepa algo. Usted no parece saber nada.

Me miró con tensión. Su boca era una línea recta.

—Lárguese —dijo.

—¿No le importa lo que le pasó a su perro?

No contestó. Aunque, por la forma de patear al gato, estaba visto que no le importaban los animales lo más mínimo.

Dio media vuelta y entró en la casa murmurando algo. Yo regresé al Porsche, me llevé un Lucky a la boca y lo prendí. El Sol brillaba en las alturas como una pelota naranja suspendida en un alambre invisible. Un coche se aproximó y estacionó frente a la casa. Era unos de esos lujosos BMW todoterreno, de color blanco y con las lunas tintadas. Se me ocurrió que a lo mejor era la esposa del arisco hombre del sombrero de paja, así que me acerqué al vehículo y aguardé. Pero quien se apeó fue uno de esos tipos que abundan en Santa Bárbara y a los que uno asocia inmediatamente con una casa con jardín, cerca blanca, barbacoa, piscina, pista de tenis y 1,4 hijos.

—¿Me está esperando? —preguntó al verme.

—En realidad esperaba a la señora de la casa.

—¿Por qué? ¿Es un amigo?

Chupé el cigarrillo y luego le solté el rollo de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas.

—Estamos tratando de averiguar quién se cargó al chucho —expliqué—, aunque el propietario de esta casa no parece interesado en averiguarlo.

—¿Por qué dice eso? ¿Ha hablado con él?

—Hace un momento.

—Todavía debe estar disgustado. El señor Pamiades es un buen hombre.

—¿Lo conoce usted bien?

—Soy su médico particular. En realidad vivo en esta comunidad y muchos de mis pacientes residen aquí.

—¿Sabe si la señora de la casa está dentro? Según nos consta ella presentó la denuncia.

Sonrió, mostrando abiertamente su dentadura revisada por el equipo de publicad de Colgate.

—Lo siento, pero no controlo la vida privada de mis vecinos. ¿Por qué no le ha preguntado al señor Pamiades?

—Ya se lo he dicho, el señor Pamiades no se encuentra hoy muy colaborador. ¿Está usted aquí en calidad de médico o de amigo?

Dilató la nariz.

—¿Por qué lo quiere saber?

—El saber nunca está de más.

—¿Qué?

—Es un proverbio. Significa…

—Ya sé lo que significa —me cortó disgustado—. Ha sido un placer. Buenos días.

Sin duda mi sentido del humor no era del gusto de los vecinos de Santa Bárbara. El hombre cruzó el jardín y pulsó el timbre. Cuando la puerta se abrió le estrechó la mano al tal Pamiades, hicieron algunos comentarios y me echaron un vistazo despreciativo antes de perderse en el interior de la casa.

Arrojé el Lucky al suelo, lo pisé con la punta de la zapatilla y rodeé la casa. En la parte trasera descubrí una piscina. El agua estaba tan quieta que parecía un cristal sólido reflejando el azul del cielo ardiente. Junto a la piscina yacía tumbada una pelirroja con unas curvas que ni el circuito del Jarama, y las tetas untadas de aceite bronceador.

Salté la tapia con enredadera, atravesé el jardín y me aproximé con paso tranquilo. Ella se incorporó ligeramente al verme y se elevó las gafas de sol por encima de la frente, pero no hizo ningún gesto de cubrirse.

—¿Quién es usted? —preguntó, y me escrutó con ojos llenos de astuta ambición. Yo en cambio escruté la geografía de sus pechos redondos, simétricos y voluminosos, y luego mi cerebro expresó pensamientos de sexo salvaje.

—Mi nombre es Vicente Folgado —dije mostrando mi licencia de detective—. Me envían de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas.

—¿Y sus jefes le permiten colarse así en una propiedad privada?

—Siempre que no soy bienvenido. ¿Cómo pudo casarse con un hombre tan desagradable?

Soltó una carcajada.

—Ese viejo celoso no tiene ningún sentido de la hospitalidad —dijo—. Si pudiera lo cambiaría por un hombre más joven, más guapo y más rico.

Saqué dos cigarrillos de la pitillera, le ofrecí uno, lo prendí con el Flammarion y luego prendí el mío. Yo podía presumir de lo primero y de lo segundo, pero no de lo último.

—Bueno —dijo bufando el humo—, ¿y está aquí por motivos profesionales o solo quiere mirarme las tetas?

—En principio solo por motivos profesionales, pero ambas cosas pueden complementarse. ¿Es cierto que había un perro en esta casa?

—Sí, se llamaba Angus y era un Bullmastín muy fiel. ¿Es por Angus por lo que está aquí?

—Sí, estamos recabando información para tratar de descubrir a los responsables de la agresión anal.

—Me parece bien que se tomen medidas, pero puede dejar de husmear, le disparó un vecino de aquí. Richi Paladino. ¿Lo conoce?

—Claro, trabajó en Hollywood. Pero de eso hace tiempo.

—Eso lo ignoro, y a decir verdad me trae sin cuidado. ¿Lo va a detener?

—No tengo autoridad para ello. ¿Tiene alguna prueba que sustente sus sospechas?

—No.

—¿En qué basa entonces la acusación?

—Le pesqué husmeando alrededor de esta casa varias veces.

Sonreí.

—Con esas tetas que usted tiene lo raro es que no se hayan presentado más mirones.

Esbozó una sonrisa maliciosa y depredadora.

—Gracias, pero me parece que no eran mis tetas lo que a él le interesaba.

—Entonces ese hombre es un enajenado. ¿Qué le ha dicho la Policía?

Hizo un círculo con los labios y expelió otra columna de humo.

—Me prometieron investigarlo —contestó—, pero no espero nada de ellos. Probablemente se limitarán a meter el informe en un cajón y a mirarme con lástima. De todas formas sé que fue él. He tratado de hablarle dos veces y ni siquiera lo negó. Debe odiar a los animales.

—Su marido tampoco parece amarlos en exceso. ¿Cuánto tiempo llevan viviendo aquí?

—Unos dos años. Antes vivíamos en la ciudad por comodidad. Mi marido tenía un negocio de salud natural a cien metros de casa, en el barrio de Patraix.

—¿Su marido es médico?

—Arturo es naturópata. Pero traspasó el negocio poco antes de venirnos aquí.

—¿Por qué motivo?

—Por dinero, por supuesto.

—Debió ser mucho, a juzgar por el nidito en el que viven.

—No se deje engañar, nos moriríamos de hambre si no fuera por los productos que vendemos a través de internet.

—¿Qué tipo de productos?

—Un poco de todo, desde herboristería y dietética, a homeopatía. Mi marido se encarga de todo. Como le he dicho, es un profesional de la salud natural.

—Hablando de salud, ¿qué me dice del tipo del BMW? Tengo entendido que es médico de verdad.

—¿Llorente? Era el asesor médico de mi marido cuando tenía el negocio en Patraix. Ahora tiene una consulta aquí, en Santa Bárbara. Vive de lujo. Imagínese, sus pacientes son sus propios vecinos.

En ese momento observé movimiento en una de las ventanas del primer piso. Pamiades y el tal Llorente discutían con vehemencia. Lo que decía Pamiades no parecía agradarle a Llorente. Lo que respondía Llorente no parecía gustarle a Pamiades. Finalmente Llorente dio media vuelta y desapareció. No así Pamiades, quien se volvió hacia la ventana, la abrió violentamente y me observó. Su rostro estaba al rojo vivo, pero no de calor, sino de ira. Al verle, la mujer pelirroja sonrió y le saludó con la mano, pero Pamiades no devolvió el saludo. En su lugar cerró la ventana de golpe y desapareció en el interior.

Me incorporé y arrojé el cigarrillo a la hierba. Era mejor alejarse de allí cuanto antes.

—Señor Folgado —dijo la mujer—, ¿le apetece tomar un baño? Puedo prestarle uno de los bañadores de mi marido.

Sus ojos eran pura promesa.

—Lo siento, pero mi médico me advirtió que me apartase de la luz del Sol. Me produce cáncer de piel.

—¿Volveremos a vernos?

—Claro, estaré por la zona, tratando de averiguar quién profanó el ano a su perro Angus.

—Eso sería maravilloso. Le recompensaré si lo averigua.

Lo dijo de un modo que parecía indicar que, a poco que lo sugiriese, me recompensaría con algo más que una copa de vino.

Volví sobre mis pasos y regresé a la calle principal en el momento en el que Llorente abandonaba la casa y abría el BMW con su mando a distancia. Tenía los ojos consumidos por la rabia y los puños apretados amenazadoramente.

—Ha sido una visita corta —le comenté tranquilamente.

—Lo siento, no tengo tiempo para hablar con usted.

