Limones negros. Javier Valenzuela. 2017.

LIMONES_negros_Todo_Negro_Josevi_BlenderQuizás lo más importante no sea el telón de fondo. Corrupción política. Si vemos lo que ocurre aquí, creo que  trasladarlo al otro lado del Estrecho no es muy difícil para ver más de lo mismo. No sé si estoy equivocado, Javier Valenzuela dirá.

Lo más importante es la descripción del ambiente cultural y social de Tánger de los últimos años. Tanto en las altas esferas del poder, como en las de quienes sobreviven con lo que buenamente ofrece la vida.

Todo ello visto desde la posición de Sepúlveda, profesor del Cervantes que reside desde hace muchos años en la ciudad. Es un tipo que vive la vida con comodidad, sin dotes tecnológicas, con una hija en la distancia, con relaciones cercanas. Vamos, que hace lo que le viene en gana. Sin aspiraciones. En el fondo vive y deja vivir. Intenta ayudar.

Los personajes, toda una fauna, sirven de excusa para contar maneras de vivir. Desde propietarios de holdings de empresas, prostitución adolescente, guardia civil, servicios secretos, promotoras inmobiliarias, criados, dueños de pequeños bazares, estrellas del cine, pero nunca para llegar a convertir la historia en una novela de espías y grandes acontecimientos políticos. Sepúlveda está ahí para que eso no ocurra. Todo es más corriente y normal. Una pena.

Destaca que, a pesar de los cambios apreciables en la novela negra actual, Javier sigue manteniendo una de las figuras emblemática del género, el de la femme fatale, con el personaje de Adriana Vázquez.  Una relaciones públicas ambiciosa que contempla su medio, el mundo de los negocios y desea su parte. Actualizada en maneras, pero con los rasgos característicos: independencia económica, gustos caros, importantes relaciones, habilidades sociales y personales que le permiten llegar allí donde solo su condición de mujer no se lo permite. Ambición y deseo de triunfo.

Lo que realmente es, para mí, más estimable de Limones Negros, son sus particulares referencias culturales y sociales relacionadas de una u otra manera con Tánger, Goytisolo, Ian Fleming, Paul Bowles, Mohammed Chukri, a la generación beat. A películas ambientadas en Tánger. A los tiempos de la Zona Internacional cuando Tánger era conocida como la ciudad de los espías, fama ganada durante la segunda guerra mundial y la guerra fría.

A veces emotiva, a veces cruel, bastante carnal. Retrata la sociedad tangerina con todas las contradicciones que conlleva vivir y relacionarse, en una sociedad musulmana, en pleno auge de una globalización en extensión permanente. Morales que se relajan, a todos los niveles. Adaptaciones al nuevo mundo.

El autor, por profesión y por lugares de residencia, le otorga si no una verdad absoluta, que tengo la convicción de que no existe, un testimonio de primera mano de lo que sucede ahora en Tánger.  Más reconocible de lo deseable. Y en el aspecto literario, su experiencia a la hora de contar, se manifiesta en maneras ágiles y envolventes demostrando una más que trillada capacidad de comunicación a través del texto.


javier_valenzuela_todo_negro_Josevi_blenderJavier Valenzuela Gimeno, nacido en Granada en 1954, licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Valencia, es periodista y escritor. Tras trabajar 30 años en el diario El País (director adjunto en Madrid y corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington), fundó en 2013 la revista tintaLibre. Es autor del blog Crónica Negra y ha publicado once libros: nueve de ellos periodísticos y dos novelas (Limones negros y Tangerina).

 

Premios de la Asamblea del Crimen de la Costa Oeste.

La Asamblea del Crimen de la Costa Oeste de América es un evento anual cuyo fin es, como tantos otros festivales, el de reunir a autores, críticos, bibliotecarios, editores y otros aficionados al género negro y de misterio y donde se premian diferentes tipos de novelas de misterio. Lleva realizándose desde 1996.
Honolulu
Los premios de este año 2017, fueron anunciados en el acto celebrado en el Hilton Hawaiian Village Waikiki Beach Resort en este mes de marzo.
 
Los ganadores de este año han sido:
 
A Great Reckoning by Louise Penny
PREMIO A LA MEJOR NOVELA DE MISTERIO.
A Great Reckoning de Louise Penny
Body on the Bayou by Ellen Byron
PREMIO A LA MEJOR NOVELA DE MISTERIO HUMORÍSTICA.
Body on the Bayou de Ellen Byron
The Reek of Red Herrings by Catriona McPherson
PREMIO A LA MEJOR NOVELA DE MISTERIO HISTÓRICA. (Bruce Alexander Memorial) para los libros que cubren acontecimientos anteriores a 1960.
The Reek of Red Herrings de Catriona McPherson
Murder in G Major by Alexia Gordon
PREMIO A LA MEJOR PRIMERA NOVELA DE MISTERIO.
Murder in G Major de Alexia Gordon
 
Aquí tienes el listado de los nominados para cada una de las categorías.

Laidlaw. William McIlvanney. 1977

todo_negro_laidlaw_portadaPara finalizar el año, lo mejor que he leído hasta ahora, Laidlaw. Un duro golpe en el estómago desde la crudeza y la especial moralidad de tierras escocesas donde el aroma del whisky y antros ancestrales acompaña las tardes lluviosas. Un tartan en toda regla, barra de medir de la denominación de origen del subgénero.

Jack Laidlaw es un inspector, cercano a los cuarenta, muy enraizado a su terruño con reflexiones sobre su medio natural desencantadas:

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Lector de Kierkegaard, Camus y Unamuno “como si fueran una provisión encubierta de alcohol”, su mujer piensa de él que “era como si su carrera como boxeador aficionado se hubiera extendido a su vida social, si bien no en el plano físico”.

La trama de la novela gira en torno a la investigación de la violación y asesinato de una adolescente, cuyo cuerpo aparece en un parque público. Incurso en ella, Laidlaw recibe la ayuda del detective Harkness, su contrapunto holmesiano, con un tratamiento de las interrelaciones diferentes en cuanto a la forma, pero en el fondo con su mismo sentido doctrinal y existencial. Deben encontrar al asesino antes que el padre de la víctima para evitar que este se tome la justicia por su mano, en una actitud extrañamente comprensible para todos los implicados en el asunto.

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Un viaje a través de Glasgow  y sus zonas especialmente obreras y conflictivas, la mayoría de las veces en autobús, nos muestra una ciudad alejada de posibles contaminaciones de la industria turística.

Por ella transcurren hampones consentidos dueños de vidas y destinos, barrios del extrarradio de instintos primarios, donde la violencia es el arma preferida. No sólo es dura sino también triste, sin esperanza de vida. Personajes que dejan con una verdadera lágrima a punto.

Una lectura que destila humanidad en todas sus páginas, en todas ellas te encontrarás algo que te haga detenerte a saborear y considerar el muestrario de pensamientos y sensaciones que emana.

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Novela premiada con el premio Silver Dagger, inició una trilogía del inspector Laidlaw formada por, además, “Extrañas lealtades” de 1991 y “Los papeles de Tony Veitch” de 1995.

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Los comentarios avivan el alma. Deja el tuyo.

Disparen sobre Errol Flynn. Stuart M. Kaminsky. 1977.

todo_negro_disparen_sobre_errol_flynnPodría deciros que la lectura de esta novela es una relectura de los clásicos, cosa que es verdad, detective marginado de vida disoluta y aficiones particulares, despechado por casi todos, pero necesario para los quehaceres domésticos y farsantes de los impúdicos gerifaltes.La garra que éstos no se atreven a mostrar pero que necesitan ejecutar para su propia supervivencia.

Para ello cuentan con Toby Peters, primera novela de este singular personaje, agente de seguridad de la Warner que fue despedido en su momento por romperle el brazo a un conocido actor y al que recurren para solucionar un chantaje a otro actor, si, a Errol Flynn.

Haciendo gala de las mejores peculiaridades de los detectives de los 40, Toby no tiene más remedio que aceptar la propuesta, a bajo coste, pero exhibiendo la altanería y soberbia exigibles ante quienes lo ignoraron y despreciaron pero que ahora intentan a través de él solucionar los obstáculos que se presentan para desarrollar su ingente negocio.

Hasta aquí un clásico, digno del mejor Chandler, pero desarrollando la trama en el ambiente cinematográfico más selecto que se haya reflejado en una novela. Por lo menos de las que yo he leído.

Cualquier novela negra tiene como personajes hampones, mujeres fatales, policías corruptos, abogados sin escrúpulos, amigos sin conciencia, amigos con ella, incondicionales del protagonista, pero con Kamismky y su referencia al mundo del cine todo esto varía. A lo largo de la historia aparecen ilustres actores de la época dorada, pero no como traseúntes, sino como verdaderos actores en el desarrollo de la trama, en la que desempeñan un papel de protagonistas, mención aparte de Errol Flynn con una actuación tan destacada como la del mismísimo Toby Peters.

Así podremos disfrutar de excelentes diálogos entre nuestro Toby y actores de la talla de Humprey Bogart, mientras se encuentra en un descanso del rodaje de El último refugio (High Sierra) de Raoul Walsh, o con Peter Lorre mientras éste se encuentra preparando su papel para rodar nada más, y nada menos, que El Halcón Maltés de John Huston.

Y además no solamente aparecen estos dos actores, el repertorio es amplio y excelente: Charlton Heston, Pat O’Brien, James Cagney, Harry Beaumont, Edward G. Robinson, Michael Curtiz, Raoul Walsh, Gary Cooper o Judy Garland.

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Una novela para amantes del género en su faceta más clásica, y un imperdible para los enamorados de la época dorada de Hollywood. Y si amas ambas cosas, una obra legendaria sin posibilidad de ningún tipo de desilusión.todo_negro_ficha_kaminsky

Su negocio era la muerte. Relato. 2016.

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 Por Pablo Hernández Pérez

Estaba en mi despacho con el último número de «Detective Privado», una revista con los trucos del oficio, leyendo un artículo donde se desvelaban cinco maneras silenciosas de matar a un hombre.

Sonreí. Yo conocía ocho maneras, aunque, para ser sincero, todas bastante ruidosas.

En ese momento la puerta se abrió y entró una palomita con medio siglo bien disimulado tras varias capas de maquillaje y toda clase de trucos femeninos: tinte rubio y extensiones para el cabello, pestañas postizas, silicona en los morros y hasta un lunar pintado sobre la mejilla izquierda. Lo único que parecía genuino de verdad era el visón y las perlas alrededor del cuello.

—¿Puedo pasar? —preguntó.

—Solo si no hace ningún comentario sobre el desorden.

Arrojé la revista sobre la mesa, me puse en pie, la ayudé a quitarse el abrigo y lo colgué en la percha que había detrás de la puerta. Tuve la sensación de que en otro tiempo habrían hecho falta muchos visones y anillos de brillantes para terminar de desvestirla, pero, en la actualidad, estaba convencido de conseguirlo a cambio de una botella de vodka y un par de adulaciones no necesariamente originales.

—Siéntese, palomita. ¿Le apetece algo de beber? ¿Un vodka?

—No, gracias, no tengo el ánimo para diversiones de ese tipo. Me llamo Amparo Soler y lo que quiero es contratar sus servicios.

—Por supuesto —dije, y tomamos asiento. Pregunté—: ¿Le han dado referencias mías?

—No.

—Mejor, no le gustarían. ¿Para qué quiere contratarme?

—Es por Richi, mi marido. Estoy terriblemente preocupada por él. Desde que nos trasladamos a vivir a Santa Bárbara no parece el mismo. Además una vecina ha amenazado con denunciarlo a la Policía por la muerte de su perro.

—¿Y eso…?

—Verá, mi vecina tenía uno de esos perros guardianes. Hace tres días el animal apareció muerto en el jardín. No presentaba signos de violencia, por lo que se pensó que había muerto por causas naturales. Pero después se le descubrió sangre en el ano.

—¿Un abuso sexual?

—No, un disparo. La bala entró por el agujero…

Parpadeé desconcertado.

—¿La bala entró por el ano?

—Sí, limpiamente. Pero no estoy segura de que lo hiciera Richi. En realidad no quiere hablar del tema. Como le digo, últimamente está menos comunicativo de lo habitual.

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, mi marido es actor. En el pasado gozó de cierta fama, pero lleva muchos años sin conseguir un papel y me temo que no tolera bien la situación.

—¿Cómo se llama su marido?

—Richi Paladino. Protagonizó más de cuarenta películas, algunas de ellas en Hollywood, aunque eso fue hace muchos años.

Me llevé un Lucky a los morros y lo prendí con mi Flammarion de oro sólido. Richi Paladino era una de las viejas glorias del cine del Oeste. Sus películas eran tan buenas que solo las ponían en las cárceles y en los aviones, porque nadie podía escapar. Si la memoria no me fallaba en los setenta trabajó con John Wayne y otras estrellas al otro lado del charco.

—Lamento la situación actual de su marido —mentí—, pero eso no explica por qué tendría que disparar sobre el animal.

—Es cierto, pero no he terminado de explicarle a fondo el asunto. Hace dos años perdimos a nuestra hija y los dos quedamos muy afectados, sobre todo él. Candelita solo tenía veintidós años.

Chupé el cigarrillo y expelí volutas de humo gris.

—Sigo sin ver la relación. ¿Alguien vio a Richi disparar sobre el chucho?

—No.

—¿En qué basa entonces las acusaciones su vecina?

—Dice que descubrió a Richi merodeando por su casa momentos antes de los hechos.

—No es una prueba concluyente —observé—. ¿Su marido tiene armas de fuego en casa?

Negó con la cabeza.

—Como la mayoría de los artistas es contrario a las armas —dijo.

—Siempre es bueno tener una pistola cerca por si las moscas —comenté. Luego me incliné sobre la silla—. Señora Soler, ¿qué quiere exactamente que haga?

—Que averigüe si mi marido es responsable de lo que se le acusa y en caso de que así sea averigüe por qué actuó de esa forma. Yo he hecho todo lo posible por averiguarlo y he fracasado. Como le he dicho, se ha cerrado sobre sí mismo como una ostra y se niega a hablar del asunto.