Abrió la puerta del todoterreno y la cerró de un portazo en mis narices.

—¿Acaso ha discutido con el señor Pamiades? Me pareció entender que se llevaban bien.

No contestó, y a continuación apretó el botón de arranque y salió disparado con un ímpetu semejante al de una bala cuando abandona el cañón.

¿Qué habría pasado dentro de la casa para que Llorente se hubiera marchado con semejante crispación?

Antes de alejarme del escenario del crimen decidí husmear un poco por la zona en busca de posibles testigos. La primera persona con la que hablé fue una señora que paseaba uno de esos perros con aspecto de rata. Dijo que no conocía demasiado bien a la mujer, pero que era clienta personal de Pamiades y que sentía una gran admiración por su trabajo.

—Lo que más me gusta de ese hombre —me dijo—, es que trata enfermedades que la medicina científica no puede curar, y además sin efectos secundarios.

Me pasé a la boca un cigarrillo que tenía tras la oreja y lo prendí.

—Yo también curo cosas imposibles —repuse bufando el humo—, como por ejemplo la tontería de encima.

—¿La tontería de encima…?

—Sí, pero me temo que nunca puedo evitar los efectos secundarios, moratones, desorientación, pérdida de dientes y, ocasionalmente, huesos rotos.
La señora me lanzó una mirada cautelosa, y luego siguió su camino, presurosa por alejarse de mí. Por mi parte seguí interrogando a los vecinos. En total gasté cinco centilitros de saliva haciendo preguntas y cuatro de tinta tomando notas, pero nadie parecía haber visto nada y no averigüé nada que resultara de interés.

Regresé al Porsche y conduje calle arriba hasta la chabola de mi clienta, que era una réplica casi exacta de la chabola de Pamiades y esposa. Estacioné y pulsé el timbre. Mi intención era interrogar a fondo a Paladino y amenazarlo con convertirlo en mermelada si se negaba a responder mis preguntas.

Pero no pude hacer nada de eso porque el matrimonio no parecía encontrarse en la casa.

Consulté el reloj. Eran casi las dos y me sentía cansado y sin fuerzas. En las últimas veinticuatro horas apenas había bebido ni comido nada que no hubiera salido del cajón de mi despacho.

Regresé a la ciudad, me metí en un restaurante chino de Ruzafa al que solía llevar a mi ex en ocasiones especiales y empecé con rollito de primavera y acabé con cerdo agridulce, una sucesión de platos que por cierto representaban una analogía perfecta de mi pasado matrimonial. Mientras terminaba el postre se me ocurrió telefonear al subinspector Olivares con la intención de sonsacarle alguna información relativa al caso. Poco menos de un año antes yo había sido el responsable directo de que un ladrón de carritos de la compra, al que se disponía a detener a la salida de un Mercadona, no le rebanara el cuello con un cúter. Desde entonces éramos un ejemplo de colaboración total.

—Mira, Folgado —me dijo—, todas las posibilidades están siendo analizadas, pero todavía no sabemos quién mató al perro.

Lo cual significaba que habían llegado a un punto muerto, pero no quería reconocerlo.

—¿Qué hay del plomo?

—Logramos extraer la bala del cuerpo del animal, y también encontramos la vaina a treinta metros de la casa. Corresponden a un antiguo revolver Colt del 45. Hemos estado investigando y hemos descubierto que el Colt del 45 fue el revólver reglamentario del ejército americano entre 1873 y 1917.

Pensé que también se trataba del arma cuyo gatillo Richi Paladino había estrujado en la mayoría de sus películas. Que el policía no hubiera asociado este hecho con Paladino indicaba que no había investigado suficiente al actor o que ni siquiera lo había investigado.

—Por desgracia —continuó—, sin el arma no pillaremos nunca al que disparó.

—O sea, que no tienes nada.

—Al contrario, tengo la mesa llena de casos por resolver. Así que no me voy a volver loco por un perro muerto. Probablemente sea obra de gamberros.

—Pues la propietaria del animal responsabiliza a un vecino —dije dispuesto a averiguar cuánto sabía.

—Lo sé, un tal Paladino. Pero es un anciano y no tiene antecedentes. ¿Estás trabajando en el caso?

—La mujer de Paladino me contrató esta mañana —admití.

—¿La mujer?

—Sí, Amparo Soler. Ochocientos napos.

—No lo entiendo. La víctima es la señora Galán y su marido, el señor Pamiades. ¿Para qué te ha contratado la señora Soler?

—Ni yo mismo lo sé. Dice que su marido está raro. Creo que quiere que lo proteja.

—Protegerlo, ¿de quién?

—No estoy seguro. Tal vez de sí mismo.

Colgué el aparato, pedí un Doble V a la camarera china y lo sorbí despacio. Yo estaba seguro de que tenía todas las piezas delante de mi nariz, pero no lograba encajarlas.

Me disponía a regresar a Santa Bárbara cuando llamó mi clienta.

—¿Dónde se ha metido?

—He bajado a la ciudad para evitar morirme de inanición. Por cierto, ¿dónde están ustedes? Pasé por su casa hace algo más de una hora, pero no los encontré allí.

—Estoy en la ciudad buscando a Richi. Se marchó hace horas de casa. Estaba muy bebido y alterado.

—¿Dónde cree que puede estar?

—No lo sé, estoy visitando a todos sus amigos y parientes, pero no he logrado nada por el momento. Estoy preocupada.

—Es natural, probablemente perforó el ano del perro de sus vecinos.

—Ya no sé qué pensar. Puede que perdiera la razón hace tiempo. Anoche tenía fiebre y se pasó todo el rato hablando en sueños de Candelita.

—¿Candelita?

—Sí, se lo dije esta mañana, Richi y yo teníamos una hija que murió hace dos años.

—¿De qué murió?

—Cáncer.

—El cáncer puede ser tan letal como una bala si no se diagnostica a tiempo —dije por decir algo.

—Es cierto, pero lo que más amarga a Richi es que el tumor de Candelita se le diagnosticó al poco de manifestarse. Los médicos dijeron que de haberse sometido a quimioterapia inmediatamente, probablemente lo habría superado.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Candelita confiaba más en las medicinas alternativas. Decía siempre que la medicina convencional no lo cura todo.

—La medicina alternativa no cura nada. ¿Por qué no la obligaron a tratarse en un hospital?

—Candelita llevó su enfermedad en secreto para no preocuparnos. Como le he dicho, creía que podía curarse con tratamientos no convencionales. Estuvo visitando uno de esos herbolarios de medicinas naturales durante seis meses, donde recibió un tratamiento a base de plantas, dietas ecológicas y productos homeopáticos, pero el tumor fue propagándose en silencio más y más.

—Metástasis.

—Así es. Una mañana Candelita se desmayó en el cuarto de baño. Estaba muy débil y se había pasado los últimos dos días con vómitos y sudores fríos. Pensamos que padecía anemia o algo así, pero cuando la llevamos al hospital supimos lo que ocurría en realidad. Murió al día siguiente, pero antes nos contó esto que le cuento ahora yo a usted.

—¿Qué pasó después?

—Poco después del entierro Richi se personó en ese negocio de remedios naturales y amenazó al propietario con denunciarlo, pero eludió cualquier responsabilidad con relación a la muerte de Candelita.

—¿Dónde está situado el negocio?

—En la Plaza de Benimarfull, muy cerquita de la Avenida Tres Cruces. Pero ya no está allí, cerraron un mes después.

Pedí la cuenta a la camarera y luego me pasé los dedos por el cabello de la nuca, reflexionando. La mano de la verdad estaba cerniéndose sobre algo, pero no sabía a quién iba a agarrar y arrastrar consigo.

—Escuche —le dije—, regrese a casa. Me da en la nariz que Richi sigue en Santa Bárbara.

—¿Qué va a hacer usted mientras tanto?

—Detener a su marido antes de que cometa una locura.

Aboné la cuenta, busqué el Porsche y regresé a la urbanización a la velocidad de un cohete de propulsión a chorro. Cuando aterricé en Santa Bárbara me encontré a la vecina con su rata domesticada detenida frente a la casa de Pamiades.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—No lo sé —dijo—. He oído un ruido hace cosa de cinco minutos. No estoy segura, pero creo que era un disparo.

Observé la casa. Parecía tranquila.

—¿Ha visto a alguien sospechoso?

—No.

—¿Ha llamado a la Policía?

—No.

—Quédese aquí.

Saqué la Llama, rodeé la propiedad y eché un vistazo a la piscina. Sobre el agua flotaba un gran sombrero de paja. Atravesé el jardín y me aproximé. Arturo Pamiades yacía en el fondo de la piscina, con el pelo arremolinado y los brazos extendidos en cruz. Uno podría pensar que se estaba refrigerando… si no fuera por la nube de sangre que oscilaba en la superficie del agua sobre su cabeza.