—Si su marido no quiere colaborar resultará complicado sacar algo en claro.

—Lo sé, pero le pagaré bien si al menos lo intenta. ¿Cuál es su tarifa habitual?

—Ochenta diarios mas una cena romántica con el cliente.

Sacó un sobre y me lo entregó.

—Cójalo, dentro está anotada toda la información y ochocientos euros.

Ochocientos, pensé. Con ochocientos pavos podía pagar el alquiler atrasado de abril, el de mayo y parte del actual.

Cogí el sobre y lo arrojé dentro del cajón.

—¿No lo cuenta?

Chupé lo que quedaba del cigarrillo y luego lo hundí en el cenicero.

—No necesito contar el dinero. Me fío de usted al cien por cien. ¿Qué hay de la cena romántica?

—Olvídese de eso, señor Folgado. Aunque no lo crea, no estoy con mi marido por su dinero. El amor está primero.

Pensé que solo en el diccionario, pero lo dejé correr.

Me puse en pie, la ayudé a vestirse el visón y la acompañé a la puerta. Cuando se hubo marchado volví a la mesa, saqué el sobre y conté el dinero. Puede que en otros ámbitos de la vida la confianza sea una virtud, pero en mi negocio es un error que un buen detective no puede permitirse.

Santa Bárbara es una urbanización a tiro de piedra de la ciudad, todo muy lujoso y privado. Reduje la marcha al mínimo y enfilé una calle ancha y larga, con sus casitas de estilo mediterráneo, todas iguales, agazapadas tras sus también iguales cuadrados de césped.

Frené suavemente, acerqué el Porsche al bordillo y lo detuve frente a la casa donde había perdido la vida el animal. Bajé del vehículo y me aproximé hasta un hombre ataviado con un sombrero de paja que trabajaba en unos claveles bicolores que serpenteaban alrededor de la casa. A su lado, un gato negro, con algunas motitas naranjas en la panza, empezó a restregarse contra sus piernas.

—Buenas tardes —saludé.

El hombre del sombrero me miró con cautela, pero no respondió al saludo. Tendría alrededor de cincuenta, barriga esférica y los brazos muy velludos. Le mostré la licencia en la distancia y le dije que trabajaba para la Sociedad Protectora de Animales y Plantas. Al oír aquello apartó al gato de una patada y luego se aproximó hasta una distancia prudencial de dos metros.

—¿Y qué quiere?

—Se nos ha informado que hace algunos días su perro guardián sufrió un accidente anal.

—No fue un accidente, alguien le disparó.

—Claro. ¿Tiene alguna sospecha de quién pudo hacerlo?

—No —respondió con voz grave y firme.

—Según tengo entendido se acusó a un vecino de esta urbanización.

—Ni idea.

—¿Y quién lo sabe? La denuncia procedió de esta casa.

—No lo sé. Además no tengo tiempo para esto.

Su negativa a colaborar empezaba a tocarme las pelotas.

—¿Está su mujer en casa? —inquirí.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Quiero hablar con ella, quizá sepa algo. Usted no parece saber nada.

Me miró con tensión. Su boca era una línea recta.

—Lárguese —dijo.

—¿No le importa lo que le pasó a su perro?

No contestó. Aunque, por la forma de patear al gato, estaba visto que no le importaban los animales lo más mínimo.

Dio media vuelta y entró en la casa murmurando algo. Yo regresé al Porsche, me llevé un Lucky a la boca y lo prendí. El Sol brillaba en las alturas como una pelota naranja suspendida en un alambre invisible. Un coche se aproximó y estacionó frente a la casa. Era unos de esos lujosos BMW todoterreno, de color blanco y con las lunas tintadas. Se me ocurrió que a lo mejor era la esposa del arisco hombre del sombrero de paja, así que me acerqué al vehículo y aguardé. Pero quien se apeó fue uno de esos tipos que abundan en Santa Bárbara y a los que uno asocia inmediatamente con una casa con jardín, cerca blanca, barbacoa, piscina, pista de tenis y 1,4 hijos.

—¿Me está esperando? —preguntó al verme.

—En realidad esperaba a la señora de la casa.

—¿Por qué? ¿Es un amigo?

Chupé el cigarrillo y luego le solté el rollo de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas.

—Estamos tratando de averiguar quién se cargó al chucho —expliqué—, aunque el propietario de esta casa no parece interesado en averiguarlo.

—¿Por qué dice eso? ¿Ha hablado con él?

—Hace un momento.

—Todavía debe estar disgustado. El señor Pamiades es un buen hombre.

—¿Lo conoce usted bien?

—Soy su médico particular. En realidad vivo en esta comunidad y muchos de mis pacientes residen aquí.

—¿Sabe si la señora de la casa está dentro? Según nos consta ella presentó la denuncia.

Sonrió, mostrando abiertamente su dentadura revisada por el equipo de publicad de Colgate.

—Lo siento, pero no controlo la vida privada de mis vecinos. ¿Por qué no le ha preguntado al señor Pamiades?

—Ya se lo he dicho, el señor Pamiades no se encuentra hoy muy colaborador. ¿Está usted aquí en calidad de médico o de amigo?

Dilató la nariz.

—¿Por qué lo quiere saber?

—El saber nunca está de más.

—¿Qué?

—Es un proverbio. Significa…

—Ya sé lo que significa —me cortó disgustado—. Ha sido un placer. Buenos días.

Sin duda mi sentido del humor no era del gusto de los vecinos de Santa Bárbara. El hombre cruzó el jardín y pulsó el timbre. Cuando la puerta se abrió le estrechó la mano al tal Pamiades, hicieron algunos comentarios y me echaron un vistazo despreciativo antes de perderse en el interior de la casa.

Arrojé el Lucky al suelo, lo pisé con la punta de la zapatilla y rodeé la casa. En la parte trasera descubrí una piscina. El agua estaba tan quieta que parecía un cristal sólido reflejando el azul del cielo ardiente. Junto a la piscina yacía tumbada una pelirroja con unas curvas que ni el circuito del Jarama, y las tetas untadas de aceite bronceador.

Salté la tapia con enredadera, atravesé el jardín y me aproximé con paso tranquilo. Ella se incorporó ligeramente al verme y se elevó las gafas de sol por encima de la frente, pero no hizo ningún gesto de cubrirse.

—¿Quién es usted? —preguntó, y me escrutó con ojos llenos de astuta ambición. Yo en cambio escruté la geografía de sus pechos redondos, simétricos y voluminosos, y luego mi cerebro expresó pensamientos de sexo salvaje.

—Mi nombre es Vicente Folgado —dije mostrando mi licencia de detective—. Me envían de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas.

—¿Y sus jefes le permiten colarse así en una propiedad privada?

—Siempre que no soy bienvenido. ¿Cómo pudo casarse con un hombre tan desagradable?

Soltó una carcajada.

—Ese viejo celoso no tiene ningún sentido de la hospitalidad —dijo—. Si pudiera lo cambiaría por un hombre más joven, más guapo y más rico.

Saqué dos cigarrillos de la pitillera, le ofrecí uno, lo prendí con el Flammarion y luego prendí el mío. Yo podía presumir de lo primero y de lo segundo, pero no de lo último.

—Bueno —dijo bufando el humo—, ¿y está aquí por motivos profesionales o solo quiere mirarme las tetas?

—En principio solo por motivos profesionales, pero ambas cosas pueden complementarse. ¿Es cierto que había un perro en esta casa?

—Sí, se llamaba Angus y era un Bullmastín muy fiel. ¿Es por Angus por lo que está aquí?

—Sí, estamos recabando información para tratar de descubrir a los responsables de la agresión anal.

—Me parece bien que se tomen medidas, pero puede dejar de husmear, le disparó un vecino de aquí. Richi Paladino. ¿Lo conoce?

—Claro, trabajó en Hollywood. Pero de eso hace tiempo.

—Eso lo ignoro, y a decir verdad me trae sin cuidado. ¿Lo va a detener?

—No tengo autoridad para ello. ¿Tiene alguna prueba que sustente sus sospechas?

—No.

—¿En qué basa entonces la acusación?

—Le pesqué husmeando alrededor de esta casa varias veces.

Sonreí.

—Con esas tetas que usted tiene lo raro es que no se hayan presentado más mirones.

Esbozó una sonrisa maliciosa y depredadora.

—Gracias, pero me parece que no eran mis tetas lo que a él le interesaba.

—Entonces ese hombre es un enajenado. ¿Qué le ha dicho la Policía?

Hizo un círculo con los labios y expelió otra columna de humo.

—Me prometieron investigarlo —contestó—, pero no espero nada de ellos. Probablemente se limitarán a meter el informe en un cajón y a mirarme con lástima. De todas formas sé que fue él. He tratado de hablarle dos veces y ni siquiera lo negó. Debe odiar a los animales.

—Su marido tampoco parece amarlos en exceso. ¿Cuánto tiempo llevan viviendo aquí?

—Unos dos años. Antes vivíamos en la ciudad por comodidad. Mi marido tenía un negocio de salud natural a cien metros de casa, en el barrio de Patraix.

—¿Su marido es médico?

—Arturo es naturópata. Pero traspasó el negocio poco antes de venirnos aquí.

—¿Por qué motivo?

—Por dinero, por supuesto.

—Debió ser mucho, a juzgar por el nidito en el que viven.

—No se deje engañar, nos moriríamos de hambre si no fuera por los productos que vendemos a través de internet.

—¿Qué tipo de productos?

—Un poco de todo, desde herboristería y dietética, a homeopatía. Mi marido se encarga de todo. Como le he dicho, es un profesional de la salud natural.

—Hablando de salud, ¿qué me dice del tipo del BMW? Tengo entendido que es médico de verdad.

—¿Llorente? Era el asesor médico de mi marido cuando tenía el negocio en Patraix. Ahora tiene una consulta aquí, en Santa Bárbara. Vive de lujo. Imagínese, sus pacientes son sus propios vecinos.

En ese momento observé movimiento en una de las ventanas del primer piso. Pamiades y el tal Llorente discutían con vehemencia. Lo que decía Pamiades no parecía agradarle a Llorente. Lo que respondía Llorente no parecía gustarle a Pamiades. Finalmente Llorente dio media vuelta y desapareció. No así Pamiades, quien se volvió hacia la ventana, la abrió violentamente y me observó. Su rostro estaba al rojo vivo, pero no de calor, sino de ira. Al verle, la mujer pelirroja sonrió y le saludó con la mano, pero Pamiades no devolvió el saludo. En su lugar cerró la ventana de golpe y desapareció en el interior.

Me incorporé y arrojé el cigarrillo a la hierba. Era mejor alejarse de allí cuanto antes.

—Señor Folgado —dijo la mujer—, ¿le apetece tomar un baño? Puedo prestarle uno de los bañadores de mi marido.

Sus ojos eran pura promesa.

—Lo siento, pero mi médico me advirtió que me apartase de la luz del Sol. Me produce cáncer de piel.

—¿Volveremos a vernos?

—Claro, estaré por la zona, tratando de averiguar quién profanó el ano a su perro Angus.

—Eso sería maravilloso. Le recompensaré si lo averigua.

Lo dijo de un modo que parecía indicar que, a poco que lo sugiriese, me recompensaría con algo más que una copa de vino.

Volví sobre mis pasos y regresé a la calle principal en el momento en el que Llorente abandonaba la casa y abría el BMW con su mando a distancia. Tenía los ojos consumidos por la rabia y los puños apretados amenazadoramente.

—Ha sido una visita corta —le comenté tranquilamente.

—Lo siento, no tengo tiempo para hablar con usted.

Abrió la puerta del todoterreno y la cerró de un portazo en mis narices.

—¿Acaso ha discutido con el señor Pamiades? Me pareció entender que se llevaban bien.

No contestó, y a continuación apretó el botón de arranque y salió disparado con un ímpetu semejante al de una bala cuando abandona el cañón.

¿Qué habría pasado dentro de la casa para que Llorente se hubiera marchado con semejante crispación?

Antes de alejarme del escenario del crimen decidí husmear un poco por la zona en busca de posibles testigos. La primera persona con la que hablé fue una señora que paseaba uno de esos perros con aspecto de rata. Dijo que no conocía demasiado bien a la mujer, pero que era clienta personal de Pamiades y que sentía una gran admiración por su trabajo.

—Lo que más me gusta de ese hombre —me dijo—, es que trata enfermedades que la medicina científica no puede curar, y además sin efectos secundarios.

Me pasé a la boca un cigarrillo que tenía tras la oreja y lo prendí.

—Yo también curo cosas imposibles —repuse bufando el humo—, como por ejemplo la tontería de encima.

—¿La tontería de encima…?

—Sí, pero me temo que nunca puedo evitar los efectos secundarios, moratones, desorientación, pérdida de dientes y, ocasionalmente, huesos rotos.
La señora me lanzó una mirada cautelosa, y luego siguió su camino, presurosa por alejarse de mí. Por mi parte seguí interrogando a los vecinos. En total gasté cinco centilitros de saliva haciendo preguntas y cuatro de tinta tomando notas, pero nadie parecía haber visto nada y no averigüé nada que resultara de interés.

Regresé al Porsche y conduje calle arriba hasta la chabola de mi clienta, que era una réplica casi exacta de la chabola de Pamiades y esposa. Estacioné y pulsé el timbre. Mi intención era interrogar a fondo a Paladino y amenazarlo con convertirlo en mermelada si se negaba a responder mis preguntas.

Pero no pude hacer nada de eso porque el matrimonio no parecía encontrarse en la casa.

Consulté el reloj. Eran casi las dos y me sentía cansado y sin fuerzas. En las últimas veinticuatro horas apenas había bebido ni comido nada que no hubiera salido del cajón de mi despacho.