Con la cacharra todavía en la mano entré en la casa y husmeé superficialmente. No parecía haber nadie. Después regresé al jardín, me acomodé en la tumbona y telefoneé a Olivares.

—Han matado a Pamiades —dije.

—¿Qué coño dices, Folgado? —gruñó.

—Pamiades, el dueño del chucho con el ano perforado. Lo acabo de encontrar en el fondo de la piscina.

—¿Estás seguro de que está muerto?

—Si no lo está tiene pulmones de cetáceo.

—Mierda. ¿Qué ha pasado?

—No he intentado averiguarlo, pero parece un disparo.

—Escucha, Folgado, no te muevas de ahí —me ordenó, y a renglón seguido colgó el aparato, lo que significaba que se presentaría en cuestión de minutos.

Prendí un Lucky y esperé. Pensé en Paladino. También pensé en la pelirroja de las tetas redondas, simétricas y voluminosas.

¿Dónde se habría metido?

Veinte minutos después Olivares apareció flanqueado por la secretaria judicial, el forense y varios sujetos de la científica. Les mostré el cuerpo y luego Olivares me agarró del brazo y me apartó a un lado. Quería respuestas, y yo se las fui dando. Por supuesto no todas fueron sinceras, pero me aseguré de que al menos pareciesen razonables. Cuando terminé, el policía hurgó en su nariz como siempre hacía cuando reflexionaba.

—Pamiades fiambre y el sospechoso bebido, alterado y desaparecido —dijo—. El caso parece claro.

—Tal vez —comenté—. Pero vale la pena no descartar otras hipótesis.

Me mostró las palmas de las manos.

—¿Qué hipótesis? Paladino ha huido. A eso se le llama conciencia de culpabilidad.

No dije nada. Mientras trasladaban el cadáver hasta el vehículo de los fiambres, los de la científica encontraron la vaina de la bala en la hierba, a solo quince metros de la piscina. Al parecer era idéntica a la encontrada tres días antes.

En ese momento recibí una nueva llamada de mi clienta.

—¿Señor Folgado?

—Hola, señora Soler —saludé—. Escuche, la Policía va a ayudarla a buscar a su marido. Pasarán por su casa dentro de unos minutos y le harán algunas preguntas.

—Olvídese de eso —dijo—. Está aquí.

—¿Qué?

—Richi, mi marido. Ha regresado.

Le dije que le entretuviera mientras llegaba y luego le comuniqué las buenas nuevas a Olivares, quién rápidamente se metió en un coche patrulla escoltado por tres de sus perros y voló en dirección al nido de mi clienta con las luces estroboscópicas y la sirena aullando como un tiovivo.

Ideal para alertar a Paladino de su visita y permitirle huir si lo deseaba.

Le seguí en el Porsche y estacionamos al mismo tiempo. Amparo Soler nos estaba esperando en la puerta. Frunció el cejo cuando vio llegar el coche de la Policía, pero no hizo ningún comentario.

—Señora Soler, le presento al subinspector Olivares. Desea hablar con su marido. ¿Dónde se encuentra?

Su rostro estaba pálido a pesar de la película de maquillaje.

—Richi está arriba —respondió secamente.

—¿Cuándo ha vuelto?

—No lo sé. Lo encontré inconsciente en la cama cuando llegué hace veinte minutos. El médico estaba con él.

—¿El médico?

—Sí, el señor Llorente. Tiene una consulta en esta urbanización.

Subimos los escalones de dos en dos. Paladino yacía acostado sobre la cama de la habitación. No le reconocí, su estado era lamentable. La piel de la cara, muy blanca y arrugada, le colgaba, y tenía las sienes hundidas y venosas.

—Por favor —dijo Llorente—, es mejor que no se le moleste. El señor Paladino ha sufrido una crisis nerviosa. Le he tenido que sedar.

Olivares dio un paso al frente. Su expresión era dura como el roble.

—Soy subinspector de Policía. ¿Qué ha pasado?

—El señor Paladino me telefoneó hace una hora, estaba muy alterado y repetía una y otra vez que había cometido una locura. Vine aquí, tenía fiebre y la tensión por las nubes, así que le administré un sedante. ¿Pasa algo? Si no es así les ruego que abandonen la habitación, este hombre necesita reposo absoluto.

—Este hombre es sospechoso de asesinato —señaló Olivares. Después se aproximó al actor y se inclinó sobre él—. Oiga —llamó—, ¿me escucha? ¿Dónde ha escondido el arma?

El actor abrió ligeramente los ojos y le miró con debilidad, pero no pronunció palabra. Esto molestó mucho al subinspector. Lo agarró de los hombros y lo zarandeó violentamente.

—¡Oiga! ¡Despierte! —rezongó—. ¿Qué ha hecho con el arma?

—¡Eh, no puede hacer eso! —protestó el médico.

—Claro que puedo, tengo un cadáver a doscientos metros y este hombre es el principal sospechoso.

A Paladino no pareció sorprenderle la noticia lo más mínimo. Sus ojos abiertos seguían con una expresión fija y apagada.

—Escuche —dijo Llorente—, si busca un arma hay una sobre esa mesita de ahí. La encontré sobre la cama cuando llegué. Creo que pretendía suicidarse con ella. Pero por favor, deje a este hombre en paz, ¿quiere?

Todos nos volvimos hacia la mesita. Se trataba de un revolver Colt del 45.

Olivares se enfundó un guante de goma y lo agarró con delicadeza. Examinó el tambor para seis cartuchos. Quedaban cuatro y eran idénticos a los empleados para dar matarile a Pamiades y a su perro Angus.

—Este revolver ha sido disparado hace menos de dos horas —informó, y le pasó el arma a su ayudante, quien la metió en una bolsa transparente con cierre hermético. Luego añadió—: Llevaremos el Colt a los de balística para que lo analicen, aunque todo apunta en la misma dirección.

Unas lágrimas afloraron y descendieron por las mejillas de Amparo Soler.

—Oh, Richi, ¿por qué has tenido que hacerlo?

Paladino miró a su esposa con aire ausente, pero tampoco contestó esta vez, así que me di el lujo de contestar por él.

—Eso está claro —dije al auditorio—. Su hija Candelita murió hace dos años, y Pamiades tuvo mucho que ver con su muerte.

Olivares me clavó los ojos, como preguntándose si sería comestible.

—Santo Dios, Folgado, ¿de qué mierda hablas?

—Según he averiguado, la hija de Paladino acudió a un negocio de remedios naturales para curarse un cáncer. Allí la trataron con hierbas mágicas y pócimas homeopáticas durante meses y mientras la enfermedad siguió su curso natural, afectó a otros órganos y se volvió incurable.

El policía se encogió de hombros.

—¿Y qué tiene eso que ver con Pamiades?

—Pamiades dirigía un negocio de esas características en el mismo barrio. Las fechas del cierre del negocio también coinciden. Lógicamente Paladino responsabiliza a Pamiades por la muerte de su hija.

Se produjo un silencio catedralicio mientras la información era asimilada. En alguna parte de la casa se podía oír el tic tac de un reloj.

—De acuerdo, lo investigaremos —señaló Olivares—. Mientras tanto, me llevo a Paladino a comisaría.

—No podrá arrancarle nada —dijo Llorente—. El sedante es muy potente.

—Le arrancaré la cara de un tortazo si no habla —amenazó Olivares, y a continuación cogió las esposas que llevaba colgadas de la hebilla del cinturón—. A ver las manos —le ordenó al actor.

—Yo no he matado a Pamiades —balbuceó Paladino por primera vez.

—¡Que me des las manos, coño!

Paladino se incorporó despacio, quedó sentado sobre el borde de la cama y extendió las manos lentamente. Parecía como si nada le importase. Mientras, Olivares le sujetó las esposas en las muñecas.

—Esperen —dijo el actor—, admito que lo del perro es cosa mía, pero yo no he matado a Pamiades. Es verdad que fui hasta allí para matarlo. Pamiades estaba solo, tomando el baño en la piscina. Le apunté y estuve a punto de apretar el gatillo. Merecía morir, él empujó a Candelita a los brazos de la muerte. Pero no fui capaz, así que volví a casa y pensé en matarme yo.

La señora Soler cayó en brazos de su marido.

—¡Oh, querido!, ¿por qué nunca me hablaste de eso? Habríamos presentado una denuncia y se habría hecho justicia.

—Visité a un abogado, pero no me dio ninguna esperanza. Además, supongo que en el fondo no buscaba justicia, sino venganza.

—¿Por eso lo mató? —insistió Olivares.

—Yo no lo maté, ya se lo he dicho.

Di un paso a frente.

—¿Cómo dio con Pamiades? —pregunté.

—A través de internet, claro. Cuando supe que residía en Santa Bárbara, convencí a Amparo para que nos trasladásemos aquí a vivir. Quería tener cerca al asesino de Candelita, estudiar sus movimientos y trazar un plan para matarlo.

—¿Por eso compró esa antigualla? —inquirió Olivares, aludiendo al Colt.

—No lo compré, me lo regaló John Wayne en 1976. Ni siquiera creí que funcionara.

Olivares me clavó la mirada.

—Eh, eh, espera un momento. ¿Ha dicho John Wayne?

Suspiré, y a continuación le expliqué quién era Paladino y su relación con Hollywood y John Wayne. Olivares me amenazó con arrancarme las manos y los pies por no habérselo contado antes. Sin duda odiaba ir siempre dos o tres pasos por detrás.

La mujer exclamó:

—¡Mi amor, yo te creo! Pero no debiste matar al perro. ¡Era un animal inocente!

—Lo sé, estoy arrepentido, solo quería hacer daño a Pamiades y probarme que podía quitar una vida.

En ese momento un poli asomó la cabeza en la habitación.

—Señor, la esposa de la víctima acaba de llegar a casa y desea verle.

—Gracias, iré a verla en cuanto traslademos a Paladino a comisaría.

Mientras, Llorente se dirigió a Amparo Soler.

—Lo siento, señora, pero veo que poco más puedo hacer yo aquí. Avíseme si necesita alguna cosa.

Mi clienta le agradeció la atención prestada a su marido, aunque se la veía al borde del hundimiento emocional. Mientras el médico recogió su maletín, se despidió de todos los presentes y abandonó la habitación apresuradamente.

Bajamos a la calle detrás de él. Algunos vecinos se arremolinaban alrededor de la casa. El centro de atención parecía ser la vieja gloria del cine a la que los perros de Olivares introducían en un coche policial en ese momento, así que nadie se fijó en mí cuando eché a andar detrás del médico con el sigilo de un gato.

Cuando llegó a la casa de Pamiades, miró a un lado y a otro, y luego atravesó el jardín y entró sin llamar. Hacía un rato largo que habían retirado el cadáver y no se percibía movimiento policial en los alrededores.

Me pegué a la puerta y escuché la voz de la pelirroja.

—¡Sal de mi casa inmediatamente! —exclamó—. ¡La Policía lo va a saber todo! ¡No quiero escucharte!

Pero yo sí quería, así que entré.

—¿A qué vienes tanta crispación, señora Galán?

Los dos se volvieron en mi dirección.

—¡Este hombre asesinó a mi marido! —exclamó—. Se lo dije antes, era el socio de Arturo cuando murió esa chica. ¡Todo está relacionado!

—No la escuche —intervino Llorente—, no sabe lo que dice.

La pelirroja lo miró con tensión. Su boca roja brillaba despreciativamente.

—¿Lo vas a negar, embustero?

Esperé la respuesta con atención. Se le veía tenso como una cuerda de piano.

—Es cierto —admitió finalmente—. Trabajé con Arturo en su negocio de salud natural. Pero no tengo nada que ver con su muerte, ni con la de esa chica.

Ella me miró, desencajada por la furia.

—¡No le crea! Mi marido vendía los productos, pero quien los recetaba era este miserable. Como asesor médico animó a la hija de Paladino a seguir su tratamiento a base de hierbas y diluciones homeopáticas.

El médico se encogió de hombros.

—¿Y qué tiene eso de malo? Era mayor de edad, y además accedió voluntariamente.

Di un paso al frente. Todas mis sospechas se materializaban una a una.

—Es usted un cubo de mierda —le solté—. Como médico titulado su obligación era dispensarle el mejor tratamiento disponible, y no esos placebos y pócimas mágicas.

—Solo intenté mejorar su calidad de vida —se excusó—. La cirugía y la quimioterapia acarrean muchos problemas. Mis tratamientos son naturales y están libres de efectos secundarios.

—Yo consideraría morirse un efecto secundario a tener en cuenta.

Los ojos de Llorente me miraron ardientes como la brasa de un cigarrillo.

—Me da igual lo que piense de mí, usted no sabe lo que pasó.

—Él no —dijo ella—, pero mi marido lo sabía todo porque era su cómplice. Me telefoneó hace dos horas mientras estaba en casa de mi madre y me lo confesó todo. Estaba terriblemente asustado. Sabía que el padre de esa chica había matado a Angus y que estaba decidido a matarlo a él también. Por eso hizo venir a Llorente esta mañana. Quería que supiera que había tomado la decisión de confesarle todo al señor Paladino antes de que lo matara, y eso implicaba revelar la identidad del principal responsable de la muerte de su hija.

Eso explicaba el estado de crispación con el que abandonó Llorente la casa esta mañana.

—¡Todo eso es ridículo! —protestó el médico, y observé cómo la ira ascendía en tromba por su cuello, se adueñaba de su cara y le hacía palpitar las venas de las sienes.

—En absoluto —dije—. Pamiades era el único que sabía que usted engañó a Candelita con remedios pseudocientíficos. Eliminando a Pamiades, eliminaba toda posibilidad de que Paladino lo relacionase con la muerte de su hija y tratara de perforarle el ano con plomo como hizo con el chucho.

Llorente suspiró.

—Aunque todo eso fuera cierto y deseara la muerte de Pamiades, eso no me convierte en su asesino. ¿Cómo iba a serlo? Ya ha oído lo que ha dicho la Policía, a Pamiades lo mataron con ese viejo revolver Colt de Paladino. El mismo revolver con el que Paladino mató al perro.

Sonreí.

—Supongo que los acontecimientos le fueron favorables. Paladino vino aquí con la intención de matar a Pamiades. Había bebido y se encontraba al borde de una crisis, pero se echó atrás y regresó a casa. Tal vez pensó en suicidarse. En cualquier caso le telefoneó a usted y le pidió que fuera a verle. Cuando llegó, descubrió que estaba solo y tenía el revólver. Tal vez incluso le confesó lo que había intentado hacer. Entonces le administró un sedante, y cuando se durmió se apropió del Colt, vino aquí y mató a Pamiades. Luego regresó rápidamente a la chabola de Paladino y devolvió el arma antes de que llegara la señora Soler.

—No puede probar nada.

—Claro que puedo. Lo único que necesito es un test de parafina para demostrar que usted disparó un arma esta tarde, y Paladino no.

No aguardó ni un segundo más. Tenía una pistola en el bolsillo. La sacó, me disparó y la bala me rozó el lóbulo de la oreja derecha como la llama de un soldador. Rápidamente rodé por el suelo, desenfundé mi Llama del 45, me apoyé en un hombro y apreté el gatillo.

Y entonces por casi me da un patatús. ¡La Llama estaba encasquillada!

Miré a Llorente. Se estaba preparando para dispararme de nuevo. Cerré los ojos aguardando el final, pero entonces la pelirroja disparó por encima de mi cabeza. El estruendo casi me revienta el tímpano. La bala alcanzó de lleno el pecho del médico, que fue violentamente lanzado hacia atrás. Su cabeza rebotó lúgubremente contra el suelo, y quedó inmóvil.

Corrí hasta el cuerpo de Llorente y alejé la pistola caída de una patada. Luego me agaché y le tomé el pulso.

—¿Está muerto, querido? —preguntó la mujer.

—Como el pollo frito.

Me puse en pie. Sentía un líquido caliente bajar por el cuello. Al ver la sangre, la pelirroja arrojó la pistola al suelo y corrió a mi lado.

—¡Oh, Santo Dios, creí que iba a matarnos!

—Lo habría hecho, nena. Su negocio era la muerte. ¿De dónde sacó usted la cacharra?

—Era de Arturo. La compró después de la muerte de Angus. Pero no le ha servido de nada.

—Nos ha servido a nosotros. Por cierto, lamento lo de su marido.

—No puedo decir que me alegre de su muerte, pero no estaba enamorada de él.

Colocó sus brazos alrededor de mi cuello y me apretó contra su cuerpo, haciéndome sentir en mi pecho sus tetas redondas, simétricas y voluminosas. También sentí sus lágrimas en mis labios, o tal vez era mi propia sangre.

De cualquier modo, era el sabor del éxito.

pablo_hernandez_perez_todo_negro

Lavapiés exprés. Relato.

retrato1Por Rafael Guerrero

— ¿Desde dónde me llamas, Fernando? Te oigo fatal, como si estuvieras en alta mar.