Regresé a la ciudad, me metí en un restaurante chino de Ruzafa al que solía llevar a mi ex en ocasiones especiales y empecé con rollito de primavera y acabé con cerdo agridulce, una sucesión de platos que por cierto representaban una analogía perfecta de mi pasado matrimonial. Mientras terminaba el postre se me ocurrió telefonear al subinspector Olivares con la intención de sonsacarle alguna información relativa al caso. Poco menos de un año antes yo había sido el responsable directo de que un ladrón de carritos de la compra, al que se disponía a detener a la salida de un Mercadona, no le rebanara el cuello con un cúter. Desde entonces éramos un ejemplo de colaboración total.

—Mira, Folgado —me dijo—, todas las posibilidades están siendo analizadas, pero todavía no sabemos quién mató al perro.

Lo cual significaba que habían llegado a un punto muerto, pero no quería reconocerlo.

—¿Qué hay del plomo?

—Logramos extraer la bala del cuerpo del animal, y también encontramos la vaina a treinta metros de la casa. Corresponden a un antiguo revolver Colt del 45. Hemos estado investigando y hemos descubierto que el Colt del 45 fue el revólver reglamentario del ejército americano entre 1873 y 1917.

Pensé que también se trataba del arma cuyo gatillo Richi Paladino había estrujado en la mayoría de sus películas. Que el policía no hubiera asociado este hecho con Paladino indicaba que no había investigado suficiente al actor o que ni siquiera lo había investigado.

—Por desgracia —continuó—, sin el arma no pillaremos nunca al que disparó.

—O sea, que no tienes nada.

—Al contrario, tengo la mesa llena de casos por resolver. Así que no me voy a volver loco por un perro muerto. Probablemente sea obra de gamberros.

—Pues la propietaria del animal responsabiliza a un vecino —dije dispuesto a averiguar cuánto sabía.

—Lo sé, un tal Paladino. Pero es un anciano y no tiene antecedentes. ¿Estás trabajando en el caso?

—La mujer de Paladino me contrató esta mañana —admití.

—¿La mujer?

—Sí, Amparo Soler. Ochocientos napos.

—No lo entiendo. La víctima es la señora Galán y su marido, el señor Pamiades. ¿Para qué te ha contratado la señora Soler?

—Ni yo mismo lo sé. Dice que su marido está raro. Creo que quiere que lo proteja.

—Protegerlo, ¿de quién?

—No estoy seguro. Tal vez de sí mismo.

Colgué el aparato, pedí un Doble V a la camarera china y lo sorbí despacio. Yo estaba seguro de que tenía todas las piezas delante de mi nariz, pero no lograba encajarlas.

Me disponía a regresar a Santa Bárbara cuando llamó mi clienta.

—¿Dónde se ha metido?

—He bajado a la ciudad para evitar morirme de inanición. Por cierto, ¿dónde están ustedes? Pasé por su casa hace algo más de una hora, pero no los encontré allí.

—Estoy en la ciudad buscando a Richi. Se marchó hace horas de casa. Estaba muy bebido y alterado.

—¿Dónde cree que puede estar?

—No lo sé, estoy visitando a todos sus amigos y parientes, pero no he logrado nada por el momento. Estoy preocupada.

—Es natural, probablemente perforó el ano del perro de sus vecinos.

—Ya no sé qué pensar. Puede que perdiera la razón hace tiempo. Anoche tenía fiebre y se pasó todo el rato hablando en sueños de Candelita.

—¿Candelita?

—Sí, se lo dije esta mañana, Richi y yo teníamos una hija que murió hace dos años.

—¿De qué murió?

—Cáncer.

—El cáncer puede ser tan letal como una bala si no se diagnostica a tiempo —dije por decir algo.

—Es cierto, pero lo que más amarga a Richi es que el tumor de Candelita se le diagnosticó al poco de manifestarse. Los médicos dijeron que de haberse sometido a quimioterapia inmediatamente, probablemente lo habría superado.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Candelita confiaba más en las medicinas alternativas. Decía siempre que la medicina convencional no lo cura todo.

—La medicina alternativa no cura nada. ¿Por qué no la obligaron a tratarse en un hospital?

—Candelita llevó su enfermedad en secreto para no preocuparnos. Como le he dicho, creía que podía curarse con tratamientos no convencionales. Estuvo visitando uno de esos herbolarios de medicinas naturales durante seis meses, donde recibió un tratamiento a base de plantas, dietas ecológicas y productos homeopáticos, pero el tumor fue propagándose en silencio más y más.

—Metástasis.

—Así es. Una mañana Candelita se desmayó en el cuarto de baño. Estaba muy débil y se había pasado los últimos dos días con vómitos y sudores fríos. Pensamos que padecía anemia o algo así, pero cuando la llevamos al hospital supimos lo que ocurría en realidad. Murió al día siguiente, pero antes nos contó esto que le cuento ahora yo a usted.

—¿Qué pasó después?

—Poco después del entierro Richi se personó en ese negocio de remedios naturales y amenazó al propietario con denunciarlo, pero eludió cualquier responsabilidad con relación a la muerte de Candelita.

—¿Dónde está situado el negocio?

—En la Plaza de Benimarfull, muy cerquita de la Avenida Tres Cruces. Pero ya no está allí, cerraron un mes después.

Pedí la cuenta a la camarera y luego me pasé los dedos por el cabello de la nuca, reflexionando. La mano de la verdad estaba cerniéndose sobre algo, pero no sabía a quién iba a agarrar y arrastrar consigo.

—Escuche —le dije—, regrese a casa. Me da en la nariz que Richi sigue en Santa Bárbara.

—¿Qué va a hacer usted mientras tanto?

—Detener a su marido antes de que cometa una locura.

Aboné la cuenta, busqué el Porsche y regresé a la urbanización a la velocidad de un cohete de propulsión a chorro. Cuando aterricé en Santa Bárbara me encontré a la vecina con su rata domesticada detenida frente a la casa de Pamiades.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—No lo sé —dijo—. He oído un ruido hace cosa de cinco minutos. No estoy segura, pero creo que era un disparo.

Observé la casa. Parecía tranquila.

—¿Ha visto a alguien sospechoso?

—No.

—¿Ha llamado a la Policía?

—No.

—Quédese aquí.

Saqué la Llama, rodeé la propiedad y eché un vistazo a la piscina. Sobre el agua flotaba un gran sombrero de paja. Atravesé el jardín y me aproximé. Arturo Pamiades yacía en el fondo de la piscina, con el pelo arremolinado y los brazos extendidos en cruz. Uno podría pensar que se estaba refrigerando… si no fuera por la nube de sangre que oscilaba en la superficie del agua sobre su cabeza.

Con la cacharra todavía en la mano entré en la casa y husmeé superficialmente. No parecía haber nadie. Después regresé al jardín, me acomodé en la tumbona y telefoneé a Olivares.

—Han matado a Pamiades —dije.

—¿Qué coño dices, Folgado? —gruñó.

—Pamiades, el dueño del chucho con el ano perforado. Lo acabo de encontrar en el fondo de la piscina.

—¿Estás seguro de que está muerto?

—Si no lo está tiene pulmones de cetáceo.

—Mierda. ¿Qué ha pasado?

—No he intentado averiguarlo, pero parece un disparo.