 —Qué cosas dices, Jota, estoy en mi despacho de Madrid con los pies sobre la mesa y fumando —. Mentí. Realmente surcaba el océano Índico a bordo de una cafetera con un raquítico y tuberculoso motor de cincuenta caballos, atestada de pasajeros indonesios que no paraban de vomitar y gritar y vomitar gritando. Dadas mis circunstancias era el mejor medio de transporte en que podía embarcar, y sí, fumaba en la cubierta, mientras sujetaba con la otra mano un teléfono satelital no registrado.

 — ¿Es segura la trasmisión? —. Jota no se había tragado lo de mi ubicación.

 —Tranquilo, tan segura como la vida misma. — Solo una docena de servicios secretos podría intervenir la conversación en ese instante haciendo clic en donde se hace clic.

 — ¿Qué tal por el casino anoche, ganaste? —. Hablaba en clave para despistar a nuestros potenciales oyentes.

 —No perdí —. También yo contestaba en clave, pero sin tanta literatura barata de espía.

 —Me alegra oír eso, ¿cuándo volverás a estar operativo?

 —Ayer.

 —Ok. No fumes en el despacho, es ilegal.

 —Como la vida misma.

 Jota, nombre ficticio y variable, es un alto funcionario del Estado, a veces adscrito al Ministerio del Interior, otras al Ministerio de Asuntos Exteriores y las más a ninguno y a todos. Va por libre sin dejar de estar atado a lo que eufemísticamente se conoce como la fontanería palaciega. Por encima, por debajo y por los lados de los gobiernos de turno que le utilizan cuando la patata caliente está a punto de carbonizarse y a los que él usa para permanecer en el puesto sople el viento que sople elección tras elección.

 Próximo a jubilarse y fichar como consultor externo en cualquier holding para forrarse y tocarse los cojones hasta su entierro, fue quien contactó conmigo para que llegase hasta donde su largo brazo no quería llegar. Para no quemarse con esta patata. Un superviviente nato, aficionado a la novela negra por las aventuras que se cuentan en esos libros y que ni por asomo se acercan a la jodida realidad. También es un buen amigo de no me acuerdo qué historias pasadas. No me acuerdo, de verdad.

 Cuando recibí su encargo, hará apenas un mes, me contó que “en las últimas tres semanas han desaparecido en Madrid cuatro funcionarios de reparto especial mientras realizaban su ronda. Tres más en Barcelona y dos en Sevilla, en total nueve, no tenemos ni puta idea de qué ha sido de ellos, Fernando”. No se habían encontrado los cadáveres ni tampoco recibido notificaciones pidiendo un rescate.

 “En cambio, la policía sí ha hallado las motos de estos carteros, siempre en las afueras, con un sello de 0,47€ pegado en la parte superior del asiento. En el cajetín trasero estaban las cartas y paquetes pendientes de reparto, pero falta el libro de registro, lo que dificulta enormemente seguir la pista de los secuestradores suponiendo que fueran también los destinatarios”, continuó Jota poniéndome al día.

 Paralelamente, algunos testigos poco fiables afirmaban haber visto a varios individuos con prendas del uniforme oficial de Correos trapicheando en focos de compra/venta de droga y en locales de prestamistas con objetos robados. “La carroña mediática ya se ha hecho eco de ello en titulares de periódicos y telediarios locales, les encanta remover la mierda”. Lo decía Jota como si él no se moviese como pez en la misma.

 La Policía Nacional y Cuerpo Especial de Investigación Postal (CEIP) trabajaban conjuntamente en el asunto, pero hasta el momento solo habían podido configurar una lista de los últimos destinatarios y de sus correspondientes remitentes que recibieron misivas antes de que se esfumaran los carteros. “Curiosamente, en el área de Madrid, las direcciones se circunscriben únicamente al distrito postal de Lavapiés. Esto huele que apesta, Fernando, y por eso me han pedido mi colaboración al margen y yo te la pido a ti más allá de ese margen”.

 Y en ese al margen entré en escena yo, el Detective Privado Fernando Ayllón, aunque no podría identificarme como tal. Mi misión, contratado por nadie y a las órdenes invisibles de Jota, consistiría en comprobar y “no tocar” —solo avisa cuando des con el lobo —qué había detrás de todo esto. Cómo iba a negarme a apostar en el casino.

Mi mentor en la sombra me hizo llegar por mensajería un dosier con el posible trasfondo económico y político que envolvía a estos aparentes delitos callejeros sin conexión con la economía y la política. Más claro, mierda.

 Una directiva de la Unión Europea, de obligado cumplimiento, ponía fin al monopolio estatal de Correos y Telégrafos. Sin embargo, en países miembros como España el Gobierno todavía era reticente a aplicar la medida. Las empresas privadas compartirían este servicio con los actuales entes de propiedad pública e incluso podrían participar en la liberalización de estos. Poderosos entramados financieros y multinacionales se preparaban para repartirse el suculento pastel sin escatimar esfuerzos legales y quizá no tan legales, eso es lo que debía verificar.

 Tras mucho indagar en donde no se ha de indagar y menos sin las credenciales necesarias, hacerme pasar por cliente drogadicto en la calle Argumosa, consultar bases de datos, contactar con colegas de Barcelona, Sevilla, Bruselas, Roma y Londres y a otras organizaciones de inteligencia sin nombre ni dirección, conseguí hacerme una composición de lugar: EUROPOST Inc. era una de estas inmensas compañías con intereses internacionales en la comunicación, distribución y logística. Se había posicionado por delante de la competencia para recibir de la Comisión las licencias que le permitirían asentarse en la mayoría de naciones concernidas, pero aun así, no se fiaba del reparto justo que el libre mercado le deparase y solicitó a sus asesores externos que ejecutaran un plan B que apoyase al A con el ánimo de desestabilizar el sistema de correos actual (en el caso de España para terminar de convencer al Gobierno de que cediera parte del tinglado de la correspondencia y de paso abaratar las acciones del ente público postal en caso de ser privatizado, convirtiéndose de hecho, que no de derecho, en un nuevo monopolio a un coste irrisorio gracias, por supuesto, al libre mercado).

 Se contrató a distintas mafias locales que perpetraban los secuestros de carteros en ciudades como Madrid, Roma, Berlín y Bruselas, estableciendo una red de sicarios o mercenarios que cambiaban continuamente de localidad para no ser identificados ni detenidos.

 Pero la estrategia no acababa ahí, el plan B escondía un plan C. Con el fin de crear una cortina de humo, se aprovechó dicha red para montar un pequeño negocio de tráfico de drogas y objetos robados utilizando el uniforme de los carteros secuestrados, levantando así la sospecha que se requería para desprestigiar a los funcionarios y a la vez desviar la atención de su objetivo principal. Los medios de comunicación, de su propiedad unos cuantos, hicieron el resto aireando el menudeo y la negligencia. Mierda sobre mierda.

 — … Arturo de la Piedad, empresario de 64 años, con un currículo intachable, es la cabeza visible de EUROPOST Inc. en España y Portugal, ¿te suena? —Le había resumido a Jota mis pesquisas y le colocaba en bandeja de plata la identidad del presunto responsable del caso que nos atañía.

 —Vale, Fernando, muchas gracias por la información, has hecho una labor cojonuda. Déjalo aquí, ahora me toca a mí.

 — ¿No quieres pruebas que incriminen a este tipo?

 —Solo avisa cuando des con el lobo.

 —Comprendo, ¿y el lobo ha dado conmigo?

 —Sí.

 — ¿Qué me sugieres, Jota?

 —Tómate unas vacaciones, o ve a jugar al Casino.

 —De acuerdo, tú pones el capital.

 —Sin duda, Fernando —No hacían falta más claves con mi interlocutor.

 Me quedaba una última carta que jugar, o que entregar. Jota me facilitó el local perfecto para hacerlo, y así fue como me reuní en secreto nada menos que con el lobo. Además de la controvertida documentación corporativa, me había procurado un certificado médico que sería mi salvoconducto para seguir vivo a pesar de lo que sabía: Arturo de la Piedad, hombre de familia y reciente abuelo, fiel esposo, blablablá… era también estéril e impotente.

 —No querrá que la prensa rosa y financiera se enteren de esa engorrosa disfunción. Se preguntarían si sus hijos son sus hijos, ya sabe, rumores, mentiras, amantes de turno, mamporreros con ganas de sacar un dinerillo con la morralla ajena…, un asco… Deje de secuestrar y cuide de mi salud como si fuera mi padre.

 —Pierde el tiempo amenazándome, señor Ayllón, por encima de mí hay otros.

 —Que serán igualmente impotentes. No estoy amenazándole, le he puesto un sello de 0,47€ en la frente, no se lo quite ni para ducharse.

 Los nueve carteros tampoco estaban en el océano Índico. Buena señal. “Como la vida misma, Jota”.

rafael_guerrero_todo_negro

ultimatum_todo_negro

 

Reseñas:

Solo Novela Negra.

A vuela pluma.

 

Hay que matar a Lewis Winter. Malcolm Mackay. 2016

hay_que_matar_a_lewis_winter_malcolm_mackay_josevi_blender_todo_negroNovela tartan noir, a pesar de los aspectos polémicos de esta denominación, suscitados por autores encuadrados en la misma, como McIlvanney , considerado iniciador de este subgénero. Pero eso sería entrar en disquisiciones teóricas para las que, reconozco, no me encuentro preparado. Ni tampoco me interesan mucho. Quizás Val McDermid e Ian Rankin son los que deberían opinar al respecto.

Primera novela de Mackay dentro de La trilogía de Glasgow, única publicada en castellano. Con una trama centrada en el asesinato, como no de Lewis Winter, su investigación y resolución. Con policías y hampa como elementos confrontados. Sin embargo es mucho más que eso, trata los entresijos de la vida de un sicario, y por ende, del mundo del hampa. De la cotidianeidad que también posee este trabajo, muy ligada al destino y la capacidad de supervivencia de la delincuencia escocesa.

hay_que_matar_a_lewis_winer_josevi_blender_todo_negro

Sicario en sus aspectos más íntimos, sus preocupaciones, sus miedos a ser descubiertos e implicados. Un manual de buenas prácticas desde un punto de vista objetivo y con una naturalidad que pone los pelos como escarpias. Un sicario debe ser solitario, comedido, metódico, disciplinado, debe saber convivir con la incertidumbre, debe saber leer, a partir de indicios en prensa, como está desarrollándose la investigación con la finalidad de saberse más o menos a salvo, en definitiva de disminuir los riesgos. Clave para una actuación profesional. Una conseguir una buena reputación dentro del gremio, el gremio de quienes participan de esta forma de vida.

Una novela donde las mentiras tienen las patas muy cortas, donde la policía tiene los brazos atados muchas veces, y otras se vende al mejor postor y donde se descubre una sociedad escocesa paralela a la superficial.

Narrativamente, el autor apela directamente al lector con frases tan poco habituales como “…por si te interesa”, y al menos en mí, consigue cierta empatía con Calum, nuestro protagonista, ajeno a disquisiciones morales de cualquier tipo. Es su trabajo, debe realizarlo bien y de manera segura. Y al final creo que tal minuciosidad y seriedad en el desarrollo de una tarea debe encontrar una recompensa, la de salirse de rositas.

hay_que_matar_a_lewis_winer_josevi_blender_todo_negro_1

Una historia con una visión diferente.Deseando leer las siguientes entregas, de profundizar en este nuevo personajes dotado de una humanidad poco conseguida en el género.

Trilogía de Glasgow:

glasgow-trilogy-banner

ficha_malcolm_mackay_todo_negro_josevi_blender

Scarface. Howard Hawks. 1932.

scarface_cartel_todo_negro_josevi_blenderHoy vamos a ver este clásico del cine negro de otra manera. ¿os acordáis del simbolismo de las naranjas de la saga El Padrino? ¿Su metáfora de la muerte? Pues bien, nos encontramos ante un caso similar de fetichismo.

Scarface, al que el capricho de los títulos en España añadió “el terror de hampa” es la clásica historia de una trayectoria criminal. De Al Capone que ya se encontraba en plenos procesos judiciales y que daría con sus huesos en Alcatraz. Ascenso al cielo y caída a los infiernos. El precio de la vida criminal que deben pagar los grandes hampones, encarnada en la figura de Tony Camonte interpretado por Paul Muni y su desafiante mirada a los 36 años.

Es una película con parte de su trascendencia en la historia del cine americano. Es una de la originarias del cine de gángsteres, junto a Enemigo Público y Hampa dorada; marca el despegue en la carrera de Paul Muni como actor y de la consolidación Howard Hawks como director tras Código criminal, primera película de temática carcelaria, y que llegaría a dirigir películas míticas como El sueño eterno.

Pero hablemos de naranjas, o de cruces, que para el caso también nos sirve. Cruces porque son las que aparecen, no en todas, pero sí en muchísimas escenas de una forma marcada a veces por sombras, a veces por confluencia extraña de objetos para señalarnos el momento y el lugar de la muerte, del asesinato.

scarface_escenas_todo_negro_josevi_blender

Pero la escena cumbre tiene lugar cuando se produce la escena en la que Al Capone ordena la eliminación de la banda  rival de “North Side Gang”, suceso que pasó a la historia como la “matanza  de San Valentín” ocurrida en 1929 y como no, marcada por sus correspondientes y respectivas cruces, acordes con tanta acción:

matanza_san_valentin_todo_negro_josevi_blender

Por si fuera poco, este film también supone los inicios de otro grande, Boris Karloff, en este caso en el papel de criminal chivato, aunque por ese mismo año ya había interpretado sus míticas “El doctor Frankenstein”, “La momia” o “La máscara de Fu-Manchú”.

boris_karloff_todo_negro_josevi_blender

Como cotilleo final, que también interesa, decir que Clark Gable fue considerado originalmente para interpretar el papel de Tony Camonte, pero Howard Hawks lo rechazó alegando que “necesitamos un buen actor, algo más que personalidad”.

scarface_todo_negro_josevi_blender

Ficha técnica:

Título original: Scarface.
Año 1932. Duración: 93 min.
País: Estados Unidos
Director: Howard Hawks
Guión: Ben Hecht
Reparto: Paul Muni, George Raft, Boris Karloff, Ann Dvorak, Karen Moley.

Fin de trayecto. David de la Torre. 2016.

david_de_la_torre_todo_negro_josevi_blender

David de la Torre

Tú, Philip de Le Crusan, volverás a Touluse de madrugada, cuando el silbato del tren sea inaudible a causa de la lluvia, cuando tus lágrimas se mezclen con las frías gotas sobre el suelo de la estación, cuando decidas de una maldita vez que hacer con tu vida. Tú, Philip, llegarás a la ciudad empapado, con una maleta pequeña y rajada bajo el brazo derecho mientras el izquierdo intenta secar tu frente en vano. Y caminarás decenas de kilómetros desorientado, en busca del rio Garona que te guíe y te lleve hasta su apartamento. Si, ese lugar que recuerdas a la perfección y que prometiste no volver a pisar. Pues entérate bien Philip, volverás a Touluse y meterás tu llave oxidada en la cerradura que chirriará clavando ese sonido tan desagradable en tus tímpanos como un tatuaje realizado en carne viva. Tú, Philip, atravesarás el pasillo que lleva al salón, te asomarás a la Place de la Trinité y llorarás de nuevo frente a la fuente dorada y sus tres ángeles que, cómo sabes bien, se chivaron hace tiempo a tu señor de los errores que cometiste… y así te ves ahora.

Philip parpadeaba despacio frente al dormitorio. El aroma a polvo y ambientador de lavanda se mezclaban en el aire. Sobre el colchón desnudo, una imagen superpuesta de su cuerpo aparecía allí, tumbado, con los brazos en cruz. En su mano derecha, un objeto brillante. En su mano izquierda, un libro oscuro.

Se frotó los ojos dejando caer la maleta sobre el suelo. El eco del salón vacío propagó el sonido pringoso que se produjo al chocar el cuero empapado sobre la plaqueta helada. Hacía meses que la calefacción no funcionaba y, desde que se marchó, ya nadie se preocupaba de ello. Sin embargo, sus huesos húmedos que le producían pinchazos agudos a cada movimiento no le impidieron deshacerse de la ropa con lentitud. Primero, el abrigo marrón deshilachado cayó al suelo. Después, la camisa azul claro con ronchones de tomate reseco. Los pantalones, zapatos, calzoncillos… toda su ropa apareció desperdigada por el suelo cuando le encontraron.

La gendarmería regentada por el Inspector Francis Moulin recibió la llamada sobre las dos de la mañana. De guardia se encontraba la subinspectora Valentine Braille que decidió llamar a su jefe pese a ser sábado de madrugada. Francis contestó a la tercera oportunidad y quedaron en verse en el apartamento de la víctima. El R5 del inspector recorrió la ciudad sin prestar demasiada atención a los semáforos que regulaban el tráfico mientras la subinspectora hizo lo propio pero en su bicicleta.

place_de_la_trinite_todo_negro_josevi_blender

La Place de la Trinité formaba un triángulo cuasi rectángulo gracias a la Rue de la Trinité y Rue des Filatiers. En el segundo piso se encontraba un cuerpo. Y en ese mismo lugar pero en la puerta de enfrente, una mujer octogenaria se quejaba del hedor que provenía de allí dentro. Francis y Valentine llamaron a la puerta de la señora cuando una voz ronca y profunda les invitó a largarse desde el interior de la vivienda.