—Escucha, Folgado, no te muevas de ahí —me ordenó, y a renglón seguido colgó el aparato, lo que significaba que se presentaría en cuestión de minutos.

Prendí un Lucky y esperé. Pensé en Paladino. También pensé en la pelirroja de las tetas redondas, simétricas y voluminosas.

¿Dónde se habría metido?

Veinte minutos después Olivares apareció flanqueado por la secretaria judicial, el forense y varios sujetos de la científica. Les mostré el cuerpo y luego Olivares me agarró del brazo y me apartó a un lado. Quería respuestas, y yo se las fui dando. Por supuesto no todas fueron sinceras, pero me aseguré de que al menos pareciesen razonables. Cuando terminé, el policía hurgó en su nariz como siempre hacía cuando reflexionaba.

—Pamiades fiambre y el sospechoso bebido, alterado y desaparecido —dijo—. El caso parece claro.

—Tal vez —comenté—. Pero vale la pena no descartar otras hipótesis.

Me mostró las palmas de las manos.

—¿Qué hipótesis? Paladino ha huido. A eso se le llama conciencia de culpabilidad.

No dije nada. Mientras trasladaban el cadáver hasta el vehículo de los fiambres, los de la científica encontraron la vaina de la bala en la hierba, a solo quince metros de la piscina. Al parecer era idéntica a la encontrada tres días antes.

En ese momento recibí una nueva llamada de mi clienta.

—¿Señor Folgado?

—Hola, señora Soler —saludé—. Escuche, la Policía va a ayudarla a buscar a su marido. Pasarán por su casa dentro de unos minutos y le harán algunas preguntas.

—Olvídese de eso —dijo—. Está aquí.

—¿Qué?

—Richi, mi marido. Ha regresado.

Le dije que le entretuviera mientras llegaba y luego le comuniqué las buenas nuevas a Olivares, quién rápidamente se metió en un coche patrulla escoltado por tres de sus perros y voló en dirección al nido de mi clienta con las luces estroboscópicas y la sirena aullando como un tiovivo.

Ideal para alertar a Paladino de su visita y permitirle huir si lo deseaba.

Le seguí en el Porsche y estacionamos al mismo tiempo. Amparo Soler nos estaba esperando en la puerta. Frunció el cejo cuando vio llegar el coche de la Policía, pero no hizo ningún comentario.

—Señora Soler, le presento al subinspector Olivares. Desea hablar con su marido. ¿Dónde se encuentra?

Su rostro estaba pálido a pesar de la película de maquillaje.

—Richi está arriba —respondió secamente.

—¿Cuándo ha vuelto?

—No lo sé. Lo encontré inconsciente en la cama cuando llegué hace veinte minutos. El médico estaba con él.

—¿El médico?

—Sí, el señor Llorente. Tiene una consulta en esta urbanización.

Subimos los escalones de dos en dos. Paladino yacía acostado sobre la cama de la habitación. No le reconocí, su estado era lamentable. La piel de la cara, muy blanca y arrugada, le colgaba, y tenía las sienes hundidas y venosas.

—Por favor —dijo Llorente—, es mejor que no se le moleste. El señor Paladino ha sufrido una crisis nerviosa. Le he tenido que sedar.

Olivares dio un paso al frente. Su expresión era dura como el roble.

—Soy subinspector de Policía. ¿Qué ha pasado?

—El señor Paladino me telefoneó hace una hora, estaba muy alterado y repetía una y otra vez que había cometido una locura. Vine aquí, tenía fiebre y la tensión por las nubes, así que le administré un sedante. ¿Pasa algo? Si no es así les ruego que abandonen la habitación, este hombre necesita reposo absoluto.

—Este hombre es sospechoso de asesinato —señaló Olivares. Después se aproximó al actor y se inclinó sobre él—. Oiga —llamó—, ¿me escucha? ¿Dónde ha escondido el arma?

El actor abrió ligeramente los ojos y le miró con debilidad, pero no pronunció palabra. Esto molestó mucho al subinspector. Lo agarró de los hombros y lo zarandeó violentamente.

—¡Oiga! ¡Despierte! —rezongó—. ¿Qué ha hecho con el arma?

—¡Eh, no puede hacer eso! —protestó el médico.

—Claro que puedo, tengo un cadáver a doscientos metros y este hombre es el principal sospechoso.

A Paladino no pareció sorprenderle la noticia lo más mínimo. Sus ojos abiertos seguían con una expresión fija y apagada.

—Escuche —dijo Llorente—, si busca un arma hay una sobre esa mesita de ahí. La encontré sobre la cama cuando llegué. Creo que pretendía suicidarse con ella. Pero por favor, deje a este hombre en paz, ¿quiere?

Todos nos volvimos hacia la mesita. Se trataba de un revolver Colt del 45.

Olivares se enfundó un guante de goma y lo agarró con delicadeza. Examinó el tambor para seis cartuchos. Quedaban cuatro y eran idénticos a los empleados para dar matarile a Pamiades y a su perro Angus.

—Este revolver ha sido disparado hace menos de dos horas —informó, y le pasó el arma a su ayudante, quien la metió en una bolsa transparente con cierre hermético. Luego añadió—: Llevaremos el Colt a los de balística para que lo analicen, aunque todo apunta en la misma dirección.

Unas lágrimas afloraron y descendieron por las mejillas de Amparo Soler.

—Oh, Richi, ¿por qué has tenido que hacerlo?

Paladino miró a su esposa con aire ausente, pero tampoco contestó esta vez, así que me di el lujo de contestar por él.

—Eso está claro —dije al auditorio—. Su hija Candelita murió hace dos años, y Pamiades tuvo mucho que ver con su muerte.

Olivares me clavó los ojos, como preguntándose si sería comestible.

—Santo Dios, Folgado, ¿de qué mierda hablas?

—Según he averiguado, la hija de Paladino acudió a un negocio de remedios naturales para curarse un cáncer. Allí la trataron con hierbas mágicas y pócimas homeopáticas durante meses y mientras la enfermedad siguió su curso natural, afectó a otros órganos y se volvió incurable.

El policía se encogió de hombros.

—¿Y qué tiene eso que ver con Pamiades?

—Pamiades dirigía un negocio de esas características en el mismo barrio. Las fechas del cierre del negocio también coinciden. Lógicamente Paladino responsabiliza a Pamiades por la muerte de su hija.

Se produjo un silencio catedralicio mientras la información era asimilada. En alguna parte de la casa se podía oír el tic tac de un reloj.

—De acuerdo, lo investigaremos —señaló Olivares—. Mientras tanto, me llevo a Paladino a comisaría.

—No podrá arrancarle nada —dijo Llorente—. El sedante es muy potente.

—Le arrancaré la cara de un tortazo si no habla —amenazó Olivares, y a continuación cogió las esposas que llevaba colgadas de la hebilla del cinturón—. A ver las manos —le ordenó al actor.

—Yo no he matado a Pamiades —balbuceó Paladino por primera vez.

—¡Que me des las manos, coño!

Paladino se incorporó despacio, quedó sentado sobre el borde de la cama y extendió las manos lentamente. Parecía como si nada le importase. Mientras, Olivares le sujetó las esposas en las muñecas.