Señora, somos el inspector…

Me importa un rábano quienes sean… ¡lárguense!

Pero… ¿no ha sido ella quien llamó? –Preguntó Francis a Valentine.

Si… la llamada vino de éste piso…–Y girándose hacia la puerta gritó –¿Señora Dupont? Usted nos ha llamado hace cuarenta minutos. Los bomberos andan de camino… ¿señora?

Silencio.

Francis y Valentine se miraron cuando el móvil de la subinspectora emitió una dulce melodía que provocó una sonrisa en los labios de su jefe. Ella descolgó sin prestarle atención y cortó la llamada después de dos escuetos “Si”.

Los bomberos –Le dijo al tiempo que un estruendo cómo de botas golpeando la madera y arrastrando algo desconocido por el suelo subía desde el portal hacia el segundo piso.

¿Quien ha venido, todo el parque de bomberos? ¡Joder, que sólo es abrir una puerta!

Francis calló de inmediato al ver tres efectivos delante de ellos, situados varios escalones por debajo.

¿Cuál es la puerta? –Dijo el más grande de los tres.

Buenas noches… esa de ahí– Respondió Valentine echándose hacia atrás.

Sin mediar más palabras, el bombero grande y los otros dos más pequeños se movieron rápido en aquel minúsculo descansillo, portando un ariete verde oscuro que no dudaron abalanzar contra la puerta de madera. El primer golpe abrió un agujero en el centro y esparció miles de astillas al interior del piso. El segundo golpe destrozó la cerradura y abrió la puerta con extrema violencia. La señora Dupont abrió la suya despacito y un ojo azul bajo un gran párpado arrugado asomó por la rendija. Los bomberos se mantuvieron en el descansillo mientras Valentine entraba en el apartamento tapándose la nariz y Francis aconsejaba a la vecina a encerrarse de nuevo en su vivienda.

Tú, Philip de Le Crusan, acusarás las más absoluta soledad una vez cierres la puerta tras de tí. No hay calefacción porque tú, rácano egocéntrico dejaste de pagar los recibos, claro que el dinero no era tuyo, insensato mequetrefe venido a más…

Valentine caminaba a oscuras, sosteniendo una delgada linterna con su mano derecha. Francis la alcanzó junto a los bomberos dirigidos por el tremendo olor que emanaba desde el dormitorio, situado al fondo del piso. Al girar la luz hacia la cama se detuvieron. El brillo de decenas, quizás centenas de bichos sobre un cuerpo oscurecido les obligó a no sobrepasar el cerco de la doble puerta. Los bomberos se miraron entre sí y golpearon el hombro de Valentine con suavidad.

Subinspectora, aquí tiene que venir los del INPS…

Lo sé… hagan lo que tengan que hacer. Ya me encargo yo. ¿Te quedas con esto, Francis? –Le dijo a su jefe acercando la linterna a su pecho. Él la cogió y volvió a iluminar el cuerpo de aquel individuo devorado por la propia naturaleza. Un círculo luminoso alumbró sus pies ennegrecidos y continuó por el borde del colchón desnudo hasta un montoncito de ropa situado en una esquina. Se giró y pidió a un bombero una mascarilla. Conteniendo la respiración logró colocarse el bozal del plástico que evitaría una vomitona asegurada y se acercó al cadáver espantando insectos voladores que se afanaban por continuar su festín. Con los otros que permanecían desgarrando la piel no pudo hacer nada. Ni lo intentó.

La Place de la Trinité ofrecía un lugar de esparcimiento oculto en medio de Touluse, aprovechado por los habitantes para pasear, tomar algo en sus terrazas o sentarse al pie de la fuente a leer un buen libro. Sin embargo, el invierno era duro e impertinente, no dejando posibilidad de disfrute del lugar a menos que se estuviera muy abrigado. Las farolas iluminaban las aceras con apenas un aliento que se colaba por las ventanas de los primeros pisos. Para los segundos, no existía ese privilegio.

Francis se agachó para estudiar cada prenda allí tirada mientras una sirena se escuchaba en la lejanía. Desdobló un mugriento abrigo cubierto de polvo y observó una cartera que sobresalía del bolsillo interior. Al levantarse, las rodillas crujieron y sintió una infinidad de clavos hundiéndose entre los huesos.

¿Ya estás otra vez? –Le preguntó Valentine con cierta ternura.

Si… esta artritis o artrosis me va a matar.

Artrosis.

¡Que más me da! Tengo un dolor de narices así que lo llamo como me da la gana.

Valentine hizo caso omiso a las quejas de su jefe y le cogió la cartera mientras este desplazaba su trasero hasta una silla cercana. Al sentarse, una polvareda se levantó y le provocó toser.

Philip de Le Crusan, natural de Lyon… nacido el dos de abril de 1961…

¡Y un grandísimo malnacido!

Tú, Philip de Le Crusan, ahora te dignas a volver cuando las polillas inundan sus armarios, las cucarachas campan a sus anchas por cada tubería y el óxido cubre todas las bisagras de la casa… sin excepción.

Francis giró la cabeza hacia el descansillo oscuro y vacío para comprobar de quien provenía aquella voz ronca y profunda. Los bomberos se habían marchado hacía diez minutos y los de la científica tardarían aún en llegar.

Pero que cojones… –Dijo intentando ponerse en pie.

Valentine se acercó a la mujer octogenaria postrada bajo el quicio de la puerta que daba al salón, con los brazos en cruz y los morros apretados. Unas gafas de pasta gordísimas descansaban sobre una nariz enorme y afilada. La subinspectora le apuntó con la linterna y la señora ni se inmutó, reflejando la luz en sus grandes ojos azules medio tapados por un parpado grueso y arrugado.

Señora Dupont, imagino.

Eso no le importa, jovencita. Solo he venido a decirles que ese malnacido ha tenido lo que se merecía –Y volvió a cruzarse de brazos una vez movió con energía un alargado dedo índice que señalaba el cadáver.

Señora, ¿le importaría que fuéramos a su casa? Hablaremos con tranquilidad… este lugar es insoportable –Dijo Francis de pie, erguido y acercándose a ella con lentitud.

Sus ojos le miraban saltando sobre las gafas en actitud desafiante como un yorkshire amenaza a un doberman sin ser consciente de su tamaño.

Minutos después salieron al distribuidor de la segunda planta permitiendo pasar a los de la científica que acababan de llegar cargados de maletines y uniformes blancos. La señora Dupont dejó la puerta entre abierta así que tan sólo necesitó empujarla con sus delgados dedos provocando un chirrido desagradable.

Siéntense ahí… ¿quieren un café?

Si, por favor… ¿tienes usted un ibuprofeno? Disculpe el abuso –Se lamentó Francis.

¿Piensa que soy una farmacia? El que abusaba era ese de allí… al que se están comiendo los gusanos… anda y que se pudra en el infierno…– Pudo escucharse desde la cocina.

Ambos compañeros se miraron entre si y Valentine aprovechó que la señora Dupont se dirigía a su cocina para mostrarle el contenido de la cartera de Philip: un pasaje de tren desde Burdeos, un par de billetes de diez euros, un trozo de papel doblado y una fotografía antigua.

La señora Dupont regresó con una bandeja dorada cuyos adornos revestían todo el metal y cegaban a quien la mirase directamente. Sobre ella, una jarra verde claro con la tapa cubierta de frutas de porcelana y tres tazas a juego. Francis observó que había olvidado el ibuprofeno. La humedad le ahogaba comenzando por la rodilla y el dolor le obligaba a permanecer en silencio.

Señora Dupont, entiendo por sus palabras que conocía a Philip.

Pues claro que le conocía. Fueron mis vecinos durante veintidós años y tres días.

¿Fueron?

Valentine le preguntaba mientras Francis decidió pedir permiso para levantarse y caminar por la casa aludiendo necesitarlo para aplacar el dolor de rodilla. La señora Dupont se lo concedió mediante un gemido de libre interpretación.

El desgraciado de Philip y su pobre esposa. Los dos llegaron de París una mañana de Mayo. Un agente inmobiliario muy patoso pero efectivo les vendió ese cuchitril cuando aún nos manejábamos con Francos. Al principio todo iba bien: saludaban en la escalera, en el mercado, la muchacha acudía a mí para pedirme sal o algún huevo cuando no tenía…

¿Y qué ocurrió después?

El chico trabajaba en la Societé Général como agente de Bolsa. Les iba bien, como le he dicho, hasta que el muy imbécil metió la pata y una noche de dos mil ocho alguien entró en la casa.

¿Les robaron?

No señorita… nada de eso… –Dijo sorbiendo un poco de café.

Francis la escuchaba desde el extremo del salón cuando sus pies tropezaron con una pequeña maleta de cuero.

La chica apareció con doce puñaladas en el pecho sobre el suelo de la cocina. Él, atado a una silla con la cara llena de golpes.

Pero, discúlpeme… ¿Qué tiene que ver eso con su trabajo?

Francis se agachó y comenzó a explicar lo que conocía de aquella empresa según se ponía un par de guantes de latex.

La sociedad donde trabajaba Philip estafó casi cinco mil millones de euros en el año dos mil ocho. El acusado fue un tal Jérôme aunque siempre pensé que no pudo hacerlo solo…–Añadió Francis.

Valentine desconocía los detalles de aquel caso aunque algo había oído en las noticias. Francis abrió despacio la maleta.

Como dice el señor mayor con quien ha venido, Philip la cagó de lo lindo con unas inversiones y se cargaron a su mujer. Pero créame que eso era una tapadera… estoy segura que él la mató y se inventó el fraude para salirse de rositas.

Francis se cansó de escuchar.

Señora, ¡no diga estupideces! Yo estuve en ese caso…si, este “señor mayor” interrogó a Jérôme y averiguó que tuvo un cómplice pero nunca pudimos encontrarlo. Ahora que sabemos quién puede ser, tendremos que investigar qué relación pueden tener pero hay algo que debo preguntarle –Dijo con mirada inquisitiva.

¡Ay! Me olvidé la pastilla… ¿quiere que se la acerque?

No es necesario, señora Dupont… pero dígame –Preguntó acercando su cabeza a la octogenaria vecina– ¿De quién es esa maleta?

¡Es mía! –Dijo una voz joven desde el fondo del salón.

¿Quién es usted? –Replicó Valentine.

Soy el hijo de la señora Dupont. Y rogaría dejen de molestar a mi madre con éstas historias, está enferma y no es de fiar.

¡Como que no soy de fiar, pero que dices hijo mío!

¡Cállate mamá! Y despide a estas personas… creo que tendrán cosas mejores que hacer.

Valentine se puso en pie mirando fijamente al joven a la vez que Francis se acercó a ella. Una vez se despidieron y les emplazaron a visitar la gendarmería lo antes posible, abandonaron el edificio. Al pisar la calle, un viento gélido arañaba la cara de los escasos transeúntes que pululaban por Touluse de madrugada, despistados, con la bufanda en casa. Francis vio que la furgoneta de la científica continuaba allí y decidió acercarse para preguntar.

Hola… ¿habéis averiguado algo?

Una agente en medio proceso de desechar el mono blanco reglamentario para este tipo de intervenciones, le respondió sin mirarle a los ojos.

Nada fuera de lo normal. Cadáver en avanzado estado de descomposición, ningún objeto personal encontrado, no hay huellas ni señales de violencia. Suicidio, diría yo.

¿Tan segura está?

La mujer elevó la mirada y la clavó en los ojos de Francis.

¿Cree que he dudado? Tan sólo he utilizado un condicional para cubrirme las espaldas pero sí, estoy convencida. Tenía un cúter en la mano y se había cortado las venas. Ah sí, tenía una biblia en la otra mano. Buenas noches, inspector Moulin.

Francis les vio alejarse mientras Valentine le preguntaba algo. En ese instante, cuando la ciudad aún no estaba preparada para recibir un nuevo día, vieron salir a alguien del portal donde aún se encontraba la víctima, a espera de recibir la visita del juez. Valentine le observó por el rabillo del ojo y pegó un codazo a Francis que cerró los ojos.

¿No es el hijo de la señora Dupont?

¡Y se lleva la maleta, corre!

Valentine comenzó a correr tras el sospechoso al ver que éste aceleraba. En un instante, justo cuando giraba por Rue d’Alsace Lorraine escuchó a su compañero gritar y se detuvo. La mirada clavada en su rodilla, las manos apretándola con fuerza y los labios presionados dieron paso a una terrible exclamación:

¡No pares! Creo que se me ha roto… ¡joder!

rue_dalsace_lorraine_todo_negro_josevi_blender

Tu, Philip de Le Crusan, encontrarás la muerte igual que la causaste en Margerite, tu abnegada esposa pero yo tendré el placer de llevarte de la mano hasta ella… Mi Magerite, la luz que colmaba todos mis episodios de obscuridad y locura y que tú, Pierre, no supiste valorar. Así lo haré tan pronto aparezcas por el apartamento, tan pronto escuche el crujir de la puerta y nada me impedirá detener tu corazón partiéndolo en dos pedazos o rajándote las venas como quien despelleja un carnero… nadie podrá impedírmelo, ni mi madre que senil está pero se acuerda de tus palizas… Philip de Le Crusan … bienvenido a Tolouse, fin de trayecto.

Valentine dudó pero no tenía otra oportunidad hasta que otro golpe le obligó a girar la cabeza en sentido contrario. Un Citröen Picasso había arrollado al hijo que cruzó la calle sin mirar. La subinspectora se acercó al cuerpo inerte del sospechoso y encontró la maleta a escasos dos metros de él, con un cuchillo en su interior parcialmente envuelto en un trapo. Al acercarse, encontró manchas secas de sangre. Detuvo el tráfico y pidió refuerzos, acordonando la zona y dejando la avenida cortada.

***

Dos días más tarde, Valentine se encontraba frente a la cama del hospital cuando Francis despertó. Le habían operado de urgencia y se encontraba convaleciente. Unas flores y un café de máquina después, Valentine le contó la resolución del caso sobre el asesinato de Philip de Le Crusan aunque Francis enarcó las cejas al enterarse que el culpable no podía ser juzgado. Ambos habían llegado al final de su viaje.

ficha_novela_david_de_la_torre_todo_negro_josevi_blender

Furia. Fritz Lang. 1936.

cartel_todo_negro_josevi_blenderTras una cuantas películas dedicadas a los gángsteres, cambiamos de registro y entramos en el terreno de las condenas injustas. Y una condena de este tipo supone el derecho de cada cual a restañar el honor perdido. Pero no es suficiente. Ya no sirve demostrar mi inocencia  y que me reconozcan socialmente. Quiero más, quiero vengarme y joder a todos aquellos imbéciles que actuaron como chusma enardecida y adocenada.

josevi_blender_todo_negro_1

Durante un viaje, Joe Wilson llega a un pueblo y sin más es encarcelado por un delito que le atribuyen los vecinos basado en pruebas circunstanciales e indicios de sospecha. Siempre se necesita un culpable. Delirio colectivo e inexplicable necesidad de buscar justicia siempre con alguien ajeno, un forastero, ¿os suena? Los vecinos incendian la cárcel en la que se encuentra y le dan por muerto en el suceso.

furia_imagen_1

Sin embargo, Wilson consigue sobrevivir y, entonces, intentará vengarse haciendo que los culpables paguen sus penas como asesinos y corran la misma suerte que a él le ha tocado vivir, convirtiendo sus autocomplacidas vidas en pesadillas. La película gira en torno a los deseos de venganza del hombre que fue linchado.

furia_imagen_5

Furia fue un instrumento de denuncia social sobre la crisis moral que atravesaba Estados Unidos, tras el crack del 29, donde los linchamientos anuales sin ni siquiera investigación llegaban, como dice uno de los protagonistas, a 6.000 en cuarenta años. Uno cada tres días. En la película lo retrata Fritz Lang como un espectáculo de masas.

furia_imagen_2

También se inscribe la cinta en el cambio de rumbo que había tomado la política norteamericana con el New Deal en tiempos de Roosevelt, en un intento de regeneración económica y moral del país, acabando con el cine de gángsteres realizado en los años anteriores como Scarface, Hampa dorada o El enemigo público y su cierta justificación, mediante la sustitución por otros productos cinematográficos basados ahora en la denuncia social, como ésta, o Soy un fugitivo, del 32, cine penitenciario que refleja las duras condiciones en una cárcel o la posterior Ángeles con caras sucias, del 38, que entra en el terreno del análisis sociológico de la delincuencia, con un final que nadie creería unos años antes que pudiera ocurrirle a un tipo como Cagney.

Furia es el debut del alemán Firtz Lang en la cinematografía americana. Fue nominada al Oscar en 1936 como Mejor historia.

2016-08-16-20-28-39

Título original: Fury. Año: 1936. Duración: 94 min.
País: Estados Unidos
Director: Fritz Lang
Reparto: Sylvia Sidney, Spencer Tracy, Walter Abel, Bruce Cabot, Edward Ellis.
Guión: Barlett Cormack, Fritz Lang (Historia: Norman Krasna)
Productora: MGM. Productor: Joseph L. Mankiewicz