—Esperen —dijo el actor—, admito que lo del perro es cosa mía, pero yo no he matado a Pamiades. Es verdad que fui hasta allí para matarlo. Pamiades estaba solo, tomando el baño en la piscina. Le apunté y estuve a punto de apretar el gatillo. Merecía morir, él empujó a Candelita a los brazos de la muerte. Pero no fui capaz, así que volví a casa y pensé en matarme yo.

La señora Soler cayó en brazos de su marido.

—¡Oh, querido!, ¿por qué nunca me hablaste de eso? Habríamos presentado una denuncia y se habría hecho justicia.

—Visité a un abogado, pero no me dio ninguna esperanza. Además, supongo que en el fondo no buscaba justicia, sino venganza.

—¿Por eso lo mató? —insistió Olivares.

—Yo no lo maté, ya se lo he dicho.

Di un paso a frente.

—¿Cómo dio con Pamiades? —pregunté.

—A través de internet, claro. Cuando supe que residía en Santa Bárbara, convencí a Amparo para que nos trasladásemos aquí a vivir. Quería tener cerca al asesino de Candelita, estudiar sus movimientos y trazar un plan para matarlo.

—¿Por eso compró esa antigualla? —inquirió Olivares, aludiendo al Colt.

—No lo compré, me lo regaló John Wayne en 1976. Ni siquiera creí que funcionara.

Olivares me clavó la mirada.

—Eh, eh, espera un momento. ¿Ha dicho John Wayne?

Suspiré, y a continuación le expliqué quién era Paladino y su relación con Hollywood y John Wayne. Olivares me amenazó con arrancarme las manos y los pies por no habérselo contado antes. Sin duda odiaba ir siempre dos o tres pasos por detrás.

La mujer exclamó:

—¡Mi amor, yo te creo! Pero no debiste matar al perro. ¡Era un animal inocente!

—Lo sé, estoy arrepentido, solo quería hacer daño a Pamiades y probarme que podía quitar una vida.

En ese momento un poli asomó la cabeza en la habitación.

—Señor, la esposa de la víctima acaba de llegar a casa y desea verle.

—Gracias, iré a verla en cuanto traslademos a Paladino a comisaría.

Mientras, Llorente se dirigió a Amparo Soler.

—Lo siento, señora, pero veo que poco más puedo hacer yo aquí. Avíseme si necesita alguna cosa.

Mi clienta le agradeció la atención prestada a su marido, aunque se la veía al borde del hundimiento emocional. Mientras el médico recogió su maletín, se despidió de todos los presentes y abandonó la habitación apresuradamente.

Bajamos a la calle detrás de él. Algunos vecinos se arremolinaban alrededor de la casa. El centro de atención parecía ser la vieja gloria del cine a la que los perros de Olivares introducían en un coche policial en ese momento, así que nadie se fijó en mí cuando eché a andar detrás del médico con el sigilo de un gato.

Cuando llegó a la casa de Pamiades, miró a un lado y a otro, y luego atravesó el jardín y entró sin llamar. Hacía un rato largo que habían retirado el cadáver y no se percibía movimiento policial en los alrededores.

Me pegué a la puerta y escuché la voz de la pelirroja.

—¡Sal de mi casa inmediatamente! —exclamó—. ¡La Policía lo va a saber todo! ¡No quiero escucharte!

Pero yo sí quería, así que entré.

—¿A qué vienes tanta crispación, señora Galán?

Los dos se volvieron en mi dirección.

—¡Este hombre asesinó a mi marido! —exclamó—. Se lo dije antes, era el socio de Arturo cuando murió esa chica. ¡Todo está relacionado!

—No la escuche —intervino Llorente—, no sabe lo que dice.

La pelirroja lo miró con tensión. Su boca roja brillaba despreciativamente.

—¿Lo vas a negar, embustero?

Esperé la respuesta con atención. Se le veía tenso como una cuerda de piano.

—Es cierto —admitió finalmente—. Trabajé con Arturo en su negocio de salud natural. Pero no tengo nada que ver con su muerte, ni con la de esa chica.

Ella me miró, desencajada por la furia.

—¡No le crea! Mi marido vendía los productos, pero quien los recetaba era este miserable. Como asesor médico animó a la hija de Paladino a seguir su tratamiento a base de hierbas y diluciones homeopáticas.

El médico se encogió de hombros.

—¿Y qué tiene eso de malo? Era mayor de edad, y además accedió voluntariamente.

Di un paso al frente. Todas mis sospechas se materializaban una a una.

—Es usted un cubo de mierda —le solté—. Como médico titulado su obligación era dispensarle el mejor tratamiento disponible, y no esos placebos y pócimas mágicas.

—Solo intenté mejorar su calidad de vida —se excusó—. La cirugía y la quimioterapia acarrean muchos problemas. Mis tratamientos son naturales y están libres de efectos secundarios.

—Yo consideraría morirse un efecto secundario a tener en cuenta.

Los ojos de Llorente me miraron ardientes como la brasa de un cigarrillo.

—Me da igual lo que piense de mí, usted no sabe lo que pasó.

—Él no —dijo ella—, pero mi marido lo sabía todo porque era su cómplice. Me telefoneó hace dos horas mientras estaba en casa de mi madre y me lo confesó todo. Estaba terriblemente asustado. Sabía que el padre de esa chica había matado a Angus y que estaba decidido a matarlo a él también. Por eso hizo venir a Llorente esta mañana. Quería que supiera que había tomado la decisión de confesarle todo al señor Paladino antes de que lo matara, y eso implicaba revelar la identidad del principal responsable de la muerte de su hija.

Eso explicaba el estado de crispación con el que abandonó Llorente la casa esta mañana.

—¡Todo eso es ridículo! —protestó el médico, y observé cómo la ira ascendía en tromba por su cuello, se adueñaba de su cara y le hacía palpitar las venas de las sienes.

—En absoluto —dije—. Pamiades era el único que sabía que usted engañó a Candelita con remedios pseudocientíficos. Eliminando a Pamiades, eliminaba toda posibilidad de que Paladino lo relacionase con la muerte de su hija y tratara de perforarle el ano con plomo como hizo con el chucho.

Llorente suspiró.

—Aunque todo eso fuera cierto y deseara la muerte de Pamiades, eso no me convierte en su asesino. ¿Cómo iba a serlo? Ya ha oído lo que ha dicho la Policía, a Pamiades lo mataron con ese viejo revolver Colt de Paladino. El mismo revolver con el que Paladino mató al perro.

Sonreí.

—Supongo que los acontecimientos le fueron favorables. Paladino vino aquí con la intención de matar a Pamiades. Había bebido y se encontraba al borde de una crisis, pero se echó atrás y regresó a casa. Tal vez pensó en suicidarse. En cualquier caso le telefoneó a usted y le pidió que fuera a verle. Cuando llegó, descubrió que estaba solo y tenía el revólver. Tal vez incluso le confesó lo que había intentado hacer. Entonces le administró un sedante, y cuando se durmió se apropió del Colt, vino aquí y mató a Pamiades. Luego regresó rápidamente a la chabola de Paladino y devolvió el arma antes de que llegara la señora Soler.

—No puede probar nada.

—Claro que puedo. Lo único que necesito es un test de parafina para demostrar que usted disparó un arma esta tarde, y Paladino no.

No aguardó ni un segundo más. Tenía una pistola en el bolsillo. La sacó, me disparó y la bala me rozó el lóbulo de la oreja derecha como la llama de un soldador. Rápidamente rodé por el suelo, desenfundé mi Llama del 45, me apoyé en un hombro y apreté el gatillo.

Y entonces por casi me da un patatús. ¡La Llama estaba encasquillada!

Miré a Llorente. Se estaba preparando para dispararme de nuevo. Cerré los ojos aguardando el final, pero entonces la pelirroja disparó por encima de mi cabeza. El estruendo casi me revienta el tímpano. La bala alcanzó de lleno el pecho del médico, que fue violentamente lanzado hacia atrás. Su cabeza rebotó lúgubremente contra el suelo, y quedó inmóvil.

Corrí hasta el cuerpo de Llorente y alejé la pistola caída de una patada. Luego me agaché y le tomé el pulso.

—¿Está muerto, querido? —preguntó la mujer.

—Como el pollo frito.

Me puse en pie. Sentía un líquido caliente bajar por el cuello. Al ver la sangre, la pelirroja arrojó la pistola al suelo y corrió a mi lado.

—¡Oh, Santo Dios, creí que iba a matarnos!

—Lo habría hecho, nena. Su negocio era la muerte. ¿De dónde sacó usted la cacharra?

—Era de Arturo. La compró después de la muerte de Angus. Pero no le ha servido de nada.

—Nos ha servido a nosotros. Por cierto, lamento lo de su marido.

—No puedo decir que me alegre de su muerte, pero no estaba enamorada de él.

Colocó sus brazos alrededor de mi cuello y me apretó contra su cuerpo, haciéndome sentir en mi pecho sus tetas redondas, simétricas y voluminosas. También sentí sus lágrimas en mis labios, o tal vez era mi propia sangre.

De cualquier modo, era el sabor del éxito.

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Hay que matar a Lewis Winter. Malcolm Mackay. 2016

hay_que_matar_a_lewis_winter_malcolm_mackay_josevi_blender_todo_negroNovela tartan noir, a pesar de los aspectos polémicos de esta denominación, suscitados por autores encuadrados en la misma, como McIlvanney , considerado iniciador de este subgénero. Pero eso sería entrar en disquisiciones teóricas para las que, reconozco, no me encuentro preparado. Ni tampoco me interesan mucho. Quizás Val McDermid e Ian Rankin son los que deberían opinar al respecto.

Primera novela de Mackay dentro de La trilogía de Glasgow, única publicada en castellano. Con una trama centrada en el asesinato, como no de Lewis Winter, su investigación y resolución. Con policías y hampa como elementos confrontados. Sin embargo es mucho más que eso, trata los entresijos de la vida de un sicario, y por ende, del mundo del hampa. De la cotidianeidad que también posee este trabajo, muy ligada al destino y la capacidad de supervivencia de la delincuencia escocesa.

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Sicario en sus aspectos más íntimos, sus preocupaciones, sus miedos a ser descubiertos e implicados. Un manual de buenas prácticas desde un punto de vista objetivo y con una naturalidad que pone los pelos como escarpias. Un sicario debe ser solitario, comedido, metódico, disciplinado, debe saber convivir con la incertidumbre, debe saber leer, a partir de indicios en prensa, como está desarrollándose la investigación con la finalidad de saberse más o menos a salvo, en definitiva de disminuir los riesgos. Clave para una actuación profesional. Una conseguir una buena reputación dentro del gremio, el gremio de quienes participan de esta forma de vida.

Una novela donde las mentiras tienen las patas muy cortas, donde la policía tiene los brazos atados muchas veces, y otras se vende al mejor postor y donde se descubre una sociedad escocesa paralela a la superficial.

Narrativamente, el autor apela directamente al lector con frases tan poco habituales como “…por si te interesa”, y al menos en mí, consigue cierta empatía con Calum, nuestro protagonista, ajeno a disquisiciones morales de cualquier tipo. Es su trabajo, debe realizarlo bien y de manera segura. Y al final creo que tal minuciosidad y seriedad en el desarrollo de una tarea debe encontrar una recompensa, la de salirse de rositas.

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Una historia con una visión diferente.Deseando leer las siguientes entregas, de profundizar en este nuevo personajes dotado de una humanidad poco conseguida en el género.

Trilogía de Glasgow:

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Scarface. Howard Hawks. 1932.

scarface_cartel_todo_negro_josevi_blenderHoy vamos a ver este clásico del cine negro de otra manera. ¿os acordáis del simbolismo de las naranjas de la saga El Padrino? ¿Su metáfora de la muerte? Pues bien, nos encontramos ante un caso similar de fetichismo.

Scarface, al que el capricho de los títulos en España añadió “el terror de hampa” es la clásica historia de una trayectoria criminal. De Al Capone que ya se encontraba en plenos procesos judiciales y que daría con sus huesos en Alcatraz. Ascenso al cielo y caída a los infiernos. El precio de la vida criminal que deben pagar los grandes hampones, encarnada en la figura de Tony Camonte interpretado por Paul Muni y su desafiante mirada a los 36 años.

Es una película con parte de su trascendencia en la historia del cine americano. Es una de la originarias del cine de gángsteres, junto a Enemigo Público y Hampa dorada; marca el despegue en la carrera de Paul Muni como actor y de la consolidación Howard Hawks como director tras Código criminal, primera película de temática carcelaria, y que llegaría a dirigir películas míticas como El sueño eterno.

Pero hablemos de naranjas, o de cruces, que para el caso también nos sirve. Cruces porque son las que aparecen, no en todas, pero sí en muchísimas escenas de una forma marcada a veces por sombras, a veces por confluencia extraña de objetos para señalarnos el momento y el lugar de la muerte, del asesinato.

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Pero la escena cumbre tiene lugar cuando se produce la escena en la que Al Capone ordena la eliminación de la banda  rival de “North Side Gang”, suceso que pasó a la historia como la “matanza  de San Valentín” ocurrida en 1929 y como no, marcada por sus correspondientes y respectivas cruces, acordes con tanta acción:

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Por si fuera poco, este film también supone los inicios de otro grande, Boris Karloff, en este caso en el papel de criminal chivato, aunque por ese mismo año ya había interpretado sus míticas “El doctor Frankenstein”, “La momia” o “La máscara de Fu-Manchú”.

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Como cotilleo final, que también interesa, decir que Clark Gable fue considerado originalmente para interpretar el papel de Tony Camonte, pero Howard Hawks lo rechazó alegando que “necesitamos un buen actor, algo más que personalidad”.

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Ficha técnica:

Título original: Scarface.
Año 1932. Duración: 93 min.
País: Estados Unidos
Director: Howard Hawks
Guión: Ben Hecht
Reparto: Paul Muni, George Raft, Boris Karloff, Ann Dvorak, Karen Moley